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Pánico moral, furor evangélico y la guerra cultural, la fórmula bolsonarista que amenaza a Lula da Silva

Flávio Bolsonaro y su padre Jair Bolsonaro

 

Una partidaria del Partido Liberal se fotografía con imágenes de Flávio Bolsonaro (izquierda) y su padre Jair Bolsonaro en un acto de campaña en Río de Janeiro agosto 2026.

Jair Bolsonaro, presidente de Brasil entre 2019 y 2023, está en prisión domiciliaria por su intento de golpe de Estado. Ungió como candidato a su hijo Flávio, una copia devaluada y sin carisma que, aun así, empata con Lula en las encuestas de las elecciones del 4 de octubre. El bolsonarismo resiste, entre otros factores, porque mantiene en el centro de su discurso las cuestiones morales y demoniza a la izquierda, presentándola como una amenaza a la fe y la familia.

Brasilia. 2016. El diputado raso Jair Messias Bolsonaro dedica su voto a favor del impeachment de la presidenta, la izquierdista Dilma Rousseff, al militar que la torturó durante la dictadura, cuando era guerrillera. Aquel gesto generó repulsa… y notoriedad. A los dos años, el militar al que el Ejército invitó a irse por indisciplinado y parlamentario mediocre durante tres décadas consiguió un rotundo triunfo en las presidenciales de Brasil. Capitalizó la frustración y la rabia hasta convencer a sus compatriotas de que él encabezaría la batalla para enterrar los modos tradicionales de hacer política y acabaría con la corrupción que corroe el sistema desde los tiempos de la colonia. Se erigió en el paladín de guerras culturales contra el feminismo, las minorías y el medio ambiente. El camino a la victoria quedó allanado con el encarcelamiento de Luiz Inácio Lula da Silva a las puertas de los comicios.

Dos mandatos después, los papeles se han intercambiado. Bolsonaro, de 71 años, está preso, y Lula, de 80 años, en la presidencia, ahora entregado a la batalla para coronar su carrera con un cuarto mandato. Frente a él, el hijo de su gran rival, Flávio Bolsonaro, de 45 años, copia devaluada del patriarca y sin el carisma paterno. Brasil celebra elecciones el domingo próximo. Si nadie supera el 50% de los votos válidos, habrá segunda vuelta el próximo 25 de octubre.

Quien ha observado de cerca la evolución en estos ocho años percibe una sociedad exhausta, apática, resignada. El entusiasmo que electrizaba multitudes se evaporó. La incipiente división social que desgarraba a este pueblo conciliador se transformó en una polarización en toda regla, en dos Brasiles. El péndulo oscila, pero la vida no mejora sustancialmente. Los problemas estructurales persisten. Mandan los de siempre y la corrupción acapara el noticiero. De nuevo. Muchos brasileños votarán contra un candidato, no a favor de un modelo de país.

¿Cómo se explica que otro Bolsonaro, un aspirante tan frágil, logre concitar el apoyo que las encuestas le otorgan? Desde hace semanas, los sondeos ofrecen una foto estable: Lula, líder de una izquierda unida y aliada con parte del centro derecha, empata con Bolsonaro hijo, el aspirante más fuerte de una derecha dividida. Es poco probable, pero ya no se descarta que el cara o cruz quede sentenciado en la primera vuelta. El primogénito de Bolsonaro amenaza seriamente la reelección del político más influyente de Brasil y de América Latina en el siglo XXI. El único bastión, con la mexicana Claudia Sheinbaum, frente a la oleada trumpista y conservadora que se expande por el continente.

Designado sucesor por su padre, el senador Bolsonaro lleva media vida en política, como sus hermanos. El expresidente ultraderechista ignoró al establishment, que prefería a alguien sin el apellido Bolsonaro, menos indigesto para el electorado moderado. Por si fuera poco, el candidato Bolsonaro está bajo investigación por corrupción y lavado de dinero. Y ni siquiera es la primera vez que está en la mira de los jueces.

A partir de aquel triunfo en 2018 que pudo parecer coyuntural, fruto de la ola antipolítica del primer Donald Trump presidente, el clan Bolsonaro construyó una identidad con la que sintoniza, con más o menos intensidad, la mitad de Brasil.

De entrada, dio entidad política a una realidad latente. Entraron en el debate las aspiraciones de una derecha radical que ya existía, como apunta David Magalhães, investigador del Observatório da Extrema Direita: un populismo reaccionario violento legado de una sociedad patriarcal marcada por el autoritarismo militar y la cultura de la esclavitud. Son de los que no faltan a una manifestación, siempre con la bandera y la camiseta de la selección de fútbol. Parte de ellos son la minoría fanática que acompañó al expresidente y a los generales en la conspiración golpista para mantenerse en el poder tras la derrota de 2022 frente a Lula.

Mercia Alves, antropóloga política del Cebrap (Centro Brasileiro de Análise e Planejamento), apunta que Bolsonaro no creó el conservadurismo moral. No propició la entrada en política de amplios sectores evangélicos ni creó la ultraderecha brasileña. Lo que hizo fue ensamblar de manera muy eficaz esos elementos en torno a una candidatura.

Bolsonaro padre colocó las cuestiones morales —el aborto, las drogas o la llamada ideología de género— en el centro de su discurso; las elecciones ya no orbitarían en torno a la economía o la seguridad. Elevó así la batalla política a categoría de misión divina para derrotar el mal. Autoproclamado instrumento de Dios, logró capitalizar la gran transformación social que la proliferación de las iglesias evangélicas ha supuesto en Brasil, sobre todo entre las clases populares de las periferias urbanas. Desde las aldeas remotas de la Amazonia hasta las ciudades más ricas del sur pasando por Río o São Paulo, los pastores desplazan a los párrocos católicos.

Buena parte de esa feligresía evangélica pobre, que hasta 2010 se decantaba por el Partido de los Trabajadores frente a la derecha tradicional, más liberal y elitista, se identificó con el discurso bolsonarista.

La bandera Dios, patria, familia y libertad caló en esas barriadas donde abundan las carencias y escasean las oportunidades. Esos brasileños que tan duro batallan para alimentar a sus hijos ya no votan con el bolsillo, sino en función de sus valores.

Los líderes de muchas iglesias evangélicas abrazaron un discurso construido sobre falacias que traslada la lucha del bien contra el mal a la política para azuzar el pánico moral con una narrativa sobre una izquierda imaginaria. Lula amenaza nuestra libertad religiosa, amenaza la seguridad de nuestros hijos, amenaza a nuestras familias y representa la degeneración de nuestros valores morales, viene a ser el discurso, explica la politóloga Alves. Poco importa que los gobiernos del PT defiendan la libertad de culto o que eludan el debate sobre el aborto.

El mensaje es muy poderoso cuando viene del líder de una Iglesia que transforma vidas con sus promesas de salvación y soluciones a problemas cotidianos. Y el motor del cambio social lo encarna la mujer negra pobre a la que la comunidad religiosa le ofrece una red de ayuda más eficaz que la estatal. Es esa brasileña a la que el marido no maltrata desde que dejó el alcohol, que aprendió a leer con las Escrituras o que ve las clases de guitarra de sus hijos como una alternativa segura a unas calles donde la delincuencia ofrece dinero fácil y estatus.

Michelle Bolsonaro, la esposa del patriarca, evangélica, aspirante a altos vuelos políticos, es un gran activo ante esa audiencia gracias al empoderamiento femenino de corte conservador que predica, con parábolas bíblicas y vídeos en Instagram.

Su hijo Flávio, que es evangélico aunque su padre sea católico, creció rodeado de familias militares. Estudió Derecho y, tras 16 años de concejal en Río de Janeiro, llegó al Senado. Aunque su campaña para la Presidencia gira en torno a la figura paterna y abraza buena parte de la agenda ultra, el candidato del Partido de la Libertad es el menos ideológico de los hijos. No comparte la agresividad ni zafiedad de su progenitor. Se presenta como un Bolsonaro moderado, presume de que en pandemia se vacunó y de que su esposa e hijas lo han reeducado. Sabe bien que el abierto machismo de su padre ahuyenta al electorado femenino.

A diferencia de sus hermanos, mantiene un diálogo fluido con los partidos sin ideología que copan el centro derecha y han sido, tradicionalmente, el fiel de la balanza. Pero, reflejo de su inicial debilidad, ninguna sigla aceptó aliarse con él. Para sorpresa de casi todos, Flávio Bolsonaro heredó rápidamente el capital electoral paterno, pero es un respaldo con trazos de resignación, incluso entre los que han encontrado un sentido a sus vidas en el universo bolsonarista.

El último 7 de septiembre, Día de la Independencia, amaneció gris, lluvioso y frío en São Paulo. Uno de esos días en los que los brasileños no se aventuran a salir, pero era día de movilización derechista. Sonia Jezabel Monteiro, de 75 años, empleada de banca jubilada, estaba allí firme y bien abrigada. ¿Que si Flávio es la solución? Es la única opción que tenemos, confesaba, en sintonía con otros manifestantes que acudieron a arropar al candidato. La primera opción, claro, es el padre, el líder que vino a recuperar los grandes valores occidentales, explicó.

Pero de lo que ella quería hablar era del asunto del momento. Y ahí se lanzó con una de esas diatribas marca de la casa contra el Tribunal Supremo y el juez Alexandre de Moraes, némesis de Bolsonaro y que compite con Lula como encarnación del mal. Somos esclavos de un Supremo que condena y descondena presidentes. Mire el caso Master. Tenían que destituir a todos porque son bandidos o cómplices, y nombrar personas que respeten la Constitución. El que menciona es un gran caso de corrupción en torno a un banco que dejó un agujero de casi 10.000 millones de euros por el que el Supremo investiga a Bolsonaro hijo. La investigación ha colocado al juez Moraes bajo sospecha de proteger al banquero acusado del fraude y salpica a la mitad de los magistrados de la máxima corte.

El apoyo de los bolsonaristas no es incondicional, advierte Alves. El desprecio al dolor ajeno exhibido por Bolsonaro padre en la gestión de la pandemia les dolió, muchos detestan las armas —Flávio ya no las promociona— y rechazan la virulencia dialéctica. Las sospechas de corrupción disparan sus dudas. Pero por encima de todo, ven en los Bolsonaro como los únicos capaces de derrotar al enemigo común, ese Lucifer encarnado en Lula.

El discurso moralista encontró terreno fértil porque el apego a la fe y la familia destacan entre los pocos rasgos comunes que comparte el pueblo brasileño, uno de los más diversos y desiguales del mundo. El desenfreno del carnaval, la relajada moral sexual y la absoluta naturalidad con la que acoge mil modalidades informales de familia proyectan una imagen que puede eclipsar el profundo conservadurismo.

Cada vez que la izquierda ha gobernado Brasil, los presidentes han sido depuestos por un golpe militar, por el Congreso o encarcelados, tras impulsar reformas laborales, fiscales, agrarias, crear la Comisión de la Verdad sobre la dictadura o redistribuir riqueza.

La política discurre en Brasil a ritmo de telenovela, con enrevesadas tramas de muchos capítulos, los héroes de hoy son los villanos de mañana, hay traiciones, giros de guion… y grandes dosis de expectación alimentada por el universo mediático-político-judicial hasta que estalla (o no) el escándalo que lo cambiará todo (o no). Y luego, al siguiente asunto. Desde hace semanas se aventa la idea de que alguna revelación bombástica puede decidir las presidenciales en la recta final.

Aunque Lula sufre desgaste, supone la única esperanza para los brasileños que aún carecen hasta de lo más básico, para los progresistas y las minorías. Pero es muy frecuente que un brasileño que nació pobre, recibió ayudas sociales, emigró y trabajó duro con grandes sacrificios hasta alcanzar un mínimo bienestar, eche pestes de Lula (al que quizá votó hace dos décadas, cuando encarnaba el cambio) y critique a los holgazanes de sus primos, que viven sin trabajar gracias a los subsidios que paga el resto.

Y ahí entra otro ingrediente de la identidad política bolsonarista: el discurso del individualismo, la meritocracia, la idea de que el Estado se interpone en el camino… todos elementos centrales de la Teología de la Prosperidad que predican los pastores neopentecostales en los templos, en las redes y a través de los potentes entramados de televisión. Los emprendedores se multiplican mientras los más exitosos alardean de ser sus propios jefes, de la libertad de la que disfrutan.

Cada vez que surgía una nueva acusación judicial contra los Bolsonaro o un escándalo, la izquierda más militante confiaba en que fuera el golpe definitivo, el que enterraría al clan. Pero los incontables pronósticos resultaron erróneos. El cadáver político resucitó una y otra vez. Cuando el patriarca fue inhabilitado y condenado a 27 años de cárcel por liderar un complot golpista, los que estudian el universo bolsonarista avisaron de que su movimiento político era una realidad consolidada que sobreviviría al creador. Poco después, la segunda victoria de Trump insufló energía al movimiento.

Que ahora el juez Moraes, el que lideró la batalla judicial para que Bolsonaro y los otros golpistas rindieran cuentas ante la justicia, haya pasado de salvador de la democracia a sospechoso de corrupción aumenta la arraigada desconfianza que los brasileños reservan a las instituciones que vertebran la democracia. Y alimenta el victimismo que explotan los Bolsonaro desde que el padre fue apuñalado. Explica Magalhães, del Observatório da Extrema Direita, que esas sospechas azuzan la idea de que es víctima de un sistema que saca del juego electoral a un mártir. Encarcelado en el hogar familiar, en Brasilia, encomendó a su primogénito completar la misión. Si gana a Lula, la prioridad es amnistiar al patriarca. Y sumar a Brasil a la alianza diplomático-militar que impulsa Trump en América Latina.

Naiara Galarraga Gortázar – El País de España

 

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