
Cuerpo presente
La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
Federico García Lorca, nació en Fuente Vaqueros, Granada, en 1898. Ese entorno rural —de olivares, cantaoras, supersticiones y silencios— sería una de las matrices profundas de su obra. La otra fue el cosmopolitismo: Madrid, con la Residencia de Estudiantes, donde compartió vida y creación con Salvador Dalí, Luis Buñuel y otros jóvenes vanguardistas; y luego Nueva York, ciudad que lo sacudió y marcó profundamente, como puede leerse en Poeta en Nueva York, un libro que, aunque publicado póstumamente, revela su capacidad de absorber las tensiones sociales, raciales y existenciales del mundo moderno.
La poesía de Lorca no puede entenderse sin el flamenco, el cante jondo y las formas populares de Andalucía. En Romancero gitano (1928), su libro más célebre, Lorca recupera el romance tradicional para reinventarlo desde una sensibilidad lírica única. No idealiza lo gitano ni lo folklórico, sino que los transforma en símbolos de lo marginal, de lo perseguido, de lo que ama y sufre a contracorriente. En estos poemas, los cuchillos, la luna y la muerte no son solo imágenes recurrentes: son emblemas de una visión trágica del mundo.
Pero Lorca fue también un lector agudo de la modernidad poética. Conocía a los simbolistas franceses, a Walt Whitman, a los surrealistas. Supo explorar el automatismo, la imagen onírica, el verso libre, sin abandonar nunca el ritmo interior que hacía de cada poema una melodía. En sus ensayos, particularmente en la Conferencia sobre el duende (1933), dejó pistas de su concepción estética: El duende no es la musa ni el ángel de la inspiración, sino una fuerza oscura que “quema la sangre como un vidrio de aguardiente”, que sólo se manifiesta cuando el artista toca el fondo del dolor y lo transforma en belleza.

