
Para llegar a la orilla de la playa de “Castillito”, o a cualquier espacio, a lo largo de la costa, de este a oeste, hasta la desembocadura del hermoso río que dividía la ciudad en dos partes iguales, había que tomar un sendero preciso que primero atravesaba, según de donde uno partiese, la sabana de “Caigüire” o la de “Las Palomas”. Bordear los promontorios de basura que amontonaban los camiones del aseo urbano y ver volar los zamuros que acudían en busca de carroña. Mientras uno descansaba bajo alguna mata solitaria de cují, podía ver una de esas misteriosas aves ejecutar su elegante y sorprendente danza funeraria: la danza del zamuro.
“Zamuro come bailando”, dice la gente.
Y se acercaba a la presa en vuelo rasante; era la primera aproximación. “Este carajo parece que en verdad está muerto”, se dice así mismo y comienza su descenso de manera vertical, con lentitud hasta depositarse muellemente en la tierra, pero a discreta distancia del cadáver. Tiene que estar seguro, absolutamente seguro, que “ese hijo de puta muerto esté”.
Por eso mira atentamente desde lejos. Escruta el espacio circundante. Proyecta su cabeza y su cuello hacia adelante, como el viejo y experimentado marino mira al horizonte. Despliega las alas majestuosamente; levanta la pechuga, luego la pata derecha hasta apenas rozar ligeramente la tierra. De pronto se decide, da tres pasos breves y elegantes hacia adelante y luego dos en retroceso. Ha empezado el curioso ballet de la sabana. Se detiene de nuevo. Otra vez escruta hacia delante, atrás y a los lados. Así, bailando alrededor de su presa, la va cercando. Va estrechando los espacios. Ya está allí, al alcance de su filoso pico. Mira de nuevo con atención el cuerpo inerte; quiere captar cualquier signo que le permita descubrir si le han tendido una celada. Ve ligeramente a un lado y a otro. De nuevo extiende sus alas, se prepara para un vuelo emergente; aspira profundo, inflama el pecho, se pone en tensión; escruta con todos sus sentidos la carroña y los alrededores; adelanta la pata derecha y, ¡zuás!, velozmente introduce el pico en el recto del animal tendido en la sabana. Con igual premura lo extrae. Rápidamente se retira y observa; espera alguna reacción. Da hacia atrás dos o tres pasos ágiles. Repite de nuevo la coreografía que su naturaleza desconfiada ha creado.
Y los versos de la danza popular: Este zamurito que vino de Roma a comer podrío aquí en Las Palomas.
Nota: Tomada de mi novela “El crimen más grande del mundo”, ganadora del premio nacional de narrativa del 2010.

