
Las más humildes de las palabras o gestos, asumen significados distintos en razón del espacio, tiempo, orador que las pronuncia o ejecuta y público, según alguna vez leí de Eduardo Crema; pero más que esto último, lo aprendí en la vida, viviéndola. Los pueblos, comunidades están llenas de poetas, geniales hablantes que, le dan a la palabra distintos significados, por la habilidad de hallar aristas, punto donde asirse, relaciones entre unas circunstancias con otras. El susto derivado de un momento de peligro real o imaginado, puede revolver las tripas y entonces la palabra asustarse toma otro significado.
La palabra subversivo, tiene muchas connotaciones. Pudiera ser un gesto de grandeza, por lo soñado y noble que haya en quien de esa manera se califica; pues pudiera intentar cambiar lo existente para hacer la vida más humana, generosa y equilibrada. Pero también sirve para calificar a quien anima lo contrario; incluso pudiera haber en el subversivo, el sólo deseo de construir o remodelar lo existente en favor suyo y el pequeño y egoísta estrato que le apoya. En fin, se trata de cambiar lo existente de manera imprevista, rápida, como un gesto de magia. Pero como esto último no es parte de la realidad, se opta por la violencia, a la que en muchas cosas se le atribuye la creatividad de la magia.
Pero por conveniencia, pudiera ser, eso sucede, que a un simple ciudadano que pronuncia un discurso, deseo, lleno de buena fe, discordante con el orden existente, se le atribuya la predisposición del subversivo, cuando más bien procura que todo asidero para los violentos sea eliminado.
Quienes tuvimos la suerte de ver con toda libertad, sin restricciones puritanas de consumo interno, la hermosa obra fílmica “Hermano Sol, Hermana Luna”, de Franco Zeffirelli, pudimos maravillarnos ante la fuerza poética de la escena donde Francisco de Asís, se despoja totalmente de sus ropas frente la multitud y las entrega a su padre, simbolizando con ello un acto de renuncia a su vida pasada y, a sus vínculos, con quien se denuncia ante él como un avaro, ladrón y miserable comerciante que se enriquecía en medio de los sacrificios, de las luchas de los cruzados y de la explotación inhumana a que sometía a sus trabajadores.
La desnudez de Francisco de Asís, lejos de ser un acto pornográfico, es para las almas sensibles, una imagen que define una nueva toma de conciencia en torno a la vida y al ser humano. Quien vea en ello un acto obsceno, es sencillamente un aberrado mental.
No es una desnudez vulgar, ligada al deseo de atraer público, como el excesivo uso de escenas de sexo sin delicadeza y menos arte, sin la argucia y delicadeza de lo sugestivo. Es la misma del arte griego, sobre todo la escultura, que recoge la belleza del cuerpo humano y sus movimientos, todo esculpido en la original rigidez del mármol o de la piedra.
Cualquier aventurero censor que mutile el lunfardo y las palabras gruesas de la obra de Gabriel García Márquez (dicho sea de paso, uno de los mejores escritores de su tiempo en lengua castellana), les restaría vida y fuerza a sus personajes. Este autor, como Carlos Fuentes, o el mismo Mario Vargas Llosa, se limitan a recoger el pensamiento, el sentir genuino de nuestro pueblo, el hablar en la intimidad de la gente toda y les hace decir las cosas con su propio lenguaje. Gústeles o no a los engreídos o fatuos, ese es el lenguaje que hablamos cuando somos auténticos y sinceros y el que hablarán nuestros hijos cuando pisen sobre su tierra absoluta.
Vargas Llosa, en “Los cuadernos de don Rigoberto, se explaya mediante su personaje principal – en este caso un hombre culto – y su esposa Lucrecia y otros, como “Fito “cebolla”, y las nada infantiles sugerencias de “Ponchito”, el hijo de Don Rigoberto y, en sus narraciones en “La chica mala”, pese el cuidadoso y en veces hasta trivial manejo del lenguaje en momentos que pudiera ser, para algunos y en determinadas circunstancias, muy “indelicadas”. En “memorias de mis putas tristes”, como en “Vivir para contarla”, que son parte de sus memorias, García Márquez, hace uso del mismo recurso, porque eso es parte de la vida.
Esos críticos, un tanto acartonados, desinformados o quizás un tanto añejos, no dudarían en enviar al cesto de la basura a Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Julio Cortázar y, bueno a Henry Miller y a nuestro Antonio Arriaz, les quitarían la cabeza. Un narrador exquisito, interesante, incisivo, emotivo como Henry Barbuse, sería enviado a las hogueras de Pinochet.
Que se califique alegremente como subcultura pornográfica, un desnudo o el uso de un lenguaje agresivo al oído “demasiado exquisito” de algún personaje y tener que admitirlo, implicaría aceptar que nos movemos en un mismo espacio, pero en tiempos diferentes.
Pinochet no se ruborizó de enviar el talento a las hogueras y así quemó obras de Marx, Engels, Paul Baran, Paul Swezzy, Pablo Neruda, Federico García Lorca, Sartre, además de dramaturgos como Berthold Brecht y también el pacífico Ionesco.
Se cuenta que, habiéndole sido allanada la casa a Pablo Neruda en Isla Negra, el poeta dijo a un joven policía, “busque bien joven, pasan por alto algo importante, muy subversivo”.
El policía al oír aquello llamó a su jefe y le dijo lo que el poeta le había dicho. Después de buscar nuevamente largo tiempo y no hallar nada que le interesara, el joven agente preguntó al poeta: “¿Qué es lo subversivo que hay aquí?”
“La poesía joven amigo. Esta casa está llena de ella”. Respondió Neruda.
Franco condujo a la muerte a representantes de una cultura nueva y distante de su gobierno, entre ellos Federico García Lorca y Miguel Hernández. Días antes de morir, encerró en la prisión de Carabanchel a Alfonso Sastre, buen dramaturgo, por emitir juicios “obscenos” contra la sociedad española.
Por eso, nunca olvidaremos la lección de inteligencia de Charles de Gaulle, quien respondió a quienes le presionaban para que arrestara a Jean Paul Sartre, por opinar en favor de Argelia, “imposible, detener a Sartre, es detener a Francia”.
Gesto este que debe servir a muchos para meditar acerca de lo que no debe y hasta ni siquiera conviene hacerse, dado que pudiera resultar peor el remedio que la enfermedad.
No obstante, los puritanos, los gladiadores de las buenas costumbres, deponen sus principios frente a la libre empresa pornográfica, hija de esta libertad empresarial. ¿Por qué no se prohíbe la pornografía televisada de un alcance gigantesco que penetra libremente en nuestros hogares? ¿Por qué se permite una programación que estimula el incesto y el narcisismo? ¿Por qué no se ilegaliza una programación televisiva destinada a hacer de nuestros niños unos monstruos? ¿Por qué no se eliminan programas donde se dictan cátedras de maldad, chismografía y se inculcan valores nocivos a la condición humana? ¿Por qué se admite la difusión de novelas donde los personajes no tienen otro interés o motivación que hacer daño? ¿Por qué no se declaran pornográficas las campañas publicitarias donde se usa el sexo para estimular el consumo del producto que se aspira vender? ¿Por qué no se declara pornográfica la valoración, promovida por distintos medios, de la mujer mercancía?
Hay cantantes, actrices, de grandes cualidades, que descalifican sus valores, apelando al exhibicionismo barato, como mostrar, exhibir su cuerpo más que sus cualidades artísticas.
Recuerdo como recién regresado de Europa, Alfredo Sadel, donde estudió canto lírico, habiendo participado en un concurso nacional, protestó porque había sido descalificado. La respuesta y la decisión se fundamentó en que estaba muy pasado de peso y mal vestido. Por aquello Alfredo, comentó en forma de pregunta, ¿entonces qué harían con Enrico Caruso y Luciano Pavarotti?
¿Sabemos realmente lo que es cultura? ¿Tenemos noción exacta de lo que es pornografía? ¿No es cierto qué cada clase tiene sus propias manifestaciones culturales? ¿No será por eso que no nos entendemos?
El nuevoriquismo es pornografía o no, según la lente con que se le mire. ¿Hay alguna relación entre pornografía e hipocresía?

