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Los criptos, sus derivados y los mercados de predicción en la creciente industria de la especulación

 

La especulación es el sello distintivo de los activos digitales, pero ahora se extiende a nuevos instrumentos financieros que prometen rentabilidades extraordinarias y multiplican el riesgo para los pequeños inversores. Representación de la memecoin de  Donald Trump.

Durante años, las criptomonedas han sido la última frontera donde las empresas actuaban sin control ni regulación y cualquiera aspiraba a enriquecerse rápidamente pese a los elevados riesgos. Hoy ese mundo es más regulado y profesional, pero las zonas de sombra no han desaparecido. Al contrario, se han extendido. El auge de este ecosistema ha contribuido a una profunda transformación de los mercados, donde la inversión es ahora más atrevida: criptomonedas, fondos apalancados, futuros perpetuos, mercados de predicciones… La especulación está cada vez más presente y la inversión se convierte a menudo en una apuesta de todo o nada, dentro y fuera del universo cripto y del marco de la supervisión.

Tal es así que el último año dejó una paradoja. Mientras los mercados tradicionales empezaban a parecerse cada vez más al universo cripto, con más especulación y valoraciones desorbitadas de la IA, las criptomonedas se acercaban al corazón de las finanzas tradicionales y algunas, como bitcoin, parecían ganar madurez. Muchos creyeron entonces que el sector había dejado atrás definitivamente su adolescencia, mientras la industria hablaba menos de revolución y más de consolidación.

Pero fue un espejismo. El regreso de Donald Trump alimentó la idea de que el sector estaba a las puertas de una nueva edad dorada. Y durante meses, todo pareció remar a favor: la capitalización del mercado superó los cuatro billones de dólares, grandes bancos y gestoras desembarcaron en el sector y los precios encadenaban récords. No obstante, la euforia se evaporó tan rápido como llegó. Hoy el mercado vale la mitad que cuando tocó máximos y los inversores que se han quedado son mucho más cautos.

La oleada masiva de ventas desató el pasado octubre un criptoinvierno en el que el mercado cripto sigue sumido, sin fuerzas para levantar cabeza ni buenas noticias a la vista. Quienes llegaron atraídos por las valoraciones récord y la promesa de ganancias rápidas acabaron desilusionados y lo perdieron todo. Los más experimentados, en cambio, cansados de la apatía en la que han sucumbido los activos digitales, replegaron posiciones y buscaron rentabilidades y acción en otros mercados, como las acciones ligadas a la inteligencia artificial.

Un mercado deprimido

En el mercado cripto hay una distinción importante que todos los expertos suelen hacer: bitcoin y el resto del mercado. “Bitcoin es una commodity, no tiene nada que ver con las altcoins que son soluciones tecnológicas, algunas incluso cromos que no valen nada”, asevera Luz Parrondo, profesora de la UPF Barcelona School of Management. “Cuando un activo es acogido por las instituciones, gana regulación, infraestructura y un entorno más seguro”, insiste.

Pero esto no altera su esencia. Bitcoin no es una acción, no depende de los resultados de una empresa: su valor es fruto del consenso del mercado y de la ley de la oferta y la demanda. Por ello, su naturaleza especulativa permanece intacta. Su comportamiento lo demuestra. El impulso de Trump, el lanzamiento de los fondos cotizados (ETF) y su inclusión en las carteras de grandes inversores ha impulsado su precio hasta los 126.000 dólares. Pero también lo ha hecho más sensible al sentimiento del mercado, los tipos de interés y el contexto geopolítico. Así, nueve meses después de alcanzar sus máximos, bitcoin vale ahora exactamente la mitad: 63.000 dólares.

Gráfico Bitcoin y Eth

Por otra parte, el interés por las altcoins parece haberse disipado. El mercado se ha enfriado y su valor se ha desplomado. Aunque muchos analistas sostienen que la mayoría desaparecerán, para otros las principales sobrevivirán, especialmente aquellas ligadas a una blockchain, por su adopción en el mundo real. “El mercado se está volviendo cada vez más selectivo, premiando a aquellas plataformas que demuestran un uso significativo en lugar de basarse en narrativas puramente especulativas”, incide Dovile Silenskyte, directora de investigación de activos digitales en Wisdom Tree.

Un ejemplo son Ethereum y Solana, que se están utilizando en el mercado de activos tokenizados y donde operan muchas stablecoins. “En lugar de perder relevancia, se están integrando cada vez más en el sistema financiero tradicional”, insiste. Román González, especialista de producto Quant & Crypto, coincide con esta lectura: “No son únicamente activos especulativos. Muchas representan redes que están procesando millones de transacciones, moviendo miles de millones de dólares y sirviendo de infraestructura para pagos, tokenización, préstamos, mercados financieros o aplicaciones descentralizadas”.

No obstante, gran parte de este mercado no es más que una carcasa vacía. La memecoin de Donald Trump es un ejemplo: se hundió casi el 100% desde su lanzamiento, tras llegar a valer más de 15.000 millones de dólares. Estos activos atraen a inversores minoristas, que ven en las figuras públicas que les dan nombre o los promocionan una suerte de sello de garantía. Pero a menudo se quedan con las manos vacías: mientras Trump ganó unos 636 millones de dólares con esta memecoin, casi un millón de inversores perdieron 3.810 millones de dólares, según un informe de la firma de análisis de criptomonedas Nansen.

Nuevas formas de especular

Aunque estos activos hayan entrado en el engranaje de las finanzas tradicionales, su componente especulativo no ha desaparecido. Prueba de ello es que los productos más populares hoy son los futuros sobre criptos, instrumentos financieros de elevado riesgo en los que se apuesta sobre cuánto valdrá bitcoin dentro de una semana, un mes o un año. A menudo no tienen vencimiento y permiten operar apalancados, es decir, se recurre a dinero prestado, lo que amplifica las ganancias y las pérdidas.

Derivados de este tipo siempre han existido, pero el peligro está ahora en su apalancamiento, que puede llegar a ser de hasta 100 veces: esto supone, por ejemplo, que con tan solo 1.000 euros se puede invertir por 100.000. Su elevado riesgo encendió las alarmas del supervisor europeo, la ESMA, que ha recordado que estos productos están sujetos a limitaciones para minimizar las fuertes pérdidas que provocan entre los pequeños inversores: en 2018 se reveló que más del 74% de los clientes perdía dinero. Y en ese entonces, el regulador limitó el apalancamiento sobre criptomonedas a dos veces.

Esta tendencia también ha llegado a los mercados tradicionales con productos parecidos, como los fondos cotizados apalancados, también conocidos como turbo fondos. Se trata de vehículos que permiten multiplicar por tres, por cinco o por 10 la evolución de una acción o un índice y cuya popularidad se ha disparado al calor del rally bursátil de las grandes tecnológicas vinculadas a la inteligencia artificial. A su vez, estos productos han disparado la volatilidad del mercado y los movimientos extremos, una característica que hasta ahora se veía principalmente en el mercado cripto.

La búsqueda constante de nuevas formas de asumir riesgo ha ido aún más lejos. En los últimos meses han proliferado productos derivados que permiten apostar por empresas que ni siquiera han salido a Bolsa. Ocurrió en mayo con SpaceX: varias plataformas cripto se adelantaron a su debut ofreciendo futuros perpetuos de la firma, que permitían a los inversores comprar y vender derivados de la acción antes de que cotizara, pero sin adquirir participaciones ni obtener derechos económicos sobre la compañía.

Entre inversión y juego de azar

También han proliferado otras formas de especulación, como los mercados de predicciones, algunos de los cuales operan con criptos (como Polymarket) o son de propiedad de las plataformas del sector. Su lógica es similar a la de otros productos especulativos: unos pocos lo ganan todo mientras las pérdidas son generalizadas para la mayoría. Una suerte de casino abierto 24 horas y con acceso desde la pantalla del móvil u ordenador.

Estos mercados han captado a cada vez más usuarios minoristas, atraídos por una inversión lúdica —se puede apostar sobre cualquier tema, desde si la Reserva Federal subirá los tipos en septiembre, hasta cuándo acabará la guerra o cuánto valdrá bitcoin en los próximos cinco minutos— y sencilla: realizan apuestas sobre acontecimientos futuros en términos binarios: A o B.

Pero el estudio reciente Who wins and who loses in prediction markets (quién gana y quién pierde en los mercados de predicciones) revela que el 70,8% de los usuarios de Polymarket pierde dinero, mientras el 1% concentra el 84,1% de las ganancias. Estas cifras no son casuales: por un lado, en estos mercados una diminuta cantidad de inversores sofisticados y traders altamente cualificados extrae casi todo el excedente del mercado. Por otro lado, hay muchos operadores bien informados: las trampas se han convertido en un negocio muy lucrativo en estos mercados, donde el uso de información privilegiada es más la norma que una excepción.

Y aquí surgen los problemas. Estos mercados venden la idea de que son un producto de inversión en el que todos pueden participar, no solo los profesionales; en cambio, los supervisores europeos debaten si considerarlos como activos financieros o como juego de azar. A falta de una regulación común, cada país ha dado su interpretación: en Europa, jurisdicciones como España, Italia o Francia han bloqueado el acceso a las páginas de estos mercados al considerar que son plataformas de apuestas que operan sin la licencia necesaria.

Para Javier Cabrera, analista de mercados, no hay dudas. “Son apuestas donde tienes las de perder porque en muchos casos hay gente con información privilegiada”, reconoce. No obstante, él, como otros expertos del sector, cree que se han convertido en herramientas útiles para medir las expectativas del mercado. Rubén Ayuso, gestor de fondos Quant & Crypto en A&G, coincide con esta visión: “Han anticipado ciertos acontecimientos con más precisión que las encuestas tradicionales”.

La creciente interconexión entre el ecosistema cripto y las finanzas tradicionales es cada vez más evidente. La Comisión Nacional del Mercado de Valores insiste en que estos vínculos entrañan riesgos para la estabilidad financiera, al aumentar el peligro de contagio en episodios de tensión. El escenario actual ofrece algunas pistas de ello: durante años se pensó que las criptomonedas acabarían pareciéndose a las finanzas tradicionales. Lo que pocos anticiparon es que las finanzas tradicionales también terminarían pareciéndose cada vez más a las criptomonedas.

Elisa Tasca – El País de España

 

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