
Dinero, dinero y más dinero (y, tal vez, raza): por qué Elon Musk critica al Gobierno de Sudáfrica. El magnate no quiere que Starlink, ni ninguna de sus empresas, se someta a las normas sudafricanas, que obligan a que el 50% del capital estén en manos de negros, mulatos, indios, mujeres o personas con discapacidad. Cyril Ramaphosa y Elon Musk.
¿José Manuel Entrecanales (Entrecanales), Amancio Ortega (Inditex), Ignacio Sánchez Galán (Iberdrola), Ernesto Antolín (Grupo Antolín) o Francisco Fernández-Cosentino (Cosentino) son negros?
La respuesta a esa pregunta cae por su propio peso, pero genera otra cuestión: si las empresas de esos directivos y empresarios españoles están presentes en Sudáfrica, ¿por qué el hombre más rico del mundo, Elon Musk, tuiteó el 7 de marzo que su red de comunicaciones por satélite Starlink “no está autorizada a operar en Sudáfrica porque yo no soy negro”?
Exactamente un mes antes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, había emitido una orden ejecutiva (algo relativamente similar a un real decreto español) ordenando la suspensión de toda la ayuda al desarrollo y humanitaria a Sudáfrica por las “prácticas inmorales e injustas” de ese país contra la minoría blanca, que supone alrededor del 7% de la población. En el documento, Trump rompía así con su política de expulsión de refugiados, y anunciaba que EEUU acogería a blancos sudafricanos. Todo eso era parte de una crisis que culminó el miércoles en la emboscada en la Casa Blanca del presidente estadounidense a su homólogo sudafricano, Ciryl Ramaphosa, y que recordó, en formas y fondo, a la que sufrió el ucraniano Volodimir Zelenski el 28 de febrero.
La delegación oficial estadounidense en el encuentro incluía a Musk, que no solo tiene nacionalidad de EEUU y de Sudáfrica sino también de otro país que ha tenido un duro choque con Donald Trump: Canadá. El empresario, conforme a su costumbre, era la única persona que no iba de chaqueta y corbata, sino con su gorra negra con la leyenda Hacer a Estados Unidos Grande Otra Vez (MAGA, en inglés) y una camiseta del mismo color que decía “Apoyo Técnico”, como si fuera un empleado de los servicios informáticos de la Casa Blanca. Trump prohibió que Musk hablara, según los medios de comunicación de EEUU.
El enfrentamiento de Musk con el Gobierno de Sudáfrica parece tener poco que ver con la raza y mucho con el dinero. La clave es la estrategia de Empoderamiento Económico Negro (BEE, según sus siglas en inglés), lanzada, tras el final del régimen racista del apartheid, por Thabo Mbeki, entonces mano derecha del primer presidente negro de la Historia del país, Nelson Mandela, y, después, sucesor de éste.
Musk no quiere que Starlink, o ninguna de sus empresas, se someta al BEE, que establece un sistema de puntos para promocionar de tres formas a los grupos designados, es decir, negros, mulatos, indios, mujeres y discapacitados (pero no inmigrantes, aunque éstos son en su práctica totalidad negros de otros países africanos). La primera es la contratación de personas de esos grupos. La segunda, su entrada en el management de las empresas. La tercera es la única en la que existe un objetivo definido: el 50% del capital de las empresas que tengan un cierto tamaño deberá estar en manos de los grupos designados.
Eso es antitético para Musk, que dirige sus empresas en solitario, con consejos de administración totalmente irrelevantes y que no permite que sus trabajadores se afilien a sindicatos. El empresario siempre quiere libertad absoluta, ya sea en sus empresas, ya sea con sus 14 hijos oficialmente reconocidos o, según una investigación del Wall Street Journal, también con las varias docenas más de vástagos que ha tenido por inseminación artificial con otras mujeres, que han firmado previamente un contrato con el dueño de Tesla, SpaceX, X, Neuralink y The Boring Company.
Pero hay, además, un problema más serio: si Musk cede en Sudáfrica, habrá creado un precedente, y los demás países en vías de desarrollo en los que está entrando la red le pedirán lo mismo. Musk no quiere ni oír hablar de eso, porque sabe que esa tecnología de telecomunicaciones con satélites en órbita baja, que también está siendo imitada por Amazon y China, va a ser decisiva para el desarrollo de internet en el mundo en desarrollo.
África y Asia y partes de América Latina pasaron de no tener teléfonos a tener solo móviles -sin pasar por los fijos- gracias a que esa tecnología les permitió acceder a servicios de voz. Por esa misma regla de tres, Kenia se transformó en un líder mundial en transacciones financieras desde el móvil una década y media antes de que en Occidente descubriéramos Bizum, Zelle o Venmo por la sencilla razón de que en un país sin sucursales bancarias ni teléfonos inteligentes, una telefónica, Safaricom, diseñó un sistema para mandar dinero como si fuera un mensaje de móvil.
Es probable que esa dinámica se repita en internet, y que los 800 millones de personas en África subsahariana y 1.550 millones en Asia que no tienen acceso a internet lo acaben logrando no gracias a cables de fibra óptica ni a antenas, sino directamente conectándose con satélites. Y ahí Starlink es, de lejos, el líder incuestionable.
Algunos también ven un componente racista en la disputa. Musk procede de una familia sudafricana inmensamente rica, hasta el punto de que iba al colegio en la época del apartheid en Rolls Royce. Además de Trump, dos de los asesores de Trump que han salido de Silicon Valley se criaron en Sudáfrica. Peter Thiel, el principal defensor de una tecnodictadura y el segundo mayor socio de SpaceX tras Musk, pasó su infancia y adolescencia en los años 70 en Namibia, entonces ocupada por Sudáfrica. Su padre era ingeniero en una mina de uranio. En aquella época, todos los mineros eran negros y operaban en un régimen en el que los negros eran literalmente obligados a trabajar bajo la regulación de Ley del Amo y el Sirviente, que legalizaba la violencia física contra los trabajadores. David Sacks, que asesora a Trump en criptodivisas, también se crió en Sudáfrica.
Musk puede reducir al mínimo los dos primeros requisitos -plantilla y directivos- pero el problema es que eso daría a Starlink muy pocos puntos en la clasificación del BEE. Sin una puntuación alta, SpaceX no lograría la licencia del Estado para operar en el país.
Otros empresarios, sin embargo, no han hilado tan fino. Las grandes empresas sudafricanas, que estaban controladas por los blancos cuando cayó el apartheid, han contratado a más grupos designados y han dado puestos directivos a ejecutivos de esas razas a los que apenas han otorgado poder.
En cuanto al 50% del capital, lo han entregado gratis a representantes de esos grupos, que lo pagarán renunciando al dividendo hasta que la cantidad deducida alcance el precio de venta. Eso supone fácilmente décadas en las que el control de las compañías sigue en manos de los mismos.
Las cosas, sin embargo, son más complejas. Los negros (y sobre todo la minoría económicamente más dinámica, los indios) han constituido fondos de inversión para entrar en el capital de las empresas amparándose en el BEE. De hecho, el Congreso Nacional Africano, que lleva en el poder desde que terminó el apartheid en 1994, es el único partido político del mundo que tiene un fondo de inversión, el Chancellor House, para participar en empresas extranjeras, como, por ejemplo, la filial de la multinacional japonesa Hitachi.
El BEE ha permitido crear una clase media y alta negra, que muchos ven como una nueva oligarquía favorecida por el Estado. El mejor ejemplo de eso es Ciryl Ramaphosa, que gracias a esa regulación se ha hecho con una fortuna de unos 450 millones de euros, al entrar en el capital de empresas como la estadounidense McDonald’s, ser nombrado miembro del consejo de administración de, entre otras, la cervecera anglosudafricana SABMiller, o convertirse en asesor del gigante británico de los productos de consumo Unilever. Cuando Ramaphosa le dijo a Trump el miércoles “siento no poder regalarle un Jumbo”, el estadounidense le respondió “ojalá pudiera, yo lo aceptaría”, probablemente los dos estaban siendo sinceros.
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