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José Antonio Maitín: Meditación

 

Meditación

 

Es la hora deliciosa de la tarde,
el sol envuelto entre dorada nube,
cual vespertino, espléndido querube,
hace de su poder soberbio alarde.

 

Quiebra sus dardos ricos, luminosos,
en el tenue vapor que lo circunda,
y el suelo, el monte, el mar y el cielo inunda
de sus varios colores misteriosos.

 

Con regia majestad baja a su ocaso,
y a proporción que la tiniebla crece,
descolorido el mundo empalidece,
teñido de un color blanco y escaso.

 

Mas esta palidez encantadora,
con su vaga, fugaz melancolía,
lleva hasta el pecho, de su calma pía
la languidez feliz y bienhechora.

 

Horizonte sin límites, profundos,
ruedan y se dilatan a lo lejos,
do puso mil colores, mil reflejos
el Escultor sublime de los mundos.

 

Las estrellas avanzan lentamente
como flotantes lamparillas de oro
con que ilumina el azulado coro
el ángel de la noche transparente.

 

De los montes las cumbres ondulosas
flotan en el azul del éter vago,
cual los abismos del celeste lago,
sus crestas levantando tenebrosas.

 

Todo es magnificencia en las alturas:
globos sin fin la vasta esfera encierra:
todo allí es grandeza, y en la tierra
reposo, ambiente, amor y esencias puras.

 

La creación parece que despliega
de su nocturna pompa los primeros,
para obsequiar al ser que estos fulgores
y tanta luz en los espacios riega.

 

La luna, emperatriz, limpia, sin velos,
es el fanal de paz y de alegría
que ilumina la inmensa galería
de esta regia función que dan los ciclos.

 

¿Por qué entre tanto yo, triste, turbado,
sentado de mi valle en la eminencia,
al contemplar de Dios la omnipotencia,
de mí mismo a pesar, gimo angustiado?

 

¿Quién a mi delicioso sentimiento,
quién a mi dulce y celestial delirio,
quién a mi blanda paz mezcla el martirio
de un extraño pesar?.. Mi pensamiento.

 

Él me revela ¡Oh Dios! la soberana
obra de tu poder que atento miro¡
mas me dice también que si hoy la admiro,
yo, ser mortal, la perderé mañana.

 

Por él el corazón pretende ansioso
hallar tu forma y conocer tu esencia;
mas de su necedad, de su impotencia
hasta el abismo rueda tenebroso.

 

Te busco de la noche entre los velos,
te busco en el espacio constelado,
y en esas luces mil que has derramado
en las profundidades de los cielos.

 

¿Mas qué me dicen al buscarte en ellas?
Que cuando hacer el mundo resolviste,
entre el hombre, y tu trono interpusiste
tu magnífico pórtico de estrellas.

  

Miro la creación y me deslumbra;
en tus obras, Señor, tu poder leo;
sospecho lo que habrá por lo que veo
en ese mar de soles que me alumbra.

 

Y al ver resplandecer tanto sistema,
polvo que huella tu gigante paso,
siento la huella inmensa de tu brazo
y me anonada mi impotencia extrema.

 

Pienso en el tiempo, en ese mar profundo,
cuyas ondas se agitan incansables,
Y para cuyos senos insondables
cien siglos son iguales a un segundo.

 

Y al comparar mi instante diminuto
con esa eternidad que te reservas,
desdeño el ser ¡Oh Dios!que me conservas,
Y mi angustiada vida de un minuto.

 

Miro el éter azul, ilimitado,
que cuando más se mide, más se extiende,
cuyo confín la mente no comprende
por más que añada el cálculo cansado.

 

Miro ese campo inmenso y esplendente
de sistemas sin fin, de orbes flotantes,
ese enjambre de mundos rutilantes,
que no hay signo en la tierra que los cuente.

 

Y al ver la inmensidad de ese conjunto
donde el ojo del hombre se extravía,
siento entonces que yo, polvo de un día,
ocupo en él un invisible punto.

 

Así pasan mis horas silenciosas
entre la admiración y el descontento;
en alas vago ya del manso viento,
ya abandono mis miras ambiciosas.

 

En el libro inmortal del infinito
a veces un renglón de muerte leo,
y un ¡ay! oculto y fugitivo veo
en sus eternas páginas escrito.

 

Ved entre tanto al pobre campesino
que entusiasmado de placer delira;
también la creación absorto admira
junto a su techo rústico y mezquino.

 

Nada revela en él pesar ni duelo,
todo es deleite el venturoso aldeano:
sostiene el hacha su robusta mano,
que suelta al fin para mirar el cielo.

 

Vaga en sus labios plácida sonrisa,
le interesan la luna y las estrellas,
y del sol que se va, las blancas huellas,
y el cielo azul y la nocturna brisa.

 

¿De dónde viene la embriaguez intensa
sin mezcla de inquietud que le domina?
¿Por qué sólo venturas imagina
en cuanto siente y ve? Porque no piensa.

 

Bendito el hombre que en los campos mora,
cuya feliz, pacífica ignorancia
le muestra de las flores la elegancia,
y le esconde la espina punzadora.

 

Bendito el labrador manso, inocente,
que oculta su cabaña entre las breñas;
para ése son las márgenes risueñas
y el agua que susurra mansamente.

 

Para ése son los ecos armoniosos,
de las aves errantes el concierto,
porque ése nunca de un futuro incierto
intenta alzar los velos misteriosos.

 

Y para mí serán, no las venturas
del aldeano feliz que no medita,
sino la escena de su paz bendita
y de su fácil vida las dulzuras.


José Antonio Maitín: Poeta y dramaturgo. Fueron sus padres José Ignacio Maitín y Ana María San Juan. Transcurrió su infancia en su pueblo natal. Como su familia poseía bienes de fortuna, tuvo un preceptor particular. En 1812, tuvo que huir a Curazao junto con sus familiares, como consecuencia de la caída de la Primera República, pero todos fueron apresados en alta mar y conducidos a Coro; luego pudieron viajar a La Habana, donde se residenciaron. En Cuba, José Antonio Maitín ha de asistir a la escuela del barrio en que habita y conoce a José Fernández Madrid (dirigente civil del movimiento independentista de Nueva Granada que estaba confinado en Cuba), quien posteriormente lo introduce en los círculos intelectuales de la isla. Traba amistad con José María de Heredia, con Domingo Del Monte y con el joven Santos Michelena, recién llegado a Cuba (1819), y cuya amistad con Maitín será decisiva. En la isla también se despierta su interés por el teatro (1820). En 1824 regresa a Venezuela. La guerra ha destruido su querencia nativa y en 1826, viaja a Inglaterra como adjunto al cónsul general de la Gran Colombia, Santos Michelena. En Londres conoce a Andrés Bello. En 1834, regresa a Venezuela y se establece en Choroní, donde sus padres tienen una hacienda. En 1835, visita a Caracas para encontrarse con Michelena; en la capital conoce al presidente José María Vargas y a José María de Rojas. Este último lo induce a publicar una comedia en 2 actos, escrita en verso, La prometida. Es el inicio de su actividad como literato. En 1838, publica su otra comedia Don Luis o El Inconstante. Sus años de producción literaria van desde 1840 hasta 1850. Un acontecimiento inesperado, la llegada de un libro de poesías de José Zorrilla enviado por su amigo José María de Rojas, en 1841, le abre las puertas del romanticismo. El hasta entonces vacilante poeta neoclásico termina emocionado la lectura del libro. Escribe un poema dedicado a Zorrilla y se lo remite a Rojas, quien lo publica en El Liberal el 18 de enero de 1842. Desde este momento, la fama de Maitín se extiende por todo el país. En marzo de 1842, va de nuevo a Caracas, llamado por el vicepresidente de la República, Santos Michelena, pero rechaza todo cargo público. Escribe Un adiós a Caracas y regresa a Choroní. Compone, luego, un Homenaje a Bolívar. En enero de 1848, mortalmente herido durante el asalto al Congreso, muere Santos Michelena. Maitín, acongojado, escribe un poema sobre el trágico suceso. José María de Rojas (hijo) se preocupa por editar, en 1851, un volumen con las poesías de Maitín. Al morir su esposa, el 11 de julio de 1851, Maitín escribe una dramática elegía que titula Canto fúnebre y se recoge en su hacienda, «El Parnaso» de Choroní. En 1855, víctimas del cólera, mueren su hermano Federico, también poeta y sus amigos José María de Rojas (padre) y Teófilo Rojas. Ese mismo año, se entera de la muerte de José María Vargas, a quien dedica su mejor composición escrita después del Canto fúnebre. En 1870, lo visita en Choroní Francisco de Sales Pérez, quien observa que «…el poeta ha desaparecido y sólo queda allí el filósofo y el hombre de bien…», José Antonio Maitín fue uno de los poetas más populares de su tiempo, junto con Abigaíl Lozano y contribuyó a la difusión y popularización del romanticismo en Venezuela.