La gestión de las 1.200.000 de toneladas de residuos que dejó el doble terremoto del pasado 24 de junio ha encendido las alarmas de la comunidad científica. Tras el colapso de 190 edificios y los graves daños en cientos de infraestructuras, la acumulación de escombros en la costa de la urbanización Tanaguarena amenaza con convertirse en un desastre ecológico irreversible.
El biólogo Diego Díaz Martín, presidente de la ONG Vitalis, advirtió de forma tajante que la improvisación en la disposición de estos desechos destructivos representa un peligro inminente: «Se hace todo tan rápido para resolver problemas y que no se vea, y lo que se está haciendo es, después de la tragedia, creando otra tragedia que va a durar décadas controlar y resolver».
Un cóctel químico y tóxico bajo el agua
Contrario a la creencia popular de que el mar puede «esconder» o disolver los desechos, el especialista detalló que el impacto de estos residuos no es solo físico, sino estrictamente tóxico. Los escombros actuales no se limitan a piedras y arena, sino que consisten en una mezcla peligrosa de cemento, bloques, cabillas, vidrios, plásticos y clavos, a los que se suman sustancias de alta peligrosidad como asbesto, aceites, pinturas y plomo.
Al entrar en contacto con el agua, estos componentes generan una capa densa de sedimentos que reduce la entrada de luz solar, alterando drásticamente la calidad del agua. Las consecuencias ecológicas inmediatas incluyen la destrucción de los fondos marinos y la pérdida de zonas de reproducción clave para especies comerciales, lo que golpeará directamente a la economía de los pescadores locales y al turismo costero de la región.
Clasificar para reconstruir
Además del incalculable daño biológico, Díaz Martín recordó que arrojar cualquier tipo de residuo al mar de forma temporal o definitiva está estrictamente prohibido por la Ley de Zonas Costeras. La solución, según los estándares internacionales de recuperación posdesastre, pasa por crear centros de acopio controlados con drenajes adecuados para clasificar los residuos antes de su disposición final.
El protocolo sugerido por el experto exige separar los desechos en categorías claras. En primer lugar, el concreto y los bloques limpios pueden triturarse para rellenar caminos provisionales o aceras. Por su parte, los metales como cabillas, cobre y aluminio deben destinarse al reciclaje industrial, al igual que los plásticos y vidrios aprovechables. Finalmente, las piezas sanitarias, puertas y ventanas deben separarse de los residuos domésticos no aprovechables y, con especial rigurosidad, de los materiales peligrosos contaminados con químicos o asbesto.
Jesús Dávila – El Impulso
