
El presidente de Estados Unidos está embarcado en una gira de mítines en los que da rienda suelta a sus obsesiones sin importarle la influencia de sus devaneos en las encuestas. Donald Trump en un mitin de campaña.
Un Trump desaforado emprende una huida hacia delante para salvar las midterms.
Ha hablado elogiosamente en un mitin del culo de John Husted, candidato republicano al Senado por Ohio. Ha publicado un vídeo tras otro de ataques de grandes felinos a personas reales antes de difundir el último, creado con inteligencia artificial, en el que se le ve repeler, trajeado y con las manos desnudas, a un temible león. Y ha repetido memes ya gastados con faltas de respeto a Groenlandia, así como una sucesión interminable de clips y vídeos halagadores consigo mismo.

Cualquiera de esos hechos aislados supondría un fenomenal escándalo, y puede que el final, para cualquier político. En Estados Unidos, es solo otro día más (con su noche) en la mente de Donald Trump.
A 20 días de las elecciones de mitad de mandato, el líder del partido que lleva todas las de perder en las urnas insiste en desoír lo que las encuestas le aconsejan que haga: moderar su entusiasmo y echarse a un lado para evitar que su impopularidad, que lleva más de un año en negativo y bate una marca detrás de otra, afecte a quienes se examinan en la cita con las urnas con la vista puesta en el Senado o la Cámara de Representantes.
Lejos de seguir esa lógica en circunstancias tan adversas, Trump lleva unos días embarcado junto a sus obsesiones en una desenfrenada gira electoral por el vasto país con tintes de huida hacia delante. Esta le ha llevado o le llevará, solo en esta semana, a Ohio, Alaska, Arizona y Montana. Y en todos esos lugares ofrece un show lleno de extravagancias para frotarse los ojos y repite a sus fieles algo que se da por hecho en este tipo de citas electorales, pero que otros presidentes en su lugar evitarían decir a toda costa: Finjan que mi nombre está en las papeletas.
Esa petición podría ser otra prueba de la confianza en sí mismo y en que los votantes no le culpan a él de los males económicos que les aquejan: una inflación que no deja de subir y unos altos precios de la gasolina y el diésel provocados por la guerra en la que Trump metió a Estados Unidos en Irán. Empezó entre promesas desde la Casa Blanca de que esta solo duraría unos días o unas cuantas semanas, pero ya se encamina hacia su octavo mes.
En cuanto a la selección de las paradas de su tour, una gira con aroma a la despedida de una vieja estrella, Trump prometió que visitaría 32 Estados y distritos en los que las cosas pintaran mal para los suyos. En la práctica el presidente está intercalando entre visitas a lugares disputados sitios en los que puede repetir una de sus frases favoritas: Gracias, [nombre del Estado en el que se encuentre ese día], aquí vencí con holgura las tres veces que me presenté.
La estrategia también parece esconder un cálculo. Llegados a este punto, el Partido Republicano no puede permitirse que la base MAGA más fiel (un 30% del electorado) se quede el 3 de noviembre en casa. Y por eso su líder acude a su encuentro allá donde esté, aunque no haya mucho en juego con esos escaños. Además, sus salidas de tono son recibidas con entusiasmo en esos foros, en los que el público es capaz de sacar a golpes a quienes protestan contra Trump, como ha sucedido en varios mítines estos días.
Para explicar la temeraria fe en su arrastre en las urnas, conviene recordar que el político que dijo el sábado pasado en un acto electoral en Tennessee cuánto le sorprendía que, por más que suelte la cosa más estúpida, sus fieles le aplaudirán, es el mismo que irrumpió en escena hace 11 años confiado en que la gente le seguiría votando aunque disparara a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York.
Para sus defensores, el culo, los leones, los memes y la vanagloria de la actitud acrítica de sus seguidores no son sino las manifestaciones de una personalidad iconoclasta sin precedentes en la política mundial. Para sus críticos, demuestran el deterioro cognitivo de un hombre de 80 años sin mucho que perder y todo que divagar (el viernes pasado, empleó 10 minutos en meterse con Noruega y con el comité del Nobel de la Paz por no haber ganado el premio). Ceda o no el control de una o de ambas cámaras en noviembre, Trump ha demostrado su confianza en el poder ejecutivo para gobernar de espaldas al legislativo, y la Constitución, salvo que se la salte, le impide presentarse de nuevo en 2028.
Cuando él no esté
Puede que ese desprecio por las convenciones de las midterms esconda la escasa preocupación de Trump por lo que pueda ser del Partido Republicano cuando él no esté. Como si anduviera metido en un particular homenaje al Luis XV (y su corte) de Después de mí, el diluvio.
O tal vez las encuestas estén equivocadas. No sería la primera vez en un país en el que la información política lleva al menos una década secuestrada por la fijación demoscópica, como recordó a principios de mes Nate Silver, uno de los principales beneficiados de ese cambio de paradigma.
Esta ha sido otra semana de pésimas encuestas para el Partido Republicano. Los demócratas los aventajan en ocho puntos, según un agregado de sondeos de la métrica conocida como la papeleta genérica, que es la que mejor fotografía ofrece en unas elecciones tan heterogéneas como las del próximo 3 de noviembre.
Ese día se libran centenares de contiendas: se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 de los 100 del Senado, pero también se decide el futuro de 36 gobernadores y de otros muchos puestos electos. Para medir la intención de voto, los encuestadores preguntan hacia qué partido se inclinan en abstracto los consultados.
Esos sondeos también aventuran un posible triunfo azul, alentado por las obsesiones y el comportamiento errático de Trump, en Carolina del Norte, Iowa, Texas, Kansas u Ohio, lugares que hasta hace meses eran directa y profundamente republicanos.
El dato de la inflación dado a conocer este miércoles (que subió en septiembre más de lo esperado, hasta el 3,7%) es otro palo en las ruedas del partido rumbo al 3 de noviembre. En ese viaje, crece el número de candidatos conservadores que han pedido más o menos discretamente bajarse del autobús de Trump, mientras este, no hace falta ser un adivino para aventurarlo, seguirá insistiendo en que Estados Unidos está viviendo una época dorada, en que todo va mejor de lo que dicen los indicadores económicos y en echar la culpa a su predecesor, el demócrata Joe Biden.
Ante ese panorama, y aunque su influencia sigue siendo innegable, los estrategas republicanos empiezan a tomar posiciones para imaginar un futuro del partido sin su líder de la última década. Algo así como el trumpismo después de Trump. No parece una resaca fácil de pasar.
Iker Seisdedos – El País de España
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