El factor principal detrás de la resistencia global proviene del efecto compensatorio de la inversión en inteligencia artificial.
Ormuz y los límites de la economía global.
¿Cómo se está comportando la economía global más de tres meses después del cierre del estrecho de Ormuz, que ha gripado el flujo global de hidrocarburos y fertilizantes? Bastante mejor de lo que cabría esperar, con la actividad económica creciendo a un ritmo aceptable, la inflación acelerándose, pero sin contagio significativo a los componentes más subyacentes, y los mercados financieros no excesivamente preocupados.
Parte de la explicación está en las medidas paliativas que se han tomado desde distintos frentes para solventar parcialmente la falta de oferta de hidrocarburos: desde la liberación de reservas de petróleo, pasando por el uso de fuentes alternativas de energía o la utilización de rutas alternativas al Golfo Pérsico, que se añaden a la disminución de demanda por la subida del precio del petróleo.
Pero probablemente el factor principal detrás de la resistencia global proviene del efecto compensatorio de la inversión en inteligencia artificial (IA) y en las infraestructuras que la alimentan, que está sosteniendo la economía estadounidense, la cual se beneficia también de un consumo sostenido por la revalorización de los activos financieros. Por su parte, China se está apoyando en la demanda externa, desviando exportaciones hacia el resto de Asia. Europa, sin embargo, se muestra algo más débil, con una caída del PIB en el primer trimestre por los vaivenes brutales de la economía irlandesa (-12% de enero a marzo). Pero sin ella, la eurozona ha crecido un 0,3%.
Hacia adelante, el escenario depende obviamente de la apertura de Ormuz. Según un análisis de CNN, el presidente estadounidense, Donald Trump, ha anunciado 37 veces que el acuerdo está a la vuelta de la esquina. Si los anuncios terminan fructificando, las economías avanzadas continuarán creciendo sólidamente y evitarán un escenario de estanflación. La inflación va a superar el 3% en la segunda mitad del año en Estados Unidos y Europa, y hará que los bancos centrales mantengan los tipos de interés de referencia o los suban moderadamente (caso del BCE), aunque no debería haber efectos de segunda ronda importantes si el escenario se normaliza.
Sin embargo, los riesgos son elevados, y crecientes en el tiempo. El colchón de las reservas de petróleo es temporal, y al agotarse los precios del crudo pueden volver a acelerarse. Del mismo modo, una inflación de energía que se prolongue en el tiempo podría trasladarse fácilmente a otros precios y a salarios, lo que llevaría a los bancos centrales a reaccionar más decisivamente, generando a su vez dudas en los mercados de renta fija, con niveles de deuda pública muy elevados en varios países. Por otro lado, el empuje de la IA puede perder fuelle en algún momento. Si a los mercados financieros les entran las dudas, el optimismo puede cambiar fácilmente de dirección.
Miguel Jiménez González-Anleo – El País de España
