Donald Trump apodaba a Dan Driscoll el «tipo de los drones», en la foto con uno de estos aparatos este verano. Antes de marcharse exigió reunirse con el presidente Donald Trump, que lo apoda el tipo de los drones
Con su postura beligerante, empeñada en librar una guerra cultural puertas adentro, y su afán de marginar a quienes no le rindan pleitesía, Pete Hegseth ha convertido el Departamento de Guerra en un polvorín:
La marcha del secretario del Ejército de Tierra descabeza una fuerza clave del Pentágono en plena guerra de Irán La dimisión de Dan Driscoll llega después de meses de enfrentamientos con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y se suma a un largo elenco de salidas de altos mandos
Emiliano Vizcaíno – Lavozdegalicia.es

La marcha del secretario del Ejército de Tierra descabeza una fuerza clave del Pentágono en plena guerra de Irán
El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, afianza su posición al frente del Pentágono. A costa, eso sí, de una avalancha de salidas de mandos y altos cargos que ha precipitado, según sus críticos, una grave pérdida de talento y una sensación de descontrol en la institución responsable de las fuerzas armadas más poderosas del mundo. La marcha más reciente representa un triunfo personal para el antiguo presentador de la cadena de televisión Fox: su archirrival, el secretario del Ejército de Tierra, Dan Driscoll, de quien se había llegado a conjeturar que podría sustituirle en el cargo, presentó su dimisión este lunes al presidente Donald Trump. El portazo de ese veterano de guerra se suma al cese en abril del jefe militar del Ejército, el general Randy George, quien aún no tiene sustituto, para dejar esa fuerza descabezada en plena guerra con Irán.
La dimisión de Driscoll ha sentado como un mazazo en los pasillos del Pentágono. El secretario del Ejército más joven de la Historia, que llegó al cargo en febrero de 2025 a los 38 años y es amigo del vicepresidente J.D. Vance desde que ambos coincidieron en la universidad de Yale, se había propuesto acometer una profunda reforma de la fuerza de Tierra, para hacerla más ágil y moderna. Una de sus prioridades había sido adecuar el Ejército para responder a los avances en la tecnología de drones.
Driscoll, el máximo jefe civil del ejército de Tierra y solo por debajo del secretario de Defensa en la jerarquía, ha alegado como motivo para su marcha su frustración por los problemas para que esa reforma saliera adelante. Entre otras cosas, su malestar se multiplicó después de que el Pentágono anunciara el desmantelamiento de una unidad en Europa dedicada al estudio de uso de los drones en la guerra en Ucrania.
Detrás de todo ello se encuentra su antagonismo con Hegseth. Durante el último año y medio, ambos han chocado con frecuencia, en lo personal y en lo profesional. El secretario de Defensa exige adhesión absoluta a él mismo y a su visión sobre lo que deben ser las fuerzas armadas: una institución de “guerreros” entrenados para matar y no demasiado preocupados por leyes y protocolos, donde la premisa de promover la excelencia y no la igualdad ni la diversidad sirve para eliminar casi sistemáticamente a las minorías, incluidas mujeres y negros, de las listas de candidatos a altos mandos.
Hegseth veía con suspicacia al secretario de Tierra saliente, como él oficial veterano de guerra en Irak. Driscoll había desembarcado en el Departamento de Defensa de la mano de J.D. Vance, con quien comparte una amistad personal y un historial profesional en el mundo del capital de riesgo. Su disposición a hablar con la prensa de todas las ideologías —Hegseth prefiere limitarse a los medios de derecha— y un viaje a Ucrania para una misión diplomática a finales del año pasado llegaron a suscitar rumores de que se perfilaba como un posible relevo al frente del Pentágono. Y Driscoll veía cómo su iniciativa de modernización languidecía sin que su superior hiciera nada por implantarla.
El gran enfrentamiento entre ambos se produjo la primavera pasada. Mientras el secretario del Ejército estaba de vacaciones con su familia, Hegseth ordenó sin un motivo claro el cese del muy respetado general George, la contraparte militar de Driscoll y con quien el veterano de guerra mantenía una estrecha colaboración: ambos compartían su convicción de que los drones representan el futuro de la estrategia militar y desarrollaban juntos los planes de remodelación del Ejército.
Llovía sobre mojado. En febrero, Hegseth había forzado la marcha del general David Butler, uno de los asesores de mayor confianza de Driscoll y exportavoz del antiguo jefe del Estado Mayor, el general Mark Milley, enemigo jurado de Donald Trump. En marzo, el secretario de Defensa había pedido a su número dos que retirara de una lista de posibles promociones a altos mandos, en las que figuraban una treintena de oficiales, a cuatro candidatos. Dos de ellos eran varones negros y dos, mujeres. El responsable del Ejército se negó, alegando que todos ellos contaban con una excelente hoja de servicios.
Ni el Pentágono ni la Casa Blanca han querido pronunciarse sobre esas diferencias. “El secretario Driscoll ha sido enormemente efectivo a la hora de promover la agenda del presidente Donald Trump (’hacer a Estados Unidos Fuerte de Nuevo’) en el Departamento del Ejército, mediante un liderazgo sobresaliente en unas operaciones militares históricas, el restablecimiento del énfasis en la preparación y la letalidad, su ayuda en negociaciones entre Rusia y Ucrania y mucho más”, ha apuntado la portavoz de la Casa Blanca Anna Kelly en un comunicado.
La marcha de Driscoll ha precipitado otras que agravan el vacío al frente de la fuerza de tierra, una de las más impactadas entre las fuerzas armadas estadounidenses por la guerra en Irán y la continuación del conflicto en Ucrania, donde ha aportado parte de sus arsenales, inteligencia y asesoría. Este martes se daba a conocer que el subsecretario adjunto del Ejército, David Fitzgerald, también planea abandonar su cargo.
Mientras tanto, el ala militar del Ejército continúa sin un líder formal desde la salida del general George. Le ha reemplazado, por el momento con carácter provisional, el general Chris LaNeve, una personalidad muy diferente a la de su predecesor. Donde el antiguo jefe del Estado Mayor de Tierra estaba centrado en su iniciativa de modernización y en la transición tecnológica de esa fuerza, LaNeve está más alineado con las preferencias de Hegseth y su “ética del guerrero”: énfasis en los entrenamientos y el ejercicio físico, y estándares de aptitud y apariencia de obligado cumplimiento.
LaNeve lleva meses sin quedar confirmado definitivamente en el cargo. Para ello necesita que el Senado otorgue su visto bueno. Pero no hay un número suficiente de senadores dispuestos a darle su plácet.
La marcha de Driscoll y George se suma a toda una serie de salidas de altos mandos. Entre sus primeras medidas al desembarcar en el Pentágono, Hegseth cesó al entonces jefe del Estado Mayor, el general C. Q. Brown, y a un elenco que incluía a la primera mujer en el Estado Mayor conjunto, la almirante Lisa Franchetti, responsable de la Armada.
No todos los ceses, dimisiones y cambios radicales corresponden a altos cargos. Otros a nivel intermedio, o fuera de la jerarquía militar, también arrastran consecuencias y desatan preocupaciones sobre la transparencia y el respeto a la libertad de expresión. En un Pentágono que ordenó la retirada de las credenciales a los periodistas que no aceptaran sus normas de información —los tribunales cancelaron esa medida—, hace dos semanas se dio a conocer el despido por “insubordinación” del director y de una de las reporteras del periódico militar Barras y Estrellas. El Pentágono cubre el presupuesto de esa publicación, pero durante décadas el medio ha mantenido una línea editorial independiente.
Los ceses, que desencadenaron la dimisión del editor de Barras y Estrellas como señal de protesta, llegaron después de que el diario hiciera públicas las duras condiciones higiénicas y de alimentación a bordo del portaaviones Abraham Lincoln, al que la guerra en Irán mantuvo en misión en el golfo Pérsico durante nueve meses, sin más acceso a puerto que dos brevísimas paradas para repostar.
El responsable de los ceses en la publicación, y del intento de retirada de credenciales a los periodistas, fue Sean Parnell, el portavoz jefe del Pentágono y un colaborador de la máxima confianza de Hegseth. El secretario de Defensa, según el periódico The New York Times, se plantea nombrar a Parnell como nuevo secretario del Ejército.
Macarena Vidal Liy – El País de España
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