Venezuela no solo padece el dolor de la naturaleza; sufre las consecuencias de un Estado colapsado. El devastador terremoto que recientemente sacudió a Caracas y a la región norte del país ha dejado una estela de pérdidas humanas e infraestructura en ruinas que enluta a miles de hogares venezolanos. Pero seamos claros: la magnitud de esta tragedia no se debe únicamente al sismo, sino a la absoluta vulnerabilidad provocada por años de desidia criminal, y a una asfixiante crisis económica donde la devaluación y la inflación desbocada pulverizan a diario la dignidad y el sustento del ciudadano.
Ante el sufrimiento y la desesperación de las comunidades afectadas, la respuesta oficial ha vuelto a desnudar la naturaleza miserable de quienes usurpan el poder. El régimen ilegítimo y fraudulento que representa Delcy Rodríguez ha reaccionado con su único y gastado libreto: centralismo, opacidad, censura y control social. En las zonas de desastre, la realidad es indignante: vemos más fusiles controlando que palas rescatando.
La asistencia humanitaria and la evaluación de los daños no pueden seguir siendo manejadas como un secreto de Estado o como un botín de chantaje político. Exigimos de inmediato una fiscalización técnica e independiente, y una revisión a fondo con la presencia activa de organismos internacionales transparentes, incluida la Cruz Roja, para garantizar que la ayuda llegue verdaderamente a las víctimas y se evite otra burla inaceptable al pueblo venezolano, tal como ocurre con la opacidad en torno a la salud de los presos políticos.
La reconstrucción que urge en Venezuela no se limita a remover el concreto caído; implica extirpar el tumor del centralismo ineficiente y rescatar la soberanía del ciudadano. Esta catástrofe ha demostrado de manera definitiva que la burocracia corrupta es incapaz de proteger a la población, y que la única respuesta inmediata, valiente y solidaria ha nacido de los propios vecinos organizados.
Para levantar a la nación desde sus cimientos, es imperativo e impostergable pasar a la ofensiva a través de la gestión local. Exigimos y asumimos la tarea de reorientar democráticamente los Consejos Comunales, arrebatándoselos de una vez por todas al secuestro ideológico del Estado para devolverlos a la ciudadanía. Asimismo, exigimos la reactivación inmediata de las Juntas Parroquiales, las cuales deben ser electas de forma universal, directa y secreta. Solo este binomio de gestión local, transparente y descentralizado, será capaz de reconstruir lo que el autoritarismo ha destruido.
Frente al colapso institucional y la indolencia de la tiranía, la articulación y la rebeldía comunitaria constituyen nuestra mayor fortaleza. Los escombros materiales se van a remover con trabajo, pero la libertad y la dignidad del país se rescatan con organización ciudadana. El centralismo infame no podrá quebrar la voluntad de un pueblo decidido a cambiar su destino.
Hoy, con más fuerza y firmeza que nunca, recordamos que:
¡El Poder Ciudadano es la gente!
