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Eligio Damas: Sabana, manglar y laguna

 

Para llegar a la orilla de la playa de “Castillito”, o a cualquier espacio, a lo largo de la costa, de este a oeste, hasta la desembocadura del hermoso río que dividía la ciudad en dos partes iguales, había que tomar un sendero preciso que primero atravesaba, según de donde uno partiese, la sabana de “Caigüire” o la de “Las Palomas”. Bordear los promontorios de basura que amontonaban los camiones del aseo urbano y ver volar los zamuros que acudían en busca de carroña.  Mientras uno descansaba bajo alguna mata solitaria de cují, podía ver una de esas misteriosas aves ejecutar su elegante y sorprendente danza funeraria: la danza del zamuro.

“Zamuro come bailando”, dice la gente. 

Y se acercaba a la presa en vuelo rasante; era la primera aproximación.  “Este carajo parece que en verdad está muerto”, se dice así mismo y comienza su descenso de manera vertical, con lentitud hasta depositarse muellemente en la tierra, pero a discreta distancia del cadáver. Tiene que estar seguro, absolutamente seguro, que “ese hijo de puta muerto esté”.

  

Por eso mira atentamente desde lejos. Escruta el espacio circundante. Proyecta su cabeza y su cuello hacia  adelante, como el viejo y experimentado marino  mira al horizonte. Despliega  las  alas majestuosamente; levanta la pechuga, luego  la  pata derecha  hasta apenas rozar ligeramente la tierra. De  pronto  se decide,  da tres pasos breves y elegantes hacia adelante y  luego dos en retroceso. Ha empezado el curioso ballet de la sabana.  Se detiene de nuevo. Otra vez escruta hacia delante, atrás y a   los lados. Así, bailando alrededor de su presa, la va cercando. Va estrechando  los espacios. Ya está allí, al alcance de su  filoso pico. Mira de nuevo con atención el cuerpo inerte; quiere  captar cualquier  signo que le permita descubrir si le han  tendido  una celada. Ve ligeramente a un lado y a otro. De nuevo extiende  sus alas, se prepara para un vuelo emergente; aspira profundo, inflama  el pecho, se pone en tensión; escruta con todos sus  sentidos la carroña y los alrededores; adelanta la pata derecha  y, ¡zuás!, velozmente introduce el pico en el recto del animal tendido en la sabana. Con igual premura lo extrae. Rápidamente se retira y  observa;  espera alguna  reacción. Da hacia atrás dos o tres pasos ágiles.  Repite de nuevo la coreografía que su naturaleza desconfiada ha creado.                         

 Y los versos de la danza popular: Este zamurito que  vino de    Roma a  comer  podrío aquí en Las Palomas.

Nota: Tomada de mi novela “El crimen más grande del mundo”, ganadora del premio nacional de narrativa del 2010.