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Las transiciones exitosas exigen tragar sapos gruesos, dijo Ángel Oropeza

Ángel Oropeza

 

El politólogo y profesor de la UCAB, Ángel Oropeza defiende una transición política negociada y advierte sobre el riesgo de una normalización autoritaria en el país si el cambio depende solo de Estados Unidos o de los cálculos del gobierno de Delcy Rodríguez. Sostiene que la sociedad civil debe articularse como una fuerza disuasiva para forzar elecciones libres

Para que una transición sea viable, debe parecerse a una mesa de tres patas, la más simple. Un trípode, dijo Ángel Oropeza.

Las transiciones políticas no fracasan porque existan negociaciones. Fracasan cuando nadie explica con precisión qué se está negociando. Hablar de tragar sapos puede sonar realista, pero también puede convertirse en una forma elegante de ocultar decisiones que afectan de forma directa la justicia, la rendición de cuentas y la confianza de los ciudadanos. La pregunta no es si habrá concesiones; la pregunta es cuáles. Permitir que antiguos dirigentes compitan en elecciones es una concesión democrática. Permitir que quienes saquearon recursos de la República conserven los beneficios obtenidos de ese saqueo es otra cosa. Mezclar ambas categorías bajo la misma etiqueta de realpolitik oscurece un debate que debería ser completamente transparente.

Toda transición enfrenta una tensión entre estabilidad y justicia, pero presentar esa tensión como una elección absoluta resulta engañoso. La estabilidad no depende de manera única de las garantías que reciban quienes dejan el poder; también depende de que la sociedad perciba que el nuevo orden posee legitimidad moral y jurídica. Si los acuerdos son percibidos como un pacto para proteger a quienes abusaron del poder, la transición puede conservar gobernabilidad en el corto plazo y perder credibilidad en el largo. Ninguna democracia sólida se construye sobre la sensación colectiva de que las reglas solo cambiaron para unos mientras permanecieron intactas para otros.

La discusión decisiva no gira alrededor de cuánto poder conserva el antiguo régimen, sino alrededor de cuáles son las líneas que una sociedad no está dispuesta a cruzar. Una negociación puede incluir garantías políticas, protección personal e incluso mecanismos graduales de justicia. Lo que no puede hacer es borrar la diferencia entre convivencia democrática e impunidad. Cuando esa frontera desaparece, la transición deja de ser un proceso para reconstruir instituciones y se convierte en una simple redistribución del poder entre élites. Y eso no suele resolver las causas de una crisis; apenas cambia a quienes las administran.

Ángel Oropeza, sociólogo y politólogo, se ha dedicado al estudio de los procesos políticos, la opinión pública y las estrategias de transición democrática. Ha ejercido la docencia en la Universidad Católica Andrés Bello y la Universidad Simón Bolívar, y ha participado como consultor y analista en temas relacionados con gobernabilidad, negociación política y comportamiento electoral. Su trabajo se ha concentrado en las condiciones que permiten la apertura de sistemas políticos cerrados y la construcción de acuerdos entre actores enfrentados. En el debate público venezolano se ha convertido en uno de los defensores más consistentes de las salidas negociadas. Sus planteamientos parten de la idea de que ninguna transición ocurre sin concesiones mutuas y de que la correlación real de fuerzas obliga a pactar incluso con quienes controlan los instrumentos del poder. Esa premisa atraviesa buena parte de su pensamiento político y plantea una pregunta que divide a las sociedades que intentan salir de un régimen autoritario: cuánta justicia puede sacrificarse en nombre de una transición y cuánta transición puede sobrevivir sin justicia.

—Usted afirma que la sociedad civil es indispensable para cualquier transición, pero las organizaciones no gubernamentales están bajo presión, la libertad de expresión está restringida y los partidos no lideran las demandas sociales ni los valores ciudadanos. Si esos tres pilares están debilitados, ¿sobre qué fuerza social concreta descansa hoy su expectativa de una transición política en Venezuela

—Para que una transición sea viable, debe parecerse a una mesa de tres patas, la más simple. Un trípode. Una pata es una parte del Gobierno que acepta cambiar, por convencimiento o por la fuerza. La tenemos. La otra es una fuerza externa que incita o provoca el cambio, también la tenemos; y la tercera, que no la tenemos, es una población con sectores sociales organizados —sindicatos, gremios, universitarios, empresarios, que sean los que legitimen, validen, propongan, obstaculicen o apoyen lo que las otras dos patas decidan. Nuestra tercera pata está todavía por construirse. No existe. No estamos partiendo de cero, pero estamos muy lejos de ser una pata estable. La sociedad civil está tan disminuida por la labor sistemática de discriminación, de segregación, de persecución contra las organizaciones no gubernamentales, contra las universidades, contra los sindicatos. Ha sido brutal. Todo el mundo quiere lo mismo, pero cada quien por separado.

—¿Cómo juntarlos?

—El reto es empezar a reencontrarnos y tratar de articularnos. Muchos empresarios quieren lo mismo que los sindicatos de base, pero no se reúnen. Los sindicatos no saben lo que quieren los estudiantes, y los trabajadores de la salud desconocen qué hacen los del magisterio. Debemos detener la dispersión e ir hacia un reencuentro con bases mínimas de consenso, que hay muchas. Los partidos políticos, si bien han cometido errores, han sido muy castigados. Aquí el dirigente político que no fue exiliado, fue asesinado; el que no está preso, está perseguido. Dedicarse a la política en Venezuela es una labor casi delincuencial. Unos partidos están muy desconectados de la gente, pero también han sido víctimas de persecución, sin exonerarlos de los errores cometidos. La tercera pata está por construirse. No estamos en cero, pero seguimos sin tener la tercera pata social que requiere una transición más o menos estable.

—¿Hay el diagnóstico adecuado?

—Sí. El manifiesto de Panamá de los partidos políticos, por lo menos lo escrito, va en el camino correcto de la unidad de todos. Falta ver si esa unidad incluye a los partidos que no forman parte de la Plataforma Unitaria. Plantea incorporar en un acuerdo nacional a empresarios, estudiantes, universitarios.

—Si el ciudadano sigue enfrentando los mismos salarios, los mismos servicios deficientes y las mismas dificultades para llegar a fin de mes, ¿por qué debería considerar que está viviendo un proceso de cambio político y no solamente un cambio de rostro?

—En el Centro de Estudios Políticos y de Gobierno, la unidad académica adscrita a la Universidad Católica Andrés Bello, en febrero y marzo, registramos un aumento muy importante de las esperanzas de cambio, de las expectativas de cambio de la gente. But ya empezó a bajar. No al nivel de noviembre y diciembre de 2025, pero sí muy distante de lo que era febrero y marzo de este año. La gente empieza a preguntar qué pasó con el cambio político y con la mejora económica mientras el presidente Donald Trump dice que la gente en Venezuela está bailando en las calles de felicidad. Nos hablan de millones y millones. Miles de millones, pero cada vez el sueldo alcanza para menos. No se ve el cambio político ni mejora la economía personal. Hay una urgencia de mejorar las condiciones económicas.

—¿Qué ha fallado en la recuperación económica

—Hubo un problema de diseño. Desconocíamos que el presidente Donald Trump es marxista. Cree que la política es consecuencia de la economía. Plantea tres fases. Primero, estabilización, paz social, tranquilidad; luego la recuperación económica que va a dar paso de forma final a la transición política. Eso en el siglo XIX podía pasar, pero en el XXI es más complicado. Puede ocurrir que la economía del país, no la economía de la gente, empiece a crecer y se encuentren con cuellos de botella. Por ejemplo, las petroleras han recortado los cálculos que habían hecho sobre aumento de la producción petrolera. ¿Por qué? La capacidad eléctrica del país no soporta que aumente la producción petrolera y cuando convocas a las grandes empresas eléctricas para que resuelvan el problema les responden que en Venezuela no hay condiciones políticas, ni garantías de que no me vas a expropiar mañana. Con la tarea política pendiente no puedes mejorar la economía. No es tan simple ni lineal. Si no vamos pronto a una transición política, que no es solamente elecciones pero las incluye, la economía no va a mejorar mucho. La economía requiere elementos que solamente se garantizan en democracia. Al mandatario Trump hay que decirle que se comporta como un marxista del siglo XIX.

—Venezuela carece de legitimidad institucional. El Gobierno no tiene ni siquiera una legitimidad de hecho. Nosotros tomamos el poder y estamos aquí. No, a ellos los pusieron ahí mientras tanto y por si acaso.

—La legitimidad de los hermanos Rodríguez es foránea. Se la da el invasor. Si había dudas sobre la legitimidad de Nicolás Maduro, también las hay sobre los Rodríguez.

—Delcy y Jorge no se han dado cuenta de que fueron derrotados electoral, militar y políticamente. Han sido humillados en todos los flancos, pero todavía la ciudadanía no los encara ni los releva.

—Yo creo que sí lo reclama. El problema es la correlación de fuerzas. No hemos construido una fuerza disuasiva. Fuerza de opinar tenemos un poco más de lo que había en diciembre de 2025. Pero una fuerza disuasiva, que pueda subirle el costo político al Gobierno por hacer ciertas cosas, no existe todavía. ¿Dónde está la amenaza creíble que pueden presentar la sociedad civil o la oposición? El tutor externo sí tiene la amenaza creíble, pero la sociedad civil venezolana no. Si insta al gobierno de Delcy Rodríguez a que suelte de inmediato todos los presos políticos, cómo completa la frase. Un punto suspensivo no disuade. No tengo fuerza disuasiva para poner al Gobierno contra la pared y que le resulte costoso no soltarlos. Los venezolanos estamos a la espera de que el tutor coincida con nosotros, como ocurrió el 3 de enero, pero en el resto del año no ha coincidido con nosotros. El tutor tiene sus intereses.

—El tutor, al aceptar que haya 600 presos políticos, está aceptando que él es el responsable de esos 600 presos políticos, y que también es corresponsable de que no se cierren los centros de tortura.

—Estados Unidos decidió que Delcy Rodríguez se encargara de la estabilización. No Edmundo González ni María Corina Machado; ellos, en términos de correlación de fuerza, no tienen la capacidad de controlar la Fuerza Armada, los grupos irregulares, ni de administrar el presupuesto. Washington escogió a los hermanos Rodríguez Gómez y les exigió estabilización, paz y tranquilidad ciudadana. Ellos aceptan, pero han convencido a los gringos de que no pueden soltar a todos los presos políticos, porque si sueltan a todos en un solo golpe, la oposición se va a envalentonar y va a embochinchar el país. Hacerlo a cuentagotas garantiza estabilización. Los gringos les compraron esa tesis.

—¿Cuándo habrá elecciones?

—Mientras más meses pasen, menos probable será que se celebren este año. Para montar una elección decente, más allá de cambiar al Consejo Nacional Electoral y de la actualización del registro electoral, desde el punto de vista técnico se requieren seis o siete meses. Ya estamos en junio. Habrá elecciones cuando convenga a los intereses el tutor. en este momento no le conviene mucho. Tiene unas elecciones en noviembre de mitad de período y puede perder la Cámara de Representantes. Entonces, Trump necesita mostrar a su audiencia electoral que Venezuela es un caso exitoso de política exterior. Que aquí la gente está feliz, sacamos al dictador, la gente está bailando en las calles, estamos sacando petróleo.

—¿No le conviene alterar el aspecto político en Venezuela llamando elecciones, permitiendo que los partidos políticos salgan a la calle y cumplan su obligación ciudadana porque puede alborotar el país?

—Ahora, no. Una vez pasado noviembre, posiblemente sí. Aquí habrá elecciones no tanto cuando los Rodríguez quieran o cuando la oposición quiera, sino cuando el tutor considere que es el momento de que haya votaciones para sus intereses.

—Entonces, la importancia que le asignan a la democracia es una farsa. Por encima de la democracia, los derechos humanos y la libertad está el interés del presidente Trump en no perder la Cámara de Representantes. No que salgan en libertad los 600 venezolanos que siguen en las cárceles. Desde la ética política es tanto como que el fin justifica los medios.

—Acabas de describir lo que se conoce como realpolitik. En la realpolitik, el fin justifica los medios. No digo que sea una farsa el discurso de la democratización, pero la progresión, el timing, el cuándo ocurre una etapa y cuándo empiece la otra será de acuerdo con lo que el tutor considere sus intereses. Va a la democratización pero no en este momento; lo importante es otra cosa.

—Y también dentro de la realpolitik, la ciudadanía tiene que presionar y hacer su tarea. No puede esperar que coincidan los intereses de Venezuela con los de Donald Trump y Marco Rubio. Si hay un papel activo, si yo hago una presión política, Estados Unidos no puede seguir en esta política de quietud, porque se puede alborotar el cotarro allá y aquí.

—Coincidimos 100%. La tragedia es que la foto de este momento puede cambiar mañana. El país está en una gran sala de teatro viendo una obra con dos actores, Donald y Delcy. Vemos lo que hacen y oímos lo que dicen, pero no estamos montados en el escenario. No tenemos fuerza.

—¿Cómo que no tenemos fuerza si el teatro está lleno? La fuerza es el público. Si no aplaude, grita bravo o tira tomates no hay teatro.

—El primer paso es que la gente sienta que tiene que montarse en la tarima, que tiene que intervenir en el proceso y dejar de ser espectador para convertirse en actor. El segundo paso es detener la dispersión y empezar a encontrarnos mucho más allá de los partidos políticos para que podamos ejercer una fuerza disuasiva que se enfrente de forma democrática al rodrigato y le diga que no se va a sentar a esperar que las cosas les salgan bien. Eso no es declarativo, ni se hace en salones de hoteles. Se hace provocando reuniones entre las fuerzas vivas: sindicatos, estudiantes, universidades, gremios. Haciendo alianza social de verdad. No estamos de cero, insisto. El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social registró que en abril hubo 235% más protestas que en abril de 2025.

—Eran las protestas por los presos políticos.

—Claro, pero son protestas.

—Sin la captura y extracción de Maduro no habrían ocurrido esas protestas. La ciudadanía se ve envuelta en melodramas y dramas vergonzosos como el de la señora Quero y el ocultamiento de la muerte de su hijo, pero el cariz humano blanquea la vileza del régimen. Todos están apenados, pero el Gobierno ni la Fiscalía investigan. Ni siquiera le pidieron la renuncia al director de los servicios penitenciarios. Es absurdo. Nos quedamos anonadados con la señora Quero llorando ante la tumba y no actuamos en contra del régimen que sigue torturando y asesinando.

—Todo indica que las protestas seguirán en aumento. No se ve a corto plazo una posibilidad de mejora de las condiciones de vida del venezolano. El salario cada vez alcanzará para menos y la inflación va a dispararse más. Si las condiciones son más restrictivas, las protestas se incrementarán. ¿Qué harán los Rodríguez, las tolerarán? Y si las reprimen con la crueldad de Maduro, ¿el tutor lo aceptará? La reacción de Estados Unidos lo dirá todo. Si el Gobierno reprime de forma violenta y Estados Unidos mira para otro lado haciéndose el loco, ya sabemos por dónde van las cosas. Pero si Washington le sube el costo político al Gobierno, la protesta ciudadana empieza a surtir efecto. La sociedad venezolana no tiene por qué confiar en Trump o en Rubio, ellos tienen sus propios intereses.

—Si no confiamos en nuestros aliados y creemos que en algún momento se pondrán del lado del rodrigato, estamos peor de lo que suponemos…

—Yo no creo que se trate de no confiar en Trump. Era el único que podía utilizar la fuerza. Las herramientas de presión democrática no funcionaron. Fallaron la presión cívica, la presión electoral y la presión internacional; de forma lamentable funcionó la fuerza militar. El país le agradece a Trump haber usado la fuerza militar para destrancar el juego. Pero el sujeto político de cambio no es Trump, es el pueblo organizado.

—Un pueblo que está desorganizado

—No a nivel cero, aunque todavía distante.

—Está desmovilizado, debilitado, famélico, diría yo.

—La idea es que tome conciencia de su importancia y empiece a organizarse para convertirse en el sujeto político de cambio. No es que desconfíe de Trump y no agradezca a Trump. Es poner a Trump en su lugar. Es el aliado que tiene la fuerza creíble. Todavía no tenemos fuerza como para obligar al Gobierno a convocar unas elecciones libres. Mantenemos la demanda, pero carecemos de la fuerza disuasiva. ¿Quién puede obligar al Gobierno a que haya una elección? El tutor externo. Mientras, aprovechemos construir la fuerza necesaria para ser un actor con capacidad disuasiva.

—¿Se está construyendo esa fuerza ¿Necesitamos pedagogía democrática, necesitamos instrumentalizar otra vez la democracia en la ciudadanía ¿Las marchas, las manifestaciones y el triunfo del 28 de julio no han servido?

—Ahí no coincido contigo. En 2024, fuimos a una elección en situaciones muy desventajosas. Nos inhabilitaron a todos los candidatos, hubo que salir al final con alguien desconocido que hizo campaña apenas un mes y, sin embargo, la paliza fue monumental: 70 a 30. Surtió efecto la labor cívica de pedagogía, de democracia, de cambiar las cosas por vía política, de no aceptar la dictadura. Eso surtió efecto.

—Que no resultó eficaz; al final Maduro desconoció la elección.

—La conciencia política no estaba acompañada de una fuerza disuasiva. Teníamos fuerza como país para enfrentarnos a Maduro y decirle: mira, ya va. ¿Cómo que tú vas a desconocer la elección? ¿Cómo es esto? ¿Teníamos capacidad, por ejemplo, para que los sindicatos del magisterio o de la salud o del transporte dijeran que no?No teníamos fuerza. Teníamos fuerza cívica de convencimiento, la gente votando. Eso lo teníamos. Los valores de 40 años de democracia no se han perdido del todo.

—La gente quiere un cambio político. La gente no cae en el jueguito de que esto lo vamos a estabilizar. No. La gente quiere un cambio político de verdad.

—No estamos en cero, pero todavía estamos lejos. Cada vez más hay reuniones entre sectores sociales, la gente va perdiendo el miedo. El problema no es construir un movimiento ciudadano sino articularlo. Aquí tenemos un estudiantado fuerte, pero por su cuenta; tenemos sindicatos de importancia, pero están por su cuenta. Hay que articularlos. Las transiciones exitosas y las no exitosas presentan una variable a la que no se le presta atención, pero es clave: la actitud de la población puede favorecer u obstaculizar la transición. La transición no es solo una medida o un decreto político, es algo mucho más complejo. Los venezolanos estamos en una situación de expectativa, a la espera de que pase algo, pero no nos hemos apropiado del proceso. Pareciera que la transición le pertenece a Donald Trump y a Delcy Rodríguez, y no al pueblo venezolano. La transición es una hipótesis que puede darse, pero la posibilidad de que se dé es mucho mayor cuando la gente se involucra y de alguna forma tributa para hacerla viable.

—En las propuestas de transición aparece el gran acuerdo nacional, que no es otro Pacto de Puntofijo, sino que los venezolanos nos aceptamos unos a otros, olvidamos lo ocurrido y a comer perdices. Suena bastante infantil.

—En el mundo ha habido unas 150 transiciones de regímenes autoritarios a democracia, pero hay consenso en que hay cuatro tipos de transiciones. Las cooperativas, que son producto de un acuerdo entre el Gobierno en funciones y la gente que quiere reemplazarlo. Las transiciones por continuidad, la que tenemos en Venezuela, que es regentada por la gente que estaba en el gobierno anterior. El régimen que va a salir dirige la transición. Las transiciones por colapso, cuando hay una caída abrupta del régimen, en el caso de Alemania Oriental y la caída del muro de Berlín, o la Revolución de los Claveles en Portugal. Y las transiciones por invasión extranjera, el caso de Irak, la peor de todas. Las que tienen mayor posibilidad de éxito son las cooperativas, las resultantes de una cooperación entre el régimen saliente y el régimen entrante.

—¿La de Isaías López Contreras?

—No, la del Pacto de Puntofijo. Aquí nos engañaron demonizándolo, satanizándolo, pero resulta que es uno como uno de los ejemplos de ingeniería política más exitosos de la historia. Después de la dictadura, la Fuerza Armada, la Iglesia, los partidos políticos, empresarios y sindicatos se incorporaron en un diseño de ganar y ganar. Las cooperativas son las que tienen mayor probabilidad de éxito. El caso de España, después de Franco, y de Chile, después de Pinochet. Las transiciones que tienen mayor probabilidad de fracaso, 50% de ellas, son las de continuidad, gestionadas por la misma gente de la dictadura. Es la que tenemos en Venezuela y la que tiene el mayor porcentaje de reversión autoritaria, de fracaso. La foto de hoy es de normalización autoritaria.

—¿Por qué?

—El rodrigato no le compra a Trump las tres fases del proceso. Le compra dos: estabilización y recuperación. Transición no. Su objetivo es permanencia, que es distinto. Estamos en un proceso de normalización autoritaria, que puede cambiar, por supuesto, pero nos estamos jugando un fracaso. Si cede la presión sobre Venezuela, si el tutor se enreda en el caso de Irán o porque pierde las parlamentarias de mitad de período en noviembre o tiene otras complicaciones, la tentación de los que ejercen el Gobierno de volver a las prácticas autoritarias del pasado es muy fuerte.

—No han abandonado las prácticas autoritarias

—No, no las han abandonado, pero sí la han suavizado un poco. Había entre 1.100 y 1.200 presos políticos. Han soltado 600 y quedan 600. Soltaron la mitad. Es una relajación de la práctica autoritaria. Están volviendo líderes políticos que estaban exiliados. La represión está vigente, pero no es tan sanguinaria y violenta como en el pasado. Las prácticas autoritarias no se han abandonado, pero se han de alguna forma suavizado, por decir una palabra que no es muy correcta. La cuestión es que si la presión del tutor cesa, se fortalece la tentación de volver a las prácticas del pasado. Aunque suene infantil, hay que insistir en la interlocución, en la transición cooperativa.

—¿Con quién me voy a sentar a conversar: con Delcy Rodríguez, con Diosdado Cabello, con Pedro Carreño o con Miguel Rodríguez Torres?

—El hecho de que parezca difícil no debe llevarnos a renunciar a la única forma de que la transición sea exitosa, producto de una salida negociada por los venezolanos, no por Trump. Hoy lo ideal sería que el tutor exija al Gobierno que acepte una negociación con la oposición venezolana ampliada. Sería un acuerdo entre estas dos partes internas, con el aval, la mediación, la fuerza creíble engatillada, si tú quieres, del tutor.

—El interinato no considera creíble la amenaza de Estados Unidos…

—No se puede renunciar de antemano a la cooperación y sentarse a esperar a que otro te haga el trabajo.

—¿Hay fracturas dentro del chavismo que indiquen que ese tipo de negociación sería posible? Mario Silva, Freddy Bernal e Iris Varela han declarado que no aceptan instrucciones de la Agencia Central de Inteligencia…

—Hay muchos habladores de pistolada. El chavismo ha demostrado capacidad de negociación.

—Capacidad de adaptación.

—Permanentemente han negociado, al extremo de que han cambiado leyes que para Chávez eran sagradas, como la Ley de Hidrocarburos.

—Ellos ya habían renunciado a que el Estado se reservara la industria petrolera con los contratos de participación productiva que legitimaron el 29 de enero.

—Puedes llamarlo acomodación o como tú quieras, pero en el fondo es capacidad de negociación. El chavismo moderno, que es el de los hermanos Rodríguez, ha mostrado capacidad de negociación. Lo que vemos entre los gringos y los Rodríguez es una negociación constante. Ellos se han plegado. Es un juego de supervivencia. Están esperando que la presión ceda, que a Trump se le enrede el papagayo y no pueda actuar contra Venezuela. Ahí lograrían el objetivo de permanecer. Mientras tanto, como la correlación de fuerza no les da, entonces bajan la cabeza, se agachan, negocian, permanecen. Su juego es sobrevivir.

—¿Y qué se juega el país?

—Venezuela tiene varios récords: las movilizaciones de protestas más grandes de todo el hemisferio y el mayor número de muertos en protestas contra un gobierno del hemisferio. Tiene el mayor número de gente emigrada, y ganó una elección 70 a 30 contra todo pronóstico. Es un pueblo que hace cosas increíbles. Después de casi 30 años de control social y de compra de conciencia, la gente no los quiere. El pueblo venezolano ha soportado 30 años de coacción, de propaganda, de chantaje, de que si no me prometes lealtad, no comes, y no hay que olvidarse de eso para las cosas que vienen.

—¿Cómo se puede utilizar esa resiliencia en la realpolitik?

—El trabajo de construir sociedad civil que quiera un cambio político ya está hecho. La sociedad civil quiere un cambio político; la parte complicada es que empecemos a articularnos para generar fuerza, multiplicarla, y tener un gigante con fuerza disuasiva.

—Vamos a las protestas otra vez…

—Ya están ocurriendo.

—Hay una protesta: agua, electricidad, precios políticos, otra vez agua, electricidad, salario, salario, salario. ¿Cómo transformar esas protestas reales por electricidad y agua en demandas reales por democracia, fin del bloqueo a los medios, libertad plena de los presos políticos y libre acceso a la información?

—En la línea del reencuentro, lo importante es interconectar las expresiones de protesta, acompañarlas. La dirigencia política ha manifestado otra vez que es necesario ir a un acuerdo nacional que salga de los partidos y que involucre a la sociedad civil en sus grandes sectores. Lo han dicho, pero hay que hacerlo. La ruta está allí. Hay como cierta claridad de diagnóstico. Las protestas no se decretan, ocurren de manera espontánea. Hay que darles direccionalidad política. En la medida que empiecen a multiplicarse, serán una fuerza de presión cívica. El oficiante del Gobierno decidirá si tolera o reprime. Si reprime, ¿cómo responderá el tutor?

—No he tenido la alegría de ver que la gente quiera que funcionen sus medios de comunicación, sus radios y sus informativos, tampoco ha habido presión de los partidos políticos ni de las organizaciones ciudadanas. La única manera de multiplicar el poder de las ideas es mediante los medios de comunicación, y las demandas para que cese la censura y la persecución han sido muy pocas.

—Se han abierto algunas rendijas. Han levantado el veto que se mantenía en la época de Maduro contra determinados personajes de la vida política. Hay un cierto ambiente de relajación, pero ahí es donde hay que presionar y meterse por esos pequeños orificios y ampliarlos, empezar a meterte y ampliarlos, y ampliarlos, y ampliarlos, y ampliarlos. Entonces, hay rendijas por las cuales meterse, hay que seguirse metiendo, pero por supuesto, entendiendo que una cosa es la relajación, otra cosa es lo que debería estar pasando.

—¿Cómo se le puede garantizar impunidad a un corrupto, a un torturador o a un asesino?

—Bienvenido otra vez a la realpolitik. En las transiciones exitosas las partes entienden que tienen que tragar sapos gruesos. Por ejemplo, que para que haya estabilidad política tienes que dejarle al régimen anterior ciertas cuotas de poder. Si vamos a una elección pronto, los Rodríguez recibirán una paliza de 80 a 20 con toda seguridad. Pero ese 20% tiene el poder militar, el poder económico y tiene poder represivo, tiene una cantidad de cosas. ¿Aceptarán renunciar a todo, simplemente porque perdió una elección? No parece muy real que ocurra.

Ramón Hernández – El Nacional