Y por qué Egipto y Turquía llevan las de ganar. La rivalidad por el control del gas natural entre los países de la región está menos en la gestión de los yacimientos y más en la infraestructura para su mejor comercialización. Vista de la terminal de gas natural licuado de Marmara Ereglisi, frente a Estambul (Turquía).
La nueva guerra energética en el Mediterráneo oriental (y por qué Egipto y Turquía llevan las de ganar)
Hasta hace apenas unos años, la batalla por el gas natural en el Mediterráneo oriental giraba principalmente en torno a quién era el dueño de los vastos yacimientos en sus profundidades. Esta competición por hallar y explotar sus reservas avivó disputas acerca de la delimitación de las aguas territoriales entre Turquía, Chipre, Grecia, Libia y Egipto o entre Israel, Palestina y Líbano. En ocasiones, las fricciones en alta mar hicieron temer el estallido de hostilidades.
Ahora, en cambio, esta carrera por el gas natural en la región presenta un aspecto distinto: ya no se centra tanto en quién controla las mayores reservas, sino que pivota cada vez más sobre quién dispone de la infraestructura necesaria para su comercialización. Es decir, la apuesta pasa por hacer negocio a través de servicios como la licuefacción y la regasificación, los oleoductos y almacenes, o el transporte marítimo y labores portuarias.
La historia del Mediterráneo oriental ha dado un vuelco, de ¿quién es el dueño del gas? a ¿quién controla las rutas de acceso al mercado?, indica Cyril Widdershoven, asesor sénior de la consultora del sector marítimo y energético Blue Water Strategy. Egipto y Turquía son los contendientes más claros, observa el experto, pero ambos juegan con cartas diferentes.
La gran ventaja de Egipto en esta carrera para convertirse en un hub de comercialización de gas es que cuenta con las dos únicas plantas de licuefacción en el Mediterráneo oriental, Idku y Damietta, diseñadas para poder exportar gas natural licuado (GNL) a gran escala. Hacerles competencia, además, no está al alcance de todos, ya que replicar tal infraestructura se calcula que exigiría cerca de una década, y una inversión de entre 6.000 y 10.000 millones de dólares.
Gracias, en parte, a estas dos terminales, Israel ya exporta gas de sus dos mayores yacimientos a Egipto, que el pasado verano acordó aumentar sus importaciones del primero, Leviatán, y ahora está negociando extender las del segundo, Tamar. Egipto y Chipre también han firmado este año un acuerdo para que El Cairo absorba la producción del campo chipriota de Afrodita con el fin de reexportarlo, y actualmente están negociando hacer lo propio con el de Cronos.
Además de su infraestructura de GNL, Egipto ha apostado en los últimos años por contratar buques de almacenamiento y regasificación, y actualmente tiene acceso a seis de estas ágiles unidades flotantes, que le permiten realizar el proceso inverso al de las plantas de licuefacción y devolver el gas natural licuado que importa a su estado gaseoso original. La última de estas seis terminales, de acuerdo con un contrato sellado en mayo, la comparte junto con Jordania.
A principios de este año, Egipto también comenzó a poner a prueba esta vía cuando recibió una partida de gas natural licuado en la unidad de regasificación anclada en Aqaba (Jordania) para luego reexportarlo a Líbano y Siria a través del llamado gasoducto árabe. En enero, El Cairo firmó paralelamente un preacuerdo con Beirut y con Damasco para suministrarles gas.
Aunque sobre el papel la estrategia de Egipto parezca muy sólida, en la práctica se enfrenta a dos grandes desafíos. Por un lado, sus importaciones de gas israelí se han visto interrumpidas en los últimos años por los reiterados brotes de conflicto en la región. Y por el otro, la fuerte caída de su producción nacional de gas y el aumento de su consumo doméstico le obligan a destinar casi toda su infraestructura potencialmente de exportación a satisfacer sus necesidades internas.
La debilidad del país también es brutal: ya no goza de un cómodo excedente de gas [como hasta 2023], sino que El Cairo se enfrenta a una disminución de la producción nacional, una creciente demanda de energía, e interrupciones en los flujos israelíes. Todo esto ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de su ambición de convertirse en un hub, señala Widdershoven.
El analista constata asimismo que es muy difícil maximizar las reexportaciones mientras se importa gas natural licuado para cubrir déficits internos, y considera que, en este caso, el hub del país se convierte en un mecanismo de equilibrio en lugar de un centro de beneficios.
Apuesta diversificada
En el caso de Turquía, la estrategia para convertirse en un centro regional de comercialización de gas natural no se apoya tanto en la infraestructura de GNL como en una apuesta más diversificada, que incluye una amplia cartera de proveedores, mayores flujos por gasoducto y producción local, capacidad de almacenamiento y un mayor poder de mercado.
Widdershoven explica que la ubicación de Turquía, entre Rusia, Europa y Oriente Próximo, la coloca en una posición privilegiada, y nota que sus relaciones con Rusia e Irán, dos países productores pero con acceso limitado a los mercados, le conceden un mayor margen para negociar, exigir mayor flexibilidad e incluso generar volúmenes excedentes para reexportar.
Además, el país cuenta con cinco terminales de regasificación de GNL, dos de ellas en tierra y el resto unidades flotantes como las contratadas por Egipto, lo que le permite cubrir buena parte de su demanda doméstica de gas. Al mismo tiempo, Ankara ha apostado en los últimos años por explotar sus propias reservas de gas en el mar Negro, lo que refuerza su posición.
A lo largo del último año, y con la mirada puesta en seguir diversificando sus importaciones y consolidándose como uno de los principales proveedores de Europa, Turquía ha cerrado una decena de grandes acuerdos de GNL, lo que le permitirá depender menos del gas de Irán y de Rusia, almacenar el excedente y reexportarlo cuando aumente la demanda en el mercado.
Si Ankara compra gas importado por gasoducto y GNL en unas condiciones competitivas y lo almacena, intercambia, revende y crea un punto de precios creíble, el valor [de su apuesta] reside no solo en el tránsito físico, sino también en crear un mercado, ilustra Widdershoven.
Sin embargo, el analista nota que este modelo depende de [contar con] reglas transparentes, acceso de terceros, precios creíbles y la confianza de los compradores europeos. Y advierte que Turquía se arriesga a ser vista como una plataforma de desvío, sobre todo de gas ruso, por lo que su verdadero desafío no es la infraestructura, sino más bien la credibilidad.
Marc Español – El País de España
