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Eligio Damas: El hombre de la chaqueta negra

 

Nota: Parte de un capítulo de mi novela, sin editar, “La Mudanza”. Pese la editorial “El perro y la rana”, hace años, hasta puso en los medios, un anuncio de edición y el respectivo ISBN: 978-980-14-0980-9, el que identifica la autoría, los ejemplares supuestamente editados, nunca aparecieron. El lector puede usar ese número, ponerlo en el buscador y aparecerá la información respectiva. Por lo menos, tengo un registro de la obra.

Lo cierto es que, el ejemplar, no apareció en físico ni en edición en PDF digital, a pesar de las gestiones hechas, no he podido hallar siquiera explicaciones sobre lo acontecido, pues hasta los originales enviados a la editorial, desaparecieron. El personaje, “el hombre de la chaqueta negra”, es real. Los diarios, en los días posteriores a la caída de Pérez Jiménez, lo publicitaron.

El personaje, en este caso, agente de tránsito, del cual se habla en esta cita de “La Mudanza”, desde el inicio, tiene una significativa presencia.

-¡Coño, es el mismo hombre a quien dateo todos los sábados en el bar de la plaza Sucre, ese que está al lado del “Chama”!

Dijo aquello, hablando consigo mismo y acompañándose con golpes discretos sobre el escritorio del puesto de guardia, mientras revisaba la primera página del diario vespertino caraqueño.

El periódico mencionaba a un extraño personaje, ya conocido popularmente, como el hombre de la “chaqueta negra”, a quien se le atribuía la hazaña de haber soliviantado los ánimos populares contra la dictadura en la parroquia Sucre, la más poblada de Caracas. La información decía que el individuo, se había apoderado de las llaves de los apartamentos de los bloques de la Urbanización Dos de Diciembre y cual Robin Hood, las repartía entre humildes que no tuviesen vivienda. La noticia de primera plana, iba acompañada de una foto borrosa del personaje.

Él no sabía el nombre de aquel hombre, pero sí quién era y cómo localizarle. Le había reconocido, como por adivinación, tras la poblada barba, la larga cabellera postizas y las gafas oscuras, como aparecía en la foto periodística. Su mirada, a la que tanto se había asomado, cuando le demandaba por la seguridad del caballo recomendado, lo hacía para él inconfundible.

-¡No hay vainas, ni vuelta de hoja, ese es el hombre!

Y le montó una cacería por dos días seguidos, durante los cuales no portó por “Villa Zoila”, encomendándose a sus “santos”, a la complicidad de los compañeros de trabajo, a la democrática alcahuetería de sus jefes, ya demasiado entusiasmados en la hípica, y sobre todo a la fama de mártir y sufrido que ahora enriquecía su currículum. Es más, algunos de sus jefes ya optaban por adularle y hasta solicitarle apadrinamiento.

Las circunstancias le convirtieron en un “sufrido”, como llamaron a los presos, exiliados o perseguidos por la dictadura. Eso sí, un sufrido nuevo, de última hora, pero no por ello, menos importante.

Al iniciarse el año 1958, se produjo un alzamiento   militar. “La dictadura”, así llamaban al gobierno las multitudes que, en la calle, desafiaban su autoridad y vocación cruelmente represiva, logró con rapidez controlar el brote. Y como es habitual, arreció la represión y vio enemigos en todos lados.

El hípico, como casi todos sus colegas del cuerpo de tránsito, de permiso por los días navideños, no atendió al llamado de acuartelamiento de inmediato. No porque estuviese en contra del gobierno, sino por resguardar el pellejo y no meterse en camisa de once varas.

-“En Caracas, las cosas andaban revueltas; los militares se estaban alzando y ya, esas cosas, le obligaban a uno a poner las barbas en remojo”. Esto dijo, al explicar su conducta.

  

Por ese pensamiento, esperó que las cosas se calmasen. Cuando creyó que era conveniente, se presentó al cuartel; de inmediato, pese a sus buenas relaciones con algunos jefes del comando, por órdenes superiores, junto a unos cuantos, le detuvieron por considerarlo enemigo del gobierno.

En esa situación estaba, cuando el dictador salió huyendo. Aquellas circunstancias le hicieron un “sufrido” y por un tiempo, “mártir de la democracia y hasta de la resistencia”. Y no era para menos; salió de un encierro, calificado como político y “miembro importante”, dentro del cuerpo, de la resistencia a la feroz dictadura.

Los diarios de los días siguientes hicieron mención de aquel asunto y hasta fotos de los fiscales detenidos, aparecieron adornando destacados titulares.

El sábado a las siete de la noche, en el bar de otras veces, acompañado de una cerveza casi tibia y una densa humareda de tabaco, localizó al famoso personaje, tal como siempre; sin gafas, bigotes, ni abundante cabellera.

Después del saludo, esta vez nada frío, formal y respetuoso como antes, para lo que el fiscal abrazó fuerte al “hombre de la Chaqueta Negra”, como un gesto de igualitarismo y complicidad, dando evidentes muestras de emoción, este habló a aquel:

-¿Dónde te habías metido? Tienes como dos semanas que no vienes por aquí.

La cosa se le presentó como si él la hubiese planificado; como un juego donde él ponía las reglas y en su propio terreno.

¡Coño vale, estaba preso!

Para ser convincente, desplegó sobre la mesa, donde todavía sólo estaba un vaso y una botella de cerveza, los recortes de prensa que hablaban de su “gesto valiente y patriótico” por el cual todo ese tiempo estuvo detenido junto a otros compañeros del cuerpo de tránsito.

El “hombre” leyó los recortes con avidez, miró las fotos y después de golpear tres veces con el dedo índice de la mano derecha sobre una de ellas, dijo con emoción:

-¡Vale y aquí estás tú! Entre los camaradas que se restearon en aquella hora tan difícil.

Ahora fue el “hombre”, puesto de pie, todo lleno de alegría, quien le abrazó fuerte.

Así se selló aquella amistad, que antes sólo era de caballos favoritos.

Y el “hombre de la chaqueta negra”, larga cabellera y gafas oscuras, le reveló su identidad, no sin que antes él, con insistencia le dijese, “tu mirada no me engaña”. Y esa misma noche, considerándolo apto por su sufrimiento y entrega, le prometió dos juegos de llaves de sendos apartamentos en uno de los bloques de la urbanización “2 de diciembre”. Así, que él, quien con su esposa vivía mal, arrimado en un desvencijado barrio, estrenó vivienda propia; su madre y cuatro de los otros hijos de ésta, se mudaron al otro apartamento.