1280 portal turimiquire 2

De Cuba a Venezuela ciertas condiciones aplican, por Pedro Benítez

 

La madrugada del 1 de marzo de 2008, la Fuerza Aérea Colombiana bombardeó una zona selvática denominada Angostura, en la provincia ecuatoriana de Sucumbíos, causando la muerte de 22 guerrilleros, incluyendo a Édgar Devia, alias Raúl Reyes, comandante del bloque sur de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP). El campamento guerrillero se encontraba en territorio de Ecuador, a unos 1.800 metros de la frontera con Colombia.

La incursión militar, que el gobierno colombiano denominó como Operación Fénix, contó también con la participación de efectivos de la Policía y el Ejército de ese país. El entonces ministro de Defensa de Colombia, Juan Manuel Santos, dio detalles de la operación, afirmando que durante el ingreso de helicópteros a la zona de los hechos se encontraron con fuego enemigo desde el campamento y, como consecuencia de ello, cayó abatido un soldado profesional. Fue una de las más audaces y espectaculares acciones de fuerza llevadas a cabo contra la insurgencia colombiana durante la presidencia de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010). También resultó ser la más polémica.

Según los medios colombianos, la localización del campamento fue posible gracias a un informante y a que Raúl Reyes hizo uso de un teléfono satelital para recibir, el 27 de febrero, una llamada del presidente venezolano Hugo Chávez, quien le informó sobre la liberación de rehenes de aquel día. Sus pertenencias personales facilitaron la identificación del cadáver.

En Colombia, Reyes tenía órdenes de captura por más de 127 expedientes que incluían homicidio, terrorismo, rebelión, lesiones y secuestro.

Tras ser informado de los hechos por Uribe, el presidente Rafael Correa ordenó una investigación. A las pocas horas, las autoridades ecuatorianas encontraron los cadáveres de al menos quince guerrilleros, muchos de los cuales vestían paños menores y pijamas cuando el campamento fue bombardeado. También se encontraron tres mujeres heridas. Correa calificó el incidente de “masacre”, asegurando que no se trató de un enfrentamiento o “persecución en caliente”. Dijo que Uribe o estaba mal informado o le había mentido, y afirmó que en el bombardeo se utilizó “tecnología de punta” y fue llevado a cabo, probablemente, con ayuda de alguna “potencia extranjera”. Lógicamente, rechazó la incursión militar colombiana en el territorio de su país.

Su ministro de Defensa declaró que el armamento utilizado en el bombardeo correspondía con la descripción de las bombas inteligentes guiadas por satélite y que se habían utilizado un total de cinco.

Como no podía ser de otra manera (y el amigo lector recordará), el incidente provocó una importante crisis diplomática en la región. El gobierno de Ecuador retiró a su embajador en Bogotá, envió una nota de protesta, expulsó al embajador colombiano en Quito y solicitó la inmediata convocatoria de los consejos permanentes de la OEA y la Comunidad Andina (CAN), además de anunciar la movilización de tropas a la frontera norte.

La situación escaló cuando, en su programa semanal Aló Presidente, Chávez calificó la muerte de Reyes de “cobarde asesinato”. Afirmó que Uribe pretendía hacer de Colombia el “Israel de América Latina”. Lo acusó de dirigir un narcogobierno, calificándolo de “criminal”, “mentiroso” y “paramilitar”. “Es un criminal y dirige una banda de criminales en el Palacio de Nariño”, afirmó.

Al mismo tiempo, ordenó al entonces ministro de Defensa, general Gustavo Rangel, movilizar diez batallones del ejército a la frontera con Colombia y solicitó al canciller Nicolás Maduro retirar a todos los funcionarios venezolanos en la embajada de Bogotá. También dijo que enviaría aviones Sukhoi a la frontera en caso de ordenarse una incursión militar colombiana al territorio venezolano. “Apoyaremos al Ecuador en cualquier circunstancia”, aseguró.

Uribe asumió “la responsabilidad total de la operación”, pero su canciller, Fernando Araújo, intentó bajar las tensiones al pedir disculpas a Ecuador. Por su parte, Santos anunció que no habría movilización de tropas colombianas hacia las fronteras de Venezuela y Ecuador.

Pero eso no hizo cesar la presión diplomática sobre Colombia, lo que le hizo perder la paciencia a Uribe, quien afirmó, pocos días después, que se proponía llevar a Chávez a la Corte Penal Internacional “por patrocinio y financiación de genocidas”.

La situación se resolvió civilizadamente durante la cumbre del Grupo de Río, efectuada en República Dominicana, a donde asistieron los mandatarios de cada país el día 7 de marzo. Allí, el presidente anfitrión, Leonel Fernández, ofició de pacificador al conseguir que los presidentes de Colombia, Ecuador y Venezuela se dieran un apretón de manos para terminar con sus diferencias. Uribe aceptó haber violado la soberanía de Ecuador y pidió disculpas. Chávez calificó el conflicto de “desactivado”, retiró al ejército venezolano de la frontera con Colombia y restableció las relaciones comerciales y diplomáticas plenas.

  

No obstante, en esa historia quedaron otros dos temas sueltos. Por un lado, los computadores de Raúl Reyes darían pie a nuevos incidentes, acusaciones graves, especulaciones sin probar e investigaciones muy serias. Lo otro, que pasó casi por debajo de la mesa y al olvido, fue la actitud del gobierno cubano en una crisis que, en las primeras de cambio, amenazó con escalar hacia una confrontación militar.

Unos pocos días antes, Raúl Castro había sido elegido presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, en reemplazo de su hermano, aunque venía ejerciendo el cargo interinamente desde 2006 por los problemas de salud del primero. No obstante, Fidel seguía ejerciendo influencia y se hacía sentir por medio de una columna de opinión en el diario Granma. En esas circunstancias, el gobierno de La Habana siguió muy cautelosamente la crisis entre Colombia, Ecuador y Venezuela, sin emitir una declaración formal, y durante todo un día no hubo pronunciamiento oficial o reacción del gobierno encabezado por Raúl Castro, hasta que el expresidente/comandante aludió a la cuestión afirmando que “se escuchan con fuerza en América del Sur las trompetas de la guerra”, en razón de lo que calificó como “planes genocidas del imperio yanqui”.

 

Llamativo detalle, tomando en cuenta que era Venezuela el principal (y vital) aliado estratégico de Cuba.

El comunicado oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, del 2 de marzo de 2008, se centró en condenar la violación de la soberanía de Ecuador por parte de Colombia, pero no hizo mención directa a la movilización militar ordenada por Chávez. Es decir, Cuba respaldó políticamente la reacción de Venezuela, en tanto se entendía como solidaridad con Ecuador y defensa de la soberanía latinoamericana, pero no alentó ni justificó el despliegue militar.

Fidel Castro, en sus “Reflexiones”, apoyó el gesto político, pero no la guerra. En un texto que tituló “La paz romana”, publicado poco después del incidente, señaló que: “El ataque a Ecuador fue una acción cobarde y traicionera, planificada con asesoramiento yanqui. (…) La reacción de Venezuela y Ecuador fue digna, firme y latinoamericana.”

Sin embargo, también advirtió que una guerra entre países hermanos sería un desastre para América Latina y solo beneficiaría a Estados Unidos: “Una guerra entre nuestros pueblos sería el mayor regalo al imperio. Lo que hace falta es unidad, no balas entre hermanos.”

Es decir, reconoció la legitimidad política de la reacción de Chávez, pero instó a resolver la crisis por la vía diplomática y regional. Más sabía el diablo por viejo que por diablo.

Tras la cumbre en Santo Domingo, Cuba elogió la solución pacífica latinoamericana y consideró que “la razón y la unidad de los pueblos habían triunfado sobre la provocación imperial”, aunque el papel del gobierno de Estados Unidos en ese episodio fue bastante marginal; eso sí, expresando su “total apoyo” a Colombia.

En otras palabras, Cuba se alineó con el eje político de apoyo a Ecuador y Venezuela, pero se posicionó del lado de la diplomacia y la integración, no del conflicto bélico. Muy lejos había quedado la época del apoyo armado irrestricto al “internacionalismo revolucionario” en América Latina y África, o que “dos, tres, muchos Vietnam” florecieran. La actitud del gobierno cubano entonces, de antes (por lo menos desde 1989) y hasta el sol de hoy, es evitar involucrarse en cualquier conflicto bélico que sirva de provocación o pretexto a una invasión estadounidense en su territorio. Han aprendido a no cruzar la línea roja.

Con el paso del tiempo, ciertas versiones sugirieron que cierto grado de malestar o reservas internas se dieron en el alto poder político y militar cubano frente a algunas actitudes de Chávez, en particular por aquella crisis. Si fue cierto o no, aún no lo sabemos; oficialmente nunca lo ha reconocido abiertamente el gobierno cubano. Pero de aquel breve pero intenso incidente en los países bolivarianos quedó un aviso que sigue vigente.

Al Navío – @PedroBenitezF