Un supermercado en Washington D.C.
Describir la economía como en forma de K es inexacto. El término, popularizado durante la pandemia para resumir trayectorias de recuperación bifurcadas, se extendió de las torres de marfil académicas a Wall Street y las salas de juntas corporativas. Ahora sirve para que los consejeros delegados justifiquen su apuesta por los compradores más ricos y su abandono de los más pobres, al tiempo que oculta la profundización de las brechas de riqueza y sus cada vez más perniciosos efectos.
La línea ascendente de la K alude con frecuencia al 20% más rico de los asalariados estadounidenses, que ganan al menos 175.000 dólares (153.000 euros, al cambio actual) al año. Sus desembolsos, una medida amplia del consumo, han alcanzado máximos de varias décadas, estimó Moody’s Analytics a principios de este año. Es una tendencia que se consolida, que se vuelve estructural en la jerga, y ya no un mero fenómeno pasajero o cíclico.
Muchas industrias mantienen al rey K en el poder, multiplicando los cordones de terciopelo entre quienes tienen y quienes no tienen. United Airlines se encuentra entre las aerolíneas que amplían los asientos de clase preferente, más caros, en sus aviones, a costa de la clase turista. Las emisoras de tarjetas de crédito, desde JP Morgan hasta Capital One, compiten por vender plástico de prestigio cargado de ventajas y con cuotas anuales de 800 dólares (700 euros), mientras crece el porcentaje de clientes con bajos ingresos que se retrasan en sus pagos. Los paquetes VIP con encuentros entre bastidores y otros privilegios están disponibles en conciertos que ya de por sí cuestan una fortuna.
Brecha laboral y salarial
Los fenómenos en forma de K incluyen también una brecha en forma de F. Los beneficios de las empresas estadounidenses se dispararon tras la covid-19 y han crecido un 126% en la última década, según datos del Departamento de Comercio. El salario medio por hora, en cambio, subió menos del 50% en el mismo periodo. Los elevados precios son una razón de peso para que el problema persista. Los estadounidenses, por ejemplo, han gastado unos 60.000 millones (52.000 millones) extra en gasolineras –diésel incluido– desde que los ataques en febrero comenzaron los ataques en Irán.
La K es también un agente perturbador de la cohesión social: Los ultrarricos se enriquecen más deprisa mientras los pobres lo pasan peor. Casi 23 millones de millonarios de todo el mundo incrementaron su patrimonio conjunto un 8,7% el año pasado, hasta 98,3 billones (86 billones), pero el cuarto de millón de ellos con al menos 30 millones (26 millones) cada uno aumentó su riqueza un 9,4%, según un informe publicado a principios de mes por la consultora Capgemini.
La situación es más grave en el extremo opuesto del espectro. Incluso antes de los enfrentamientos en el Golfo, el Banco de la Reserva Federal de Nueva York detectó aumentos significativos en el número de hogares estadounidenses que reconocían haber recurrido a sus ahorros y fondos de emergencia para cubrir gastos o que tenían dificultades para costearse las comidas. La letra K puede resumir con precisión las divergentes tendencias de gasto, pero también eufemiza la desigualdad subyacente. Orientar la oferta exclusivamente hacia los gustos de las élites solo aumenta las probabilidades de que las clases populares queden atrapadas en una situación todavía peor.
Jeffrey Goldfarb – El País de España
