En el municipio que más tomas guerrilleras ha vivido en Colombia, la población se vuelca hacia la opción progresista. Toribío: El pueblo del Cauca que está con Iván Cepeda. En la plaza de Gutiérrez hay un árbol de Navidad. Es junio. Nadie lo ha desmontado todavía. Ni lo hará. Está hecho con botellas de plástico recicladas, pintado de verde, con su estrella todavía en la cima.

Canditados presidenciales en Comobia 2026, Iván Cepeda y Abelardo De la Espriella e Iván Cepeda
Las elecciones presidenciales de Colombia de 2026 se celebraron en primera vuelta el 31 de mayo de 2026 para elegir al presidente y vicepresidente de la República de Colombia para el período 2026-2030.

Toribío, el enclave indígena del Cauca que le dio el 92% de sus votos a Iván Cepeda
Toribío, el municipio que en los años noventa se hizo famoso por ser el pueblo que más tomas guerrilleras vivió en Colombia, ahora pelea por otro título: el ser el poblado más progresista del país. Y los números están cerca de darles la razón. En este pequeño enclave del norte del Cauca, uno de los departamentos más golpeados del país, el 92% de los electores votó en la primera vuelta presidencial del domingo pasado por Iván Cepeda y Aída Quilcué, la fórmula de la izquierda. Sus pobladores lo comentan en voz alta, porque ser de derechas aquí es casi como andar con el diablo en el bolsillo.
– ¿Usted fue el que votó por ese Abelardo?
– No, no, yo no fui
– Eso seguro fue don Tulio
Las conversaciones surgen en las mesas del restaurante de Yoli, que por 27 años ha alimentado a propios y turistas. Yolanda Ciclos, dueña del local, participa de la broma con la soltura de quien lleva décadas escuchando los secretos del pueblo. Desde que se conocieron los resultados electorales, Toribío vive su propia cacería de brujas: una pesquisa de murmullos y miradas para dar con los 759 que se atrevieron a votar por un ultraderechista como De la Espriella, cuando otros 14.215 lo hicieron por la izquierda. Es casi imposible que haya tantos votos por un señor como él, que nos quiere quitar los derechos como indígenas, dice desde su restaurante.
La plaza central del pueblo, que ha resistido a las tomas armadas y a masacres como la de Tacueyó, en 1985, se había vestido de fiesta el 31 de mayo. La gente estaba segura de que Cepeda ganaría en primera vuelta. Yolanda había encargado 50 tamales y un lechón completo para esa noche. Estábamos listos para salir a celebrar, sacar los bafles, bailar toda la noche. Me había alistado para vender toda la comida, dice la mujer que tiene la mejor sazón del pueblo. Pero no fue así. Una hora después del cierre de las urnas, cuando en los boletines de la Registraduría era irreversible el primer lugar de De la Espriella, el ambiente se apagó. El pueblo quedó en silencio. Se me dañaron los tamales que encargué para vender, porque todo el mundo se encerró y esto quedó vacío, comenta.
El silencio no era nuevo para Toribío. El pueblo, de poco más de 39.000 habitantes, aprendió hace décadas a convivir con la incertidumbre. Durante los noventa y los dos mil, las FARC se tomaron el casco urbano en al menos una docena de ocasiones: cilindros bomba, combates en las calles, civiles encerrados en sus casas esperando que escampara el plomo. Con el Gobierno de Gustavo Petro, dicen, la violencia no se ha ido, pero al menos ahora sienten que sus problemas son una prioridad para el Ejecutivo.
Ser indígena en el norte del Cauca implica, casi por definición, estar del lado que históricamente ha peleado contra el establecimiento. El 97,7% de la población de Toribío es indígena, casi todos de la etnia Nasa Yuwe. Por eso estas elecciones tienen un peso adicional: por primera vez, una mujer de su propio territorio, de su etnia y lengua, aspira a la vicepresidencia de Colombia. Aída Quilcué no es una figura lejana para los toribianos. Es de las suyas. Todos la conocen y muchos la tienen como ejemplo. Fue la primera dirigente mujer en el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), la organización indígena más influyente del país y a la que pertenecen casi todos los habitantes de Toribío. Que su cara esté en el tarjetón lo cambia todo.
Rolando Rodríguez Chalco tiene 55 años, una papelería en el centro del pueblo y una convicción que no cabe en el local: la fachada entera de su negocio está tapizada con una valla de Cepeda y Quilcué que tapa hasta las ventanas. Votante de izquierda de toda la vida, dice que esta vez es distinto. Que la posibilidad de una mujer indígena en el poder los ha movido de una manera que las otras elecciones no lograban. Ella representa la lucha de todos los pueblos indígenas, pero además es una muestra de que los indígenas somos inteligentes, que podemos llegar lejos, dice desde la sala de su casa. Mientras don Rolando habla, afuera, al otro lado de la sala, su hija Manuela recorta flores de papel sobre una mesa. En el celular, de fondo, suena un discurso de Cepeda.
Ángela Sánchez, del cercano resguardo indígena de Tacueyó, explica que durante los ceses al fuego que hubo a comienzos del Gobierno actual se vivió algo de tranquilidad. Teníamos mucha esperanza de que esa negociación de paz se concretara y pudiéramos sacar a los actores armados del territorio. Aunque la iniciativa del Ejecutivo fracasó, y en muchos pueblos el ambiente es más hostil que antes, los toribienses prefieren un Gobierno que priorice la paz a uno que hable de guerra.
A Yolanda, que sirve a cuanto comensal llegue, le aterra esa idea. En 2008, con Uribe, me amenazaron los paramilitares porque decían que yo supuestamente le vendía comida a la guerrilla. Me iban a matar por eso. Me da miedo que el país elija a un Gobierno que puede volvernos a llevar a esa guerra terrible y sangrienta que ya habíamos superado. Con superado no se refiere a que su pueblo sea un remanso de paz, sino a que el Estado, en su obstinación de acabar con los grupos armados por la fuerza, ponga en riesgo la vida de los civiles y vuelva la estigmatización que han cargado por décadas.
Toribío está lejos de ser un territorio pacífico. Todos saben que ni una hoja se mueve sin el permiso y la autorización de las disidencias de las extintas FARC. La facción que manda acá es la Dagoberto Ramos, un sanguinario grupo que coordina actividades armadas, domina las vías, extorsiona, asesina y secuestra. Para llegar hasta el pueblo, hay que pedir permiso al comandante de la zona, enviarle los datos de quienes transitarán, explicar las razones de este reportaje periodístico.
A veces esos protocolos no son suficientes, y algunos hombres armados llegan a la vía y retienen a cualquier vehículo que les resulte extraño. Como si esa coerción no fuese suficiente, exigen revisar los celulares para confirmar que, en las conversaciones o en las fotografías, no haya nada que pueda levantarles sospecha. Su control es omnipresente. Las carreteras del norte del Cauca, laberintos sobre una cordillera de curvas cerradas y barrancos sin fondo, están también rodeadas por matas de marihuana que, por las noches, dibujan el paisaje como si fuera un pesebre alumbrado. Es una de las zonas de Colombia con más hectáreas, con unos 9.000 cultivos.
El mayor Floresmiro Noscué, autoridad del resguardo de Tacueyó, agrega otra razón más para respaldar a Cepeda antes que a cualquier otro candidato de la derecha. Él es un defensor ambiental de la zona, sobre la cordillera Central, atravesada por el río Palo y llena de bosques de niebla y páramos. Estamos en un alto riesgo porque vemos a un personaje que aspira a ser el presidente y que habla de fracking, habla de explotar hasta el último rincón de los minerales, de la riqueza que tiene nuestro país, de todo lo que hemos luchado por defender. Su voto por Cepeda es uno en defensa del medio ambiente.
A Noscué también le sorprendió que casi mil personas eligieran opciones de derecha en Toribío, si se suman a los votos del ultra De la Espriella los de la senadora de derecha Paloma Valencia. Su hipótesis se dirige a la proliferación de iglesias evangélicas. Pero, más allá de esa duda, mira a la segunda vuelta con esperanza: tiene la certeza de que Toribío sumará nuevos votos para su candidato Hemos identificado, según nuestro censo indígena, que hay un 5% o 6% de personas que no salieron este domingo a votar porque se confiaron, y casi todos ellos fueron los jóvenes.
Lo cuenta como una preocupación, pero con un plan en mano: las 22 autoridades indígenas se han reunido esta semana para comenzar un plan de movilización, que llaman Los Vientos del Sur. Esperan sumar cinco chivas para que recorran todo el suroccidente del país y el cercano Eje Cafetero, buscando votos a favor de Cepeda. Vamos a ir incluso a las zonas urbanas, a los barrios populares de las ciudades, para explicarles por qué un gobierno progresista nos representa y defiende nuestros derechos.
Mientras las chivas se alistan para salir, la Dagoberto Ramos sigue controlando las carreteras, los invernaderos siguen iluminando la cordillera por las noches y los 759 votos de De la Espriella siguen sin tener dueño confeso. El pequeño pueblo marcha hacia la segunda vuelta convencido de su progresismo, aunque la paz que buscan en las papeletas todavía no ha llegado a sus montañas.
Valentina Parada Lugo – El País de España

Gutiérrez, el pueblo donde el 82% de los vecinos votaron por Abelardo De la Espriella
En la plaza de Gutiérrez hay un árbol de Navidad. Es junio. Nadie lo ha desmontado todavía. Ni lo hará. Está hecho con botellas de plástico recicladas, pintado de verde, con su estrella todavía en la cima. A Gutiérrez, a cuatro horas por carretera desde Bogotá, no se llega de paso hacia ningún lado. El que viene aquí lo hace buscando algo. Sus vecinos lo saben y miran de arriba abajo al visitante. No hay desconfianza, pero sí curiosidad. Esperan a que de una vez la forastera diga qué quiere, en este caso responder a una pregunta: ¿Por qué el 31 de mayo el 82% de sus habitantes votó por Abelardo de la Espriella, un candidato que representa la derecha más radical?
De los 1.103 municipios de Colombia, Gutiérrez está entre los 15 que más votos concentró por De la Espriella en la primera vuelta del pasado domingo. Es el primero de Cundinamarca, el departamento del centro del país que rodea a Bogotá, la capital. No es un municipio grande ni rico: sus poco más de 4.000 habitantes se reparten entre los alrededores de la plaza central —donde están la alcaldía, las tiendas, el restaurante, la carnicería y el árbol de Navidad— y el laberinto de veredas unidas por caminos de tierra, casas con gallinas en el patio, lomas donde pacen las vacas y las fincas donde se cultivan fríjoles, papas y aguacates. Ni rastro de los votantes de Iván Cepeda.
Yanira Pardo despacha carne desde primera hora de la mañana sin parar. Tiene 54 años, es menuda, de ojos azules y luce una virgen colgada al cuello. Lleva años detrás del mostrador de su carnicería en el centro de Gutiérrez y no tuvo dudas acerca de su voto: Abelardo promete seguridad y nosotros tuvimos una violencia dura: bombardeos, guerrilleros y asesinatos de la gente del pueblo. Uno no quiere repetir ese horror. Ya lo vivimos. La conversación se interrumpe cada dos minutos. Entra una cliente, pide un corte. Pardo atiende y vuelve. Una de esas clientas, una mujer mayor, escucha la conversación mientras espera su pedido y exclama antes de marcharse:
—¡A mí que la guerrilla me devuelva a mis hermanos muertos! Ese día votaré por Petro
Nadie le responde. Pardo envuelve la carne. La señora paga y se va, dejando cierto silencio incómodo.
El hoy apacible Gutiérrez carga con una historia de violencia que sigue marcando el voto de sus vecinos. Durante más de una década, desde finales de los años noventa hasta bien entrado el gobierno de Álvaro Uribe, las FARC quisieron convertir este rincón en uno de sus corredores estratégicos en su meta de rodear Bogotá. La madrugada del 8 de julio de 1999, medio millar de guerrilleros atacaron el municipio. Había menos de 60 soldados, la mayoría jóvenes de 18 y 19 años prestando el servicio militar. 38 murieron. Más de 20 fueron ejecutados después de rendirse. Fue el golpe más sangriento que las FARC asestaron al Ejército en el centro del país.
Aquí se acabó el problema con la guerrilla cuando Uribe entró a la presidencia. Vino y barrió con toda esa gente por acá. Metió el ejército y gracias a Dios…, cuenta Raúl Acosta, 64 años, agricultor y conductor que vive a una hora de la plaza del pueblo.
Acosta da una pista de por qué Gutiérrez vota históricamente a la derecha. Antes a Uribe y ahora a De la Espriella. Pero los resultados electorales también se explican porque millones de colombianos asocian a la izquierda con los guerrilleros que han marcado la historia del país. Un imaginario que ha alimentado el voto contra el presidente Gustavo Petro, exmilitante de la guerrilla M19 y defensor, como Cepeda, de negociar con los grupos criminales para lograr la paz.
En uno de los cafés de la plaza, una pequeña tienda con tres mesas y sillas que se sacan a la calle, Pedro Moreno, de 64 años, disecciona el voto anti Petro, anti Cepeda y anti izquierdas. El suyo y el de sus vecinos. Aunque antes es él el que pregunta: ¿Usted va a escribir esto con sesgo?. Al minuto se relaja.
Mi versión es personal y puede no ser la real. Pero presumo que la mayoría votó por Abelardo porque asocian a Iván Cepeda con la guerrilla. Y no queremos saber más de eso acá, explica.
—¿Entonces su voto es más contra Cepeda que a favor de Abelardo?
—Exactamente. Los colombianos casi siempre votamos en contra de algo, no a favor. Y ahora con mayor razón.
Aunque el candidato oficialista esté lejos de ser cómplice de los criminales, De la Espriella ha prometido una fórmula mágica para recuperar los territorios dominados por las armas en solo 90 días. Es una propuesta irrealizable, según han asegurado los expertos y el propio ministro de Defensa, pero la gente le cree.
Moreno sonríe cuando se le pregunta por esos planes. Su programa son tres hojitas. O sea, nada, pero representa todo lo contrario a Cepeda. Y eso, aquí, es suficiente, dice. Dice que su candidato es un poco cantinflesco y machista, no es perfecto, pero es su mejor opción.
Luz Dary González, concejal cuatro veces por el Partido Conservador, cuenta que no pudo ir a su finca durante los años más duros de la violencia. Los guerrilleros me iban a quitar a mi hija, asegura. Hoy clama contra el Gobierno Petro por la actualización del valor catastral que disparó el impuesto predial: sus ocho hectáreas pasaron de 31 a 599 millones de pesos. ¿De dónde voy a pagar?. Votó por De la Espriella porque no le gusta Petro y no quiere volver a nada que le recuerde al pasado de su pueblo, pero tiene un consejo para el candidato: que maneje con precaución a Álvaro Uribe. Cuando la otra candidata [Paloma Valencia] dijo que lo iba a meterlo de ministro de Defensa, todos se le quitaron. Su voto es también contra los de siempre, otro leit motiv del ultra.
En el patio de una casa que también es restaurante, a un lado de un camino de tierra con una loma de vacas al frente, aparece Francisco Efrén Mallorca, de 62 años. Dos policías almuerzan en silencio en una mesa mientras ven el noticiero del mediodía. El hombre, que labra el campo y ordeña unas vacas, dice que no tiene mucho que contar porque él no sabe de política, pero el cómo votó y por qué lo hizo también cuenta sobre cómo se movió este pueblo —y el país— electoralmente.
Yo de política no entiendo. Pero los amigos dijeron que había que votar por él, que era el único candidato que podía sacarnos de esta crisis, dice. ¿Qué crisis? Si usted tiene una finca, en este Gobierno le han valorado una hectárea en más de cien millones de pesos. ¿Y quién se la va a comprar? ¿Le gusta Abelardo? No sé mucho. Pero le volveré a votar.
El 21 de junio Colombia vuelve a las urnas. Abelardo de la Espriella ganó la primera vuelta con el 43,7 % de los votos —más de 10,3 millones— e Iván Cepeda quedó segundo con el 40,9%, casi 9,7 millones. Los separan menos de tres puntos porcentuales y tienen poco más de dos semanas para conquistar los casi tres millones de votos que quedaron sin candidato y otros tantos millones de colombianos que decidieron no votar.
En pueblos como Gutiérrez no habrá sorpresas. La carnicera y la concejal volverán a votar por De la Espriella porque ya vivieron lo otro. Francisco Efrén porque se fía de lo que dicen sus amigos. Y Pedro Moreno, porque aunque el programa sean tres hojitas, representa todo lo contrario a Cepeda. En Gutiérrez, eso ya es suficiente, aunque aún quede partido por jugar.
María Martín – El País de España

