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Donald Trump el descortés Delcy Rodríguez lo oyó y el no

Delcy Rodríguez

 

La venezolana Delcy Rodríguez enterró la retórica de Chávez y Maduro en la ONU para consolidar un liderazgo propio.

Al asumir el costo político de silenciar los nombres de Maduro y Chávez en Nueva York, Rodríguez busca proyectarse ante la comunidad internacional no como la custodia del viejo modelo, sino como la ejecutora de una reforma interna controlada desde el propio poder.

Delcy Rodríguez entierra la retórica de Chávez y Maduro en la ONU para consolidar un liderazgo propio.

Delcy Rodríguez reivindicó el histórico acuerdo petrolero con Estados Unidos firmado el pasado 28 de agosto como uno de los más grandes jamás suscrito. Imagen generada con Gemini.

Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela, selló esta semana en Nueva York una metamorfosis diplomática basada en el pragmatismo y la omisión voluntaria del pasado. La imagen de una Venezuela desafiante e ideologizada terminó de desvanecerse en la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), donde hace justo dos décadas el fallecido presidente Hugo Chávez capturó la atención del planeta desde la tribuna multilateral al afirmar que el podio «olía a azufre» tras la intervención del presidente estadounidense George W. Bush.

El discurso de Rodríguez ante el 81° período de sesiones de la Asamblea General constituye el acta de defunción de la retórica revolucionaria en el ámbito multilateral. Frente a una sala que en el pasado atestiguó los discursos encendidos de Chávez y las denuncias de guerra económica de Nicolás Maduro, Rodríguez presentó una imagen calculadamente institucional.

Claves del giro diplomático de Delcy Rodríguez en la ONU

Un análisis de los ejes centrales y las omisiones significativas en la intervención de la funcionaria ante el 81° período de sesiones en Nueva York.

El borrado simbólico del chavista original y la minimización del asalto militar

La omisión más estruendosa en la alocución de la mandataria fue el propio nombre de sus predecesores. Ni el recuerdo de Chávez —infaltable en las intervenciones diplomáticas del país durante 25 años— ni la mención a Nicolás Maduro figuraron en su discurso. Al evitar cualquier alusión a un alegado secuestro de Maduro tras los sucesos del 3 de enero, la administración interina buscó pasar página y enviar un mensaje inequívoco a los inversores internacionales: la era de la personalización mesiánica del poder ha concluido.

La diplomacia chavista acostumbraba acudir a la ONU a denunciar invasiones, revoluciones de colores o intentos de magnicidio con un lenguaje de abierta confrontación; sin embargo, en esta ocasión abordó el episodio militar de comienzos de año de forma somera y despersonalizada. Al definir el acontecimiento fríamente como la primera gran prueba que tuvo que atravesar Venezuela en este 2026, la mandataria en funciones buscó dar por superada la crisis, encuadrándola como un simple escollo digerido por el aparato estatal más que como un conflicto bélico abierto.

En 2006, Chávez instaba a desmontar el imperio estadounidense desde la misma tribuna. Veinte años después, la vocera del Poder Ejecutivo abordó la relación con Washington no como una amenaza existencial, sino como un tema de gestión administrativa. El megaconvenio petrolero firmado con empresas estadounidenses fue presentado sin la parafernalia ideológica del pasado.

Pese a que el pacto energético con Washington representa el sostén económico del actual momento político y la clave del deshielo bilateral, Rodríguez optó por no sobrevenderlo ni detallar sus alcances financieros. Evitó presentarlo como un triunfo geopolítico de su administración y prefirió marginarlo a una alusión técnica como un acuerdo binacional.

Transición desde adentro: la apuesta por el reformismo institucional

La retórica histórica del oficialismo supeditaba el orden institucional a la continuidad del proceso revolucionario, amenazando con la vía armada frente a cualquier intento de cambio. Rodríguez, por el contrario, emitió un mensaje de corte reformista pensado para los oídos de la diplomacia occidental y los mercados financieros.

Rechazó categóricamente la ruptura violentista y defendió que la transformación del país debe procesarse desde adentro, por medio de las instituciones. Estas palabras marcan el tránsito del dogma insurreccional hacia una propuesta de transición administrada desde la propia burocracia estatal.

La participación de Delcy Rodríguez en la ONU evidencia la sustitución de la diplomacia de micrófono por una diplomacia de transacción. Al archivar la agresión verbal, los dogmas antiimperialistas y los nombres de Chávez y Maduro, Rodríguez demostró a la comunidad internacional que el régimen venezolano ha mutado.

El Nacional

 

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