A más de 48 horas de una de las peores tragedias de la historia de Venezuela, cuando todavía estamos asimilando tanto terror, dolor, tristeza, todos los venezolanos seguimos en un gran abrazo, acompañándonos en el dolor, pero también en la acción de rescate.
Juntos, sin distinción política, religiosa ni de ningún otro aspecto, no podemos evitar una profunda indignación porque todavía los familiares claman por ayuda, maquinarias, personal capacitado, para rescatar de debajo de los escombros de sus viviendas a sus padres, hijos, abuelas, niños, desaparecidos muchos de ellos. El gobierno y los organismos oficiales no aparecen a tiempo para las labores de rescate. Y si lo hacen, llegan demasiado tarde, cuando las personas todavía sobrevivientes hasta hace unos momentos, no pueden seguir soportando. A estas alturas, las muertes y desapariciones son responsabilidad directa del gobierno, la falta de acción de equipos de Protección Civil, o las FANB. Los sismos son fenómenos de la naturaleza, pero la respuesta ante la tragedia es responsabilidad estatal, resultado de un estilo de gestión, en la prevención y la acción inmediata de salvamento.
El desastre comienza cuando una amenaza natural se encuentra con un Estado incapaz de proteger a la población, La dirección de las respuestas a la emergencia debe estar a cargo de profesionales con formación y experiencia en este tipo de situaciones. La lentitud de la acción salvadora va más allá de la negligencia. Se trata de la actitud de un Estado que solo actúa para reprimir. La respuesta solidaria del pueblo se ha expresado de muchas formas. Por eso son negativos los intentos del gobierno de obstruir el flujo de esa solidaridad. La contabilidad de los fallecidos por el sismo crece hora tras hora. Algunas proyecciones ya hablan de miles. Desgraciadamente, es posible que sean decenas de miles, contando con los desaparecidos. Se han anunciado apoyos de varios países: Estados Unidos, Chile, El Salvador, República Dominicana, Francia, México y muchos otros, pero las autoridades, los equipos de salvamento, las maquinarias de organismos venezolanos todavía no llegan a las zonas más afectadas, ya identificadas en la Guaira, Caracas y otras ciudades y poblaciones del país.
Dadas las muchas experiencias anteriores, exigimos la mayor transparencia posible en el manejo de los recursos que llegan de la solidaridad internacional. En este sentido, es conveniente la participación en la administración de la ayuda humanitaria de las organizaciones de la sociedad civil, la Iglesia Católica y otras congregaciones, y ONG reconocidas. Proponemos la formación de un comando internacional para canalizar esa ayuda y que no se pierda en los recovecos asquerosos de la corrupción, como ya ocurrió otras tantas veces.
Es cierto que un terremoto, y más de esta magnitud, más fuerte que el de Caracas de 1967, con más razón cuando se trató de dos sismos seguidos, son eventos naturales impredecibles. Pero también es cierto que se conocen cuáles son las zonas sísmicas de Venezuela de mayor riesgo, incluso, cuando se cumplieron cincuenta años del terremoto de Caracas, se hicieron algunas actividades de divulgación y prevención. Esta vez no hubo nada de eso.
Pero hay un aspecto criminal en todo esto. No es casual que hayan sido justo esas edificaciones las caídas: edificios, instalaciones en la Guaira, Caracas, las viviendas de mala calidad. Muchos de ellos privados, cierto, pero igual sujetos a la inspección oficial, igual permisados por autoridades municipales, regionales y nacionales. Con los antecedentes de la cultura de la corrupción no nos extraña que no se hayan tomado en cuenta las previsiones ingenieriles de rigor. Miles de vida a cambio del soborno de funcionarios. Allí cabe una responsabilidad.
Pero, ya ocurrida la tragedia, el dolor y la desesperación dan espacio a la indignación. No solo se trata de la negligencia, la lentitud, incluso los shows montados por gobernadores. Si aparecieron policías en estas horas, es para participar en odiosos saqueos. Hasta ha habido información de arbitrariedades contra centros de acopio de organizaciones no controladas por el gobierno. Se confirma que este gobierno solo sirve para la persecución y la represión política, y no para proteger a los ciudadanos. La militarización, pura y simple, es tardía e ineficaz bajo la doctrina que rige hoy a las FANB, de considerar enemigos a los que piensan diferente.
Este es el momento de la solidaridad, del apoyo, la cooperación de todos los venezolanos. Es la hora de la unidad y de la ayuda. Pero también es hora de estar atentos. De exigir que los organismos correspondientes actúen con la mayor velocidad posible. Que el suministro de las ayudas sea lo más transparente posible. Que esa unidad de todos los venezolanos, sin distingos se exprese en la coordinación de la ayuda, la efectividad de la acción, fluyendo de todos lados.
Nota de Prensa – Jesús Puerta.
