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Juana de Freytes, la venezolana a quien el escritor Gabriel García Márquez le rindió tributo

García Márquez recordaba que Juana de Freytes tenía el don bíblico de la narración.

Nadie me enseñó tanto sobre Caracas: Juana de Freytes, la venezolana que le contó los clásicos de la literatura a García Márquez y a quien el escritor rindió tributo. Gabriel García Márquez recordaba que cuando era niño escuchó la Odisea en la voz de una venezolana. Lo mismo sucedería con Don Quijote o El conde de Montecristo.

Memoria feliz de Caracas: Gabriel García Márquez 7 de marzo de 1982

Desde entonces, pocas veces la he vuelto a oír nombrada sin que vaya precedida de ese antiguo prestigio de infelicidad. Al parecer, su destino es igual al de muchos seres humanos de gran estirpe, que no pueden ser amados sino por quienes sean capaces de padecerlos.

Desde aquella remota frase de la escuela primaria, Caracas ha sido siempre para mí algo muy parecido a una obsesión. En el pueblo donde nací, que también tenía algo de infernal y no sólo por su calor de invierno, uno se encontraba a Caracas en el agua y la sal. Era un refugio de expatriados y apátridas del mundo entero, pero existía una categoría aparte, mucho más nuestra que las otras, que eran los fugitivos del infierno de Juan Vicente Gómez. Ellos me dejaron a Caracas sembrada para siempre en el corazón, a veces por los horrores de sus cárceles, y a veces por la idealización de la nostalgia. Era difícil ser feliz pensando en Caracas, pero era imposible no pensar en ella.

Nadie me enseñó tanto sobre esa ciudad irreal, como la gran mujer que pobló de fantasmas los años más dichosos de mi niñez. Se llamaba Juana de Freites, y era inteligente y hermosa, y el ser humano más humano y con más sentido de la fabulación que conocí jamás. Todas las tardes, cuando bajaba el calor, se sentaba en la puerta de su casa en un mecedor de bejuco, con su cabeza nevada y su bata de nazarena, y nos contaba sin cansancio los grandes cuentos de la literatura infantil. Los mismos de siempre, desde Blanca Nieves hasta Gulliver, pero con una variación original, todos ocurrían en Caracas.

Fue así como crecí con la certidumbre mágica de que Genoveva de Brabante y su hijo Desdichado se refugiaron en una cueva de Bello Monte, que Cenicienta había perdido la zapatilla de cristal en una fiesta de gala del Paraíso, que la Bella Durmiente esperaba a su príncipe despertador a la sombra de los Caobos, y que la Caperucita Roja había sido devorada por un lobo llamado Juan Vicente el Feroz. Caracas fue desde entonces para mí la ciudad fugitiva de la imaginación, con castillos de gigantes, con genios escondidos en las botellas, con árboles que cantaban y fuentes que convertían en sapos el corazón, y muchachas de prodigio que vivían en el mundo al revés dentro de los espejos. Por desgracia, nada es más atroz ni suscita tantas desdichas juntas como la maravilla de los cuentos de hadas, de modo que mi recuerdo anticipado de Caracas siguió siendo el de siempre: la infeliz Caracas.

Todo esto lo pensaba el 28 de diciembre de 1957 —día de los Santos Inocentes, además— mientras volaba desde París hacia Caracas en los aviones de cuerda de aquella época, que tanto tiempo daban para pensar. A pesar del calor, del fragor del tránsito en las autopistas de vértigo, de las distancias cortas más largas del mundo, yo iba recorriendo a cada vuelta de rueda los sitios familiares de mi infancia desde que atravesé la ciudad por primera vez. Identificaba en las laderas extraviadas las cabañas de colores de los enanos, los dragones de candela, la torre del rey, y una edificación luciferina que sólo por su nombre sobrepasaba de muy lejos a todos los horrores del mundo infantil, el Helicoide de la Roca Tarpeya. Recuerdo que al verla por primera vez, asomada a su precipicio, volví a recordar: La infeliz Caracas.

Mi primer domingo en la ciudad desperté con la rara sensación de que algo extraño nos iba a suceder, y la atribuí al buen estado de ánimo que me había inspirado con sus fábulas doña Juana de Freites. Pocas horas más tarde, cuando nos preparábamos para un domingo feliz en la playa, Soledad Mendoza subió de dos zancadas las escaleras de la casa con sus botas de siete leguas.

—¡Se alzó la aviación! —gritó.

En efecto, quince minutos después, la ciudad se abrió por completo en su estado natural de literatura fantástica. Los caraqueños habían salido a las azoteas, saludando con pañuelos de júbilo a los aviones de guerra, y aplaudiendo de gozo cuando veían caer las bombas sobre el Palacio de Miraflores, que para mí seguía siendo el castillo del Rey que Rabió. Tres meses después, Venezuela fue por poco tiempo, pero de un modo inolvidable en mi vida, el país más libre del mundo. Y yo fui un hombre feliz, tal vez porque nunca más desde entonces me volvieron a ocurrir tantas cosas definitivas por primera vez en un solo año: me casé para siempre, viví una revolución de carne y hueso, tuve una dirección fija, me quedé tres horas encerrado en un ascensor con una mujer bella, escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané, definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo, manejé el primer automóvil y sufrí un accidente dos minutos después, y adquirí una claridad política que habría de llevarme doce años después a colaborar con un partido en Venezuela.

Tal vez por eso, una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente, a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color de Ávila al atardecer. Pero el prodigio mayor de Caracas es que en medio del hierro y el asfalto y los embotellamientos de tránsito que siguen siendo uno solo y siempre el mismo desde hace 20 años, la ciudad conserva todavía en su corazón la nostalgia del campo. Hay unas tardes de sol primaveral en que se oyen más las chicharras que los trenes, y uno duerme en el piso número quince de un rascacielos de vidrios soñando con el canto de las ranas y el pistón de los grillos, y se despierta en una albas atronadoras, pero todavía purificadas por los cobres de un gallo. Es el revés de los cuentos de hadas: la feliz Caracas.

El Espectador de Colombia

Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez y su Nobel.

El primer cuento formal que conocí fue ‘Genoveva de Brabante’, y se lo escuché a ella junto con las obras maestras de la literatura universal, reducidas por ella a cuentos infantiles, escribió el autor en su libro de memorias Vivir para contarla.

En 1982, año en que gana el Premio Nobel de Literatura, el maestro del realismo mágico escribió una columna en el diario El Espectador que tituló: Memoria feliz de Caracas.

Además de hacerle un homenaje a esa ciudad, le rindió un tributo a esa mujer:

Nadie me enseñó tanto sobre esa ciudad irreal, como la gran mujer que pobló de fantasmas los años más dichosos de mi niñez. Se llamaba Juana de Freites, y era inteligente y hermosa, y el ser humano más humano y con más sentido de la fabulación que conocí jamás.

Todas las tardes, cuando bajaba el calor, se sentaba en la puerta de su casa en un mecedor de bejuco, con su cabeza nevada y su bata de nazarena, y nos contaba sin cansancio los grandes cuentos de la literatura infantil. Los mismos de siempre, desde Blanca Nieves hasta Gulliver, pero con una variación original, todos ocurrían en Caracas.

Juana sería una figura especial en la historia del autor, así como lo fueron otros venezolanos.

Mi padre y mi madre tuvieron muchos amigos venezolanos, le cuenta a BBC Mundo Gonzalo García Barcha, hijo menor del escritor.

I. Los exiliados

En 1977, tras la muerte de un familiar, Venancio Bermúdez fue al cementerio de Aracataca, el pueblo en el que nació García Márquez, y vio más de 25 tumbas de militares.

Eso me impactó, me cuenta desde Fundación, municipio ubicado a unos 8 kilómetros de Aracataca.

Cuando llegué a la casa, le pregunté a mi abuelo: ‘¿Por qué hay tanto militar sepultado en Aracataca y aquí, en Fundación, solo hay uno?’. Me dijo: ‘Siéntate’. Y empezó: ‘Es que hubo una guerra…’.

En ese momento, Bermúdez quedó cautivado con la historia. Tras escuchar a su abuelo, sintió que quería saber más y se fue a hacerle más preguntas a los viejitos de esa región del Caribe colombiano.

Comencé una labor de oralidad simplemente porque quería conocer el pasado.

Su pasión le permitió ganarse una beca del Instituto Colombiano de Cultura en 1994 y, con ella, se sumergió en escrituras y documentos de la iglesia y de la notaría de Aracataca.

Yo estoy convencido de que Venancio viene a ser el gran cronista de Macondo porque ha pasado gran parte de su vida en los archivos de los notarios, en los registros de los ayuntamientos, conectando pequeños y valiosos datos entre sí, me dice Juan Valentín Fernández de la Gala, autor de Los médicos de Macondo, libro publicado por la Fundación Gabo.

Tiene un verdadero arsenal de documentación, añade. Y me invita a llamar a quien fue una de las fuentes de su investigación que duró siete años.

Todo lo que tengo, lo tengo documentado, me dice, a sus 73 años, Bermúdez.

*Los exiliados venezolanos que llegaron a Aracataca, escribió García Márquez, me dejaron a Caracas sembrada para siempre en el corazón.

El 28 de agosto de 1926, llegan a Aracataca Marco Freytes y su esposa, Juana Alcalá de Freytes, como refugiados políticos huyendo del general Juan Vicente Gómez.

Desde 1908 y durante 27 años, Gómez gobernó a Venezuela con mano dura.

El general Marco Freytes, uno de muchísimos venezolanos que se exiliaron en esa localidad de la zona bananera, fue nombrado director del almacén de la United Fruit Company, en Aracataca.

Los Freytes se convirtieron en vecinos de los abuelos de García Márquez y eso permitió que Juana estableciera una amistad con la familia.

Fue una señora muy agradable con la señora Luisa Santiaga (madre de Gabo) y también con la abuela, Tranquilina Iguarán.

En esa casa, el Nobel pasaría los primeros años de su vida.

¡Ron, que se ahoga!

En Vivir para contarla, el escritor relataba que el día en que nació, el 6 de marzo de 1927, estuvo a punto de ser estrangulado por el cordón umbilical.

Santos Villero, la partera de la familia, pareció perder el dominio de su arte en el peor momento.

Lo que llevó a que la tía Francisca gritara en la puerta que daba a la calle: ¡Varón! ¡Varón! Y añadió ¡Ron, que se ahoga!.

Fernández, quien es doctor en medicina y antropólogo forense, me cuenta que, entre algunas personas del Caribe colombiano, existía la tradición de frotar a los niños recién nacidos con ron alcanforado.

Hoy cualquier pediatra o neonatólogo se pondría las manos en la cabeza si se le propone eso, porque el ron se absorbe muy fácilmente por la piel y lo que estaríamos produciendo es una intoxicación etílica en el niño.

Pero, en algunos lugares se pensaba que era un estimulante de la respiración y enrojecía la piel, lo cual, creían, podría ser útil.

Lo cierto es que Juana de Freytes resultó ser clave en el momento en que Luisa Santiaga daba a luz a su primer hijo.

Estuvo muy activa, animaba a la parturienta a seguir el ritmo correcto de la respiración y le proporcionaba masajes, indica el profesor asociado de Historia de la Medicina y la Enfermería de la Universidad de Cádiz.

Gerald Martin, autor de la biografía Gabriel García Márquez. Una vida, sentenció en una línea su rol ese día:

A Gabito en realidad lo había traído al mundo una mujer venezolana, Juana de Freites.

Y el Nobel lo relataría vívidamente en sus memorias:

Misia Juana de Freytes, que hizo su entrada providencial en la alcoba, me contó muchas veces que el riesgo más grave no era el cordón umbilical, sino una mala posición de mi madre en la cama. Ella se la corrigió a tiempo (…).

Y contaba que fue Juana quien sugirió un tercer nombre para él, inspirada en la reconciliación que su nacimiento traería a su familia: Gabriel José de Concordia.

Para dormir a Gabito

Su relación con Juana se estrechó.

Él la quiso mucho porque, desde que nació, ella estuvo pendiente de él, de irlo a visitar, de hablar con la mamá, de ayudarla, cuenta Bermúdez.

Juan Carlos Zapata cita en su libro Gabo nació en Caracas no en Aracataca una entrevista que le hizo, en 1982, el periodista Humberto Márquez a la madre de García Márquez.

En ella reveló que Juana bañaba, empolvaba, mecía y dormía a Gabo bebé.

Y recordó un consejo de la venezolana: Siempre que lo acuestes ponle una almohadita encima para que él crea que lo tienen cargado y sienta calorcito.

Bermúdez cuenta que Nicolás Márquez le había comprado un diccionario-atlas a su nieto.

Como el abuelo, la misma señora Juana se encargaba de leérselo y, a eso, le añadió las historias infantiles de las tardes. Ella fue quien entusiasmó a García Márquez con los cuentecitos.

Gabo alucinaba con aquellos personajes que eran los de los cuentos infantiles de siempre, solo que Juana tenía la habilidad de convertirlos a todos en caraqueños, señala Fernández.

Y así cuando llegó el momento de conocer Caracas, en 1957, García Márquez no se sintió un extraño, como plasmó en El Espectador:

Yo iba recorriendo a cada vuelta de rueda los sitios familiares de mi infancia desde que atravesé la ciudad por primera vez. Identificaba en las laderas extraviadas las cabañas de colores de los enanos, los dragones de candela, la torre del rey, y una edificación luciferina que sólo por su nombre sobrepasaba de muy lejos a todos los horrores del mundo infantil, el Helicoide de la Roca Tarpeya.

Y es que Juana había ubicado a cada personaje en una urbanización caraqueña.

Crecí con la certidumbre mágica de que Genoveva de Brabante y su hijo Desdichado se refugiaron en una cueva de Bello Monte, que Cenicienta había perdido la zapatilla de cristal en una fiesta de gala del Paraíso, que la Bella Durmiente esperaba a su príncipe despertador a la sombra de los Caobos, y que la Caperucita Roja había sido devorada por un lobo llamado Juan Vicente el Feroz.

  

II. La colonia inolvidable

Gonzalo me dice que su padre dejó mucho rastro de los venezolanos que llegaron a Aracataca.

Así, en Vivir para contarla, el Nobel recordaba a dos adolescentes que estuvieron de vacaciones y que llegarían a ser presidentes de Venezuela: Raúl Leoni y Rómulo Betancourt.

Gabo contaba que aunque hubo inmigrantes de otros países, la colonia inolvidable fue la venezolana.

Y entre esa comunidad, la más cercana a nosotros fue Misia Juana de Freytes, una matrona rozagante que tenía el don bíblico de la narración.

Pero no fue el único inmigrante venezolano que marcaría su vida.

Años antes de que Juana llegara, un médico se había radicado en Aracataca.

Antonio José Barbosa ayudaba a los venezolanos que iban llegando, él les conseguía trabajo con la United Fruit Company o con el municipio, señala Bermúdez.

De acuerdo con Fernández, fue el primer médico titulado que hubo en Aracataca, donde había yerbateros, curanderos, sobanderos. En su caso, pudimos conseguir el título de la Universidad del Zulia.

Tenía un compromiso liberal muy claro y eso lo obligó a huir del régimen de Gómez.

Tanto Marco Freytes como Barbosa actuaban un poco como embajadores para recibir a los inmigrantes que atravesaban la frontera y llegaban hasta la zona bananera, indica Fernández.

En su casa, el médico administraba una farmacia. Pero ese espacio, era mucho más que eso.

Fue una especie de cuartel general o una embajada para muchos venezolanos. Tenían su estafeta de correos, de modo que los que no tenían un domicilio estable podían recibir la correspondencia de sus familiares en la farmacia y el boticario se las guardaba. También albergó a militares que huyeron de Venezuela.

Y los domingos en la tarde, Barbosa abría de par en par las puertas para que los venezolanos recogieran sus cartas y se pudieran reunir.

Su casa sigue ahí, está justamente al frente de la casa de los abuelos de Gabo, lo que ahora es la casa museo García Márquez.

Barbosa, como pasaría después con Juana, estableció una amistad muy cercana con la familia del escritor.

La complicidad del vecino

Fernández me recuerda que los padres de la madre de García Márquez no veían con buenos ojos que su hija se casara con un telegrafista.

Estuve en la casa del doctor Barbosa con uno de sus nietos y me mostró la ventana desde la que Gabriel Eligio se comunicaba a través de señas con Luisa Santiaga, que se asomaba por una ventana de la casa de los abuelos de Gabo.

Los dos novios, uno en la farmacia y la otra en la casa de sus padres, acordaban, por medio de un lenguaje que había inventado el propio Gabriel Eligio, dónde se iban a ver.

Y todo con la complicidad de la esposa del boticario.

En otras ocasiones, Luisa preparaba un bizcocho, le metía un papelito y se lo regalaba al boticario, pero él sabía que no era para él, sino para Gabriel Eligio.

El profesor también evoca una conversación en la que Gabriel Eligio le manifestó al médico su preocupación por las mentiras que decía su hijo.

Le comentaba que el niño exageraba las cosas y después añadía elementos de su propia cosecha.

Y Barbosa le respondió: ‘No se preocupe por eso porque es signo de un gran talento’. Fue la mayor defensa que pudo hacer de Gabito.

Parece que el boticario Barbosa fue el primero capaz de captar su extraordinaria capacidad narrativa cuando tenía tan poca edad.

Una visita reveladora

Sin embargo, en Vivir para contarla, García Márquez habla del terror que le llegó a tener al médico.

En una ocasión, cuando era niño, intentó llevarse sin permiso unos mangos de su jardín. Al sorprenderlo, Barbosa le ordenó entregárselos mirándolo con un gran menosprecio.

Pero, en esa misma obra confesaría que los últimos vestigios del miedo que le causó en su infancia se disiparon cuando regresó a Aracataca con su madre -para vender la casa de los abuelos- y se detuvieron a visitarlo.

Barbosa le preguntó qué estudiaba y él respondió que había cursado más de dos años de derecho y que hacía periodismo empírico.

Y su madre intervino:

– Imagínese, compadre -dijo-, quiere ser escritor.

Al doctor le resplandecieron los ojos en el rostro.

– ¡Qué maravilla, comadre! -dijo-. Es un regalo del cielo (…)

Entablaron una conversación en la que Gabo le contó de su nota diaria en El Heraldo y del proyecto de fundar una revista.

El doctor les habló de la vocación artística y sentenció: Es algo que se trae dentro desde que se nace y contrariarla es lo peor para la salud.

Me quedé alucinado por la forma en que explicó lo que yo no había logrado nunca, escribió Gabo. Mi madre debió compartirlo, porque me contempló con un silencio lento y se rindió a su suerte.

En su libro, Fernández de la Gala se adentró en el rigor científico de la obra de García Márquez y nos presenta, entre otros médicos, al doctor Barbosa.

Pero en ese encuentro pasó algo más profundo.

A él le llama la atención cómo el boticario Barbosa consigue contarles lo que había pasado en el pueblo durante su ausencia, es decir, toda esa decadencia tras la retirada de la compañía bananera, cómo un pueblo que era próspero, de repente, se hunde en la ruina absoluta, señala Fernández.

Es más, dijo: esto es lo que yo tendría que contar, no contar las historias de (William) Faulkner, de Virginia Wolf, de (Franz) Kafka, sino contar la propia historia de mi pueblo, de mi familia, de mi casa, y hacerlo, además, con ese poder evocador que materializa las cosas en el aire, como el del doctor Barbosa.

Me encuentro con García Márquez alabando la habilidad narrativa de dos venezolanos, por una parte, Juana de Freytes con esos cuentos magníficos y la del doctor Barbosa, tras reencontrarse con él como un joven periodista.

De acuerdo con información recopilada por Bermúdez, uno de los hijos de Juana comunicó en 1936, en la notaría de Aracataca, la muerte de su madre, a los 61 años.

III. Gabo y sus amigos

Para Jaime Abello, director general y cofundador de la Fundación Gabo, la conexión afectiva con Venezuela de García Márquez, que había empezado con Juana, es seguramente una de las razones que le hacen aceptar la invitación de su amigo Plinio Apuleyo Mendoza a irse a trabajar a Caracas.

Después de un periodo de privaciones en París, cuando se quedó sin el empleo de corresponsal de El Espectador, Venezuela llegó como un rayo de luz.

Gonzalo recuerda que la familia del también escritor colombiano, exiliada en Caracas, ayudó mucho a su padre cuando era totalmente desconocido y pobre.

Él nunca olvidó eso.

En una entrevista con Alejandra de Vengoechea, publicada en 2014 en el periódico español ABC, Mendoza recordaba que cuando trabajaban juntos en Venezuela, Gabo le contó que su novia lo esperaba.

Un día me dijo que tenía que ir a Colombia. ‘Me caso y vuelvo’. Se fue por ocho días.

Y regresó con Mercedes Barcha.

Mis padres siempre le tuvieron un enorme cariño a Caracas, la veían más como una capital del Caribe de Colombia que la misma Bogotá, cuenta Gonzalo.

En nuestra infancia hubo muchos venezolanos.

Recuerdo la amistad que tuvieron con Miguel Otero Silva, a quien de niño conocí en Italia.

De esa visita a él y a su esposa, en una villa italiana, sale un cuento que se llama ‘Espantos de agosto’ que está en ‘Doce cuentos peregrinos’. El cuento es un reflejo de esa visita. Yo la viví.

Imposible no volver a ese cuento, que empieza así:

Llegamos a Arezzo un poco antes del mediodía, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana.

(…) y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión donde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.

-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.

Gonzalo también me habla de la entrañable amistad de su padre con el economista Teodoro Petkoff, quien fundó el Movimiento al Socialismo (MAS).

De hecho, en 1972, García Márquez donó el premio Rómulo Gallegos a esa organización.

Al recibir el galardón, contó que estaba haciendo dos cosas se había prometido nunca hacer: Recibir un premio y decir un discurso.

Y ese discurso lo terminó así:

(…) estoy aquí, amigos, sencillamente por mi antiguo y empecinado afecto hacia esta tierra en que una vez fui joven, indocumentado y feliz, como un acto de cariño y solidaridad con mis amigos de Venezuela, amigos y generosos, cojonudos y mamadores de gallo hasta la muerte. Por ellos he venido, es decir, por ustedes.

Margarita Rodríguez -BBC News Mundo