Los cortes eléctricos volvieron a sacar a los valencianos a las calles. Especialistas analizan por qué las protestas reaparecen en un momento crítico en el que la gente se siente desbordada por los problemas.
Las calles de Valencia volvieron a llenarse de cacerolas, consignas y vecinos cansados de esperar. La noche dejó protestas simultáneas en distintos puntos de la ciudad. Algunas ocurrieron frente a la residencia oficial del gobernador Rafael Lacava. Otras se extendieron hacia sectores del sur de la capital carabobeña, donde el descontento por los cortes eléctricos terminaron desbordando la rutina.
No hubo una convocatoria centralizada. Tampoco un liderazgo político visible. Fueron vecinos que salieron de sus casas cuando los cortes eléctricos se hicieron insoportables.
La escena no es nueva en Venezuela, pero sí refleja un cambio. Durante años, miles de ciudadanos aprendieron a reorganizar su vida alrededor de los horarios de administración de carga. Cocinar antes de que se produzcan los cortes eléctricos, cargar teléfonos, almacenar agua y modificar las jornadas de trabajo se convirtió en parte de la cotidianidad.
La rabia de no tener solución
Maigualida Marín vive en Prebo y a las 7:00 p.m. nuevamente sufre de uno de los tantos cortes eléctricos que deja a oscuras a buena parte de su sector. Vive en un piso 17 y junto con otros vecinos tomaron vuvuzelas, cacerolas y bajó a la esquina de su casa a protestar.
Está cansada, lo dice varias veces durante la entrevista y con profundo enojo. Comenta que el gobierno ha buscado formas de normalizar la crisis de los cortes eléctricos. Lo dice porque diariamente el escenario se repite, y aunque desde el poder Ejecutivo regional niegan la factibilidad de establecer cronogramas, la verdad es que en Prebo los cortes eléctricos se dan entre 6:00 p.m y las 7:00 p.m.; muy pocas veces salen de ese esquema.
Estamos hartos de esta situación. Ella tiene un esposo con una condición de salud delicada y por indicación médica debe llevarlo a caminar en las tardes. Pero eso es inviable ahora. Si lo hago corro el riesgo de que me quiten el servicio y no puedo hacerlo subir 17 pisos.
Maigualida Marín dice que no quiere seguir adaptándose, que no quiere seguir aguantándose y que es momento de protestar porque ya ha pasado mucho tiempo en una situación que no se le ve solución alguna.
Sobre la tardanza en tomar las calles para protestar, la mujer explica que es quizás porque aún el carabobeño no veía la necesidad tan imperiosa de salir, pero con la prolongación de las fallas la población se siente al borde del colapso. Por eso, acusa a los funcionarios del gobierno de mediocres y de incapaces, así como de no tener la voluntad de resolver. Mientras habla, un caucho se enciende en medio de la penumbra, siendo la única luz en el momento.
Ahora, algunos especialistas coinciden en que esa capacidad de adaptación de la que habla Marín comienza a mostrar sus límites.
Cortes eléctricos como símbolo
Para el sociólogo, Jonathan Maynard, la protesta no nació únicamente por los prolongados cortes eléctricos. Explica que la luz terminó convirtiéndose en un símbolo mucho más profundo: la representación de un Estado incapaz de garantizar derechos básicos. Durante años, sostiene, la población normalizó que las instituciones no respondieran y aprendió a sobrevivir con servicios públicos deficientes. Esa adaptación no significó conformidad.
Por el contrario. Los ciudadanos modificaron sus hábitos para aprovechar las pocas horas con sin servicios eléctricos o agua disponible, pero la molestia permaneció latente.
Esa coexistencia con la carencia hizo que el venezolano desarrollara una enorme capacidad para resolver con lo que tiene a la mano. Pero eso no significa que acepte esa realidad.
A su juicio, las protestas recientes reflejan que ese equilibrio precario comenzó a romperse.
La resiliencia tiene un límite
La imagen del venezolano resiliente suele asociarse con alguien capaz de soportar cualquier crisis. Sin embargo, desde la psicología, esa idea tiene matices. El psicólogo Aaron Espinoza advierte que la resiliencia no consiste en aguantar indefinidamente. Se trata de adaptarse mientras existan recursos emocionales suficientes.
Cuando esos recursos se agotan aparece el desgaste psicológico. Ese agotamiento se expresa con irritabilidad, desesperanza, ansiedad y, finalmente, con la necesidad de exteriorizar el malestar.
En ese contexto, las manifestaciones dejan de responder únicamente a un problema puntual para convertirse en una reacción frente a años de acumulación emocional.
Es entonces cuando entra en juego la gota que derrama el vaso, expresa Espinoza. Es un cambio en un evento que sobrepasa la tolerancia o cambia totalmente la perspectiva de lo que está viviendo la comunidad. Eso los lleva a cambiar totalmente de opinión y les parece que ya es intolerable alguna situación, por lo que se comportan totalmente distinto a como se venían manifestando.
¿Por qué ahora
La pregunta parece inevitable. Los apagones no comenzaron esta semana. Entonces, ¿por qué las protestas reaparecen ahora Desde la sociología, la respuesta combina varios factores.
Maynard sostiene que durante años las protestas por servicios públicos fueron reprimidas o interpretadas como manifestaciones exclusivamente políticas. Eso produjo un efecto de retraimiento.
La gente dejó de salir porque entendió que reclamar podía tener consecuencias. Ante eso, la sociedad decidió sobrevivir porque no le quedó otra opción. Sin embargo, considera que el contexto político actual ha generado una expectativa distinta en parte de la población. Ese cambio alimentó nuevamente la disposición a exigir mejoras en la calidad de vida.
No porque el problema de los cortes eléctricos sean nuevos. Sino porque la percepción sobre la posibilidad de reclamar cambió.
Además, el sentimiento de colectividad a nivel de las comunidades entra en juego como una fuerza poderosa. Así lo ve Espinoza. Ser comunidad involucra dejar la tranquilidad de los intereses individuales para compartir las ideas o los valores de un grupo. Es decir, si alguna situación para todos es negativa, quizá solamente con la participación de todo el grupo o la comunidad sea la única manera en que se pueda hacer ruido para visibilizarla o se tomen acciones para neutralizar esa amenaza o situación tan negativa. Entonces, la seguridad personal se arriesga para compartir y ser grupo y actuar en beneficio de todos.
Protestas sin partidos
Un elemento a destacar en medio de esta contingencia es la falta de organización de los partidos políticos en cuanto a su capacidad para canalizar la desazón popular por los servicios. Pocos políticos en la región han intervenido en este tema. A nivel público destacan Carlos Molina, Carlos Lozano y Ángel Álvarez. Desde sus trincheras han hecho eco del descontento regional, pero desde las estructuras partidistas no ha habido una forma de expresar la molestia popular.
El politólogo Julio Castellanos habla sobre esta situación y de inmediato saca a relucir el miedo que se ha inoculado en los partidos. Los dirigentes locales, no pueden estar exponiendo a la gente a que vaya a una protesta por los cortes eléctricos con toda la legitimidad que da el caso, porque supone para nosotros un riesgo de que aquellas personas sean detenidas. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Bueno, nuestros dirigentes han podido hablar en los medios de comunicación sobre esos temas.
Además, añade que es al ciudadano a quien corresponde protestar, mientras que al partido le compete acompañar y solidarizarse con la gente. Sobre la falta de dirigencia tomando la bandera de los cortes, detalla que no puede sentirse o interpretarse que hay una falta de dirigentes, porque lo que hay es una molestia ciudadana y que los dirigentes pueden ser intérpretes de esa de esa molestia y pueden expresarla públicamente.
Incluso opina que la intervención de los partidos podría tomarse como que la causa se está orientando políticamente. Sí, todo es un tema político, pero… partidizar sería un error, un error tanto para el partido como para los ciudadanos. Y de hecho sí lo estamos haciendo, o sea, sí estamos solidarizándonos con la protesta, pero no liderándolas ni colocándonos encima de ella o propiciándolas, porque no es un malestar artificial, es un malestar profundo de la ciudad.
No obstante, Maynard reconoce que en el pasado muchos partidos utilizaron las fallas de servicios como bandera electoral sin lograr resolverlas cuando alcanzaban espacios de poder o sin capacidad real para hacerlo. Eso terminó generando una ruptura de confianza. La población siente que los partidos hablan del problema, pero no tienen capacidad o voluntad para solucionarlo.
Por eso, agrega, las nuevas protestas nacen desde las comunidades y no desde las estructuras partidistas.
El efecto de verse acompañado
Aunque las manifestaciones ocurrieron en distintos puntos de Valencia y no como una gran concentración única, el especialista considera que esa fragmentación no necesariamente significa debilidad.
Explica que durante años la criminalización de la protesta obligó a las comunidades a organizarse en pequeños focos. Es una forma de reducir riesgos. Pero también cree que esas acciones pueden fortalecerse si logran visibilizarse y generar reconocimiento entre otros sectores. El efecto multitud empodera a la ciudadanía para reclamar una calidad de vida digna.
Tanto el psicólogo como el sociólogo coinciden en un punto. Las emociones que predominan hoy en buena parte de la población son contradictorias. Por un lado existe apatía. Muchas personas dejaron de creer que protestar produzca cambios.
Por otro lado, permanece una rabia contenida que se ha acumulado durante años. Esa combinación puede mantenerse durante mucho tiempo hasta que un hecho cotidiano funciona como detonante. En este caso, fueron los apagones. Pero pudo haber sido cualquier otra carencia que afectara directamente la vida diaria.
El especialista advierte que esa frustración prolongada termina deteriorando la relación entre los ciudadanos y las instituciones. La percepción deja de ser la de un Estado que protege derechos para convertirse en la de un poder que limita su ejercicio.
Eso alimenta el resentimiento y profundiza el distanciamiento entre la sociedad y la política. Pero Espinoza ve un problema mayor a largo plazo y es que puede existir una polarización entre la ciudadanía. Los que protestan y los que no. Estos últimos podrían ser señalados como enemigos, aunque convivan juntos, porque la frustración va a llevar a eso.
Vamos a tener entonces, gente de la misma familia enfrentada sobre el bando que toma con base en que no se toman soluciones frente a las problemáticas que afectan a ambas partes de la comunidad. Entonces, ese va a ser un factor muy perjudicial psicológica y emocionalmente para el país.
Para los especialistas, ese es el verdadero mensaje que dejaron las calles de Valencia: cuando una necesidad esencial como la electricidad deja de verse como una falla ocasional y pasa a representar la relación cotidiana entre el ciudadano y el Estado, la protesta deja de ser únicamente por la luz y comienza a expresar algo mucho más profundo.
El Carabobeño
