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Solo nos ganamos el derecho a ser felices cuando obramos éticamente, dijo Rafael Narbona

¿La felicidad es un derecho?

Antes de leerlo, piensa en las palabras de Rafael Narbona, profesor de filosofía. La suya es una lección de felicidad auténtica, construida sobre las piedras de la ética, el amor y la conciencia tranquila.

¿Tiene derecho a ser feliz alguien que solo piensa en sí mismo? ¿Y aquel que ha hecho daño sin reparar en las consecuencias? ¿Las personas malvadas pueden ser felices? A veces damos por hecho que la felicidad es un derecho universal, sin pensar en los matices. El filósofo Rafael Narbona propone una mirada incómoda, pero necesaria: solo nos ganamos el derecho a ser felices cuando obramos éticamente.

Esta idea, nos explica, viene directamente de la mirada de Kant, que aseguraba que no hay dicha auténtica sin conciencia tranquila. Narbona rescata esta misma idea, que defiende tanto en los artículos que escribe para nuestra revista, como en una reciente entrevista concedida al medio y su nuevo libro, Elogio del amor. Para él, vivir bien significa amar, tener un propósito y cuidar nuestra humanidad. Por eso, el camino más seguro hacia la verdadera felicidad es la ética.

El consuelo de la ética

En un mundo en el que la palabra felicidad aparece en libros de autoayudas, tazas, algoritmos y camisetas, la advertencia de Narbona desentona. ¿Y si no todos tenemos derecho a ser felices?

¿Tiene derecho a ser feliz José Bretón?, me preguntó cuando tuve la suerte de entrevistarlo para este medio. No, sería un agravio pensar que ese hombre es feliz, me respondió sin darle tregua a esa sensación de congoja que se forma en la garganta de solo pensar que una persona capaz de tales crímenes pudiera ser feliz. Para Narbona, la felicidad no es inherente a la vida, no es un derecho. Es una conquista.

Eso no significa que debamos vivir como héroes o como mártires, aunque Narbona rescatar parte de esta idea cuando nos habla en su libro, Elogio del amor, de los chicos de La sociedad de la nieve. La generosidad de los supervivientes malheridos se manifestó en la determinación de transmitir confianza a los que se había librado de las lesiones graves y aún gozaban de autonomía. Arturo Nogueira, con las dos piernas rotas, se dirigió a Canessa y le dijo: ‘Qué suerte tienes tú, Roberto, que puedes caminar por los demás’, escribe el autor.

La ética que defiende Narbona, sin embargo, está hecha de gestos cotidianos. Basta con escuchar de verdad, con consolar a quien sufre y ofrecer compañía sin pedir nada a cambio. Porque, como dice en su artículo, vivir éticamente no implica protagonizar gestos heroicos. Es suficiente actuar con ternura, delicadeza y generosidad.

Amar y ser amado

Para Narbona, la primera fuente de felicidad verdadera es el afecto. El secreto es invertir en afectos, asegura, y subraya que el amor no se reduce a la pareja. Abarca la amistad, la familia e incluso los animales. La felicidad procede fundamentalmente de amar y ser amado, dice. La felicidad que da abrazar a tu mujer o a tu pareja. La felicidad de hablar con un hijo, con un amigo. Ahí está el secreto de a felicidad.

  

En su vida cotidiana, el amor se expresa en formas simples. En sus gatos y perros, en sus figuras de Tintín y en su vínculo por quienes le rodean. Así, frente a un modelo de vida basado en la acumulación, Narbona nos recuerda que la felicidad es austera, cálida, libre del afán de tener más que en tantas ocasiones corrompe la ética. Un reloj de 300.000 euros, un coche de 300.000 euros, a la larga producen hastío, advertía en la entrevista que concede a Cuerpomente. Lo que permanece es siempre el vínculo humano.

Una vida con sentido

Además del amor, la felicidad requiere dirección. Y en este sentido, la ética juega un papel clave.  Como nos recuerda Narbona, felicidad viene del latín felicitas, que significa fecundo, fruto. Es, como resume para nuestra revista, una vida donde tú tienes un proyecto, una meta. No vas dando tumbos, sino que tu vida tiene un sentido. Ese sentido puede ser fabricar zapatos, cuidar de tu jardín o de tus hijos. Da igual. Lo importante es que esa meta te ayude a sentir que construyes algo.

Con esta visión, Narbona devuelve la dignidad a lo cotidiano. Pero también dota de valor a la generosidad. Porque, un propósito no sirve de nada si con él no aportamos algo al mundo y a las personas que nos rodean.

Una conciencia tranquila

Yo no podía levantarme, mirarme al espejo y pensar: ‘soy un canalla’, reconoce Narbona. Para el filósofo, la conciencia tranquila es otro pilar fundamental de la felicidad. Sé que soy una persona frágil, vulnerable… Pero me parece que son defectos humanos y que no son graves, porque no estoy haciendo daño a nadie.

No se trata, por tanto, de alcanzar estándares de perfección, sino de vivir con coherencia interior. La ética que propone es una brújula que ayuda a no perderse en una sociedad que premia el éxito rápido y la insensibilidad. Por nuestra salud mental, merece la pena ser buena persona y no dejarnos llevar por un modelo de sociedad individualista y hedonista, defiende el autor.

Y lo cierto es que, cuando actuamos bien, encontramos consuelo hasta en la adversidad. En este sentido, Narbona recuerda a Janusz Korczak, el médico que decidió morir junto a los niños del gueto de Varsovia antes que abandonarlos. Imagino que sufrió, escribe el filósofo, pero creo que su conciencia le proporcionó la paz que infunde saber que podría confortar hasta el final a los niños a su cargo.

Profesor de filosofía

Celia Pérez León – Cuerpo Mente