
Buscando refugio para mis ansias, decidí viajar desde París hasta Malí. La tranquilidad francesa por la inhóspita África que se ofrecía fascinante. Al sexto día la imagen de la torre Eiffel era trastocada por el desierto del Sahara. Aproveché la vecindad para encontrarme con este espectáculo. Sobre un camello pardo con algunas insinuaciones de chispazos amarillentos me adentré en aquellos kilómetros de soledad. Un mundo con su propio abecedario en caricias de ventiscas que se elevaban hasta ser detenidas por el viento sujeto por un sol abrazador. En aquellos senderos de arena no hay museos con obras de arte de significación universal. Tampoco teatros con célebres compañías de ópera. Solo una belleza indescriptible que desarma todo lo trivial. A cada paso es el asombro que nos demuestra que existen muchas formas de experimentar lo novedoso.
En Bamako descendí hasta los márgenes del río Níger. Es un centro administrativo y comercial que se nutre del puerto y el ferrocarril que lo conecta con Dakar en Senegal. Acá ya podía entrar en contacto con mi editorial en España, para la cual trabajó desde hace veinte años. La oficina me envía trabajos de periódicos latinoamericanos para encontrar nuevos talentos. Es una gestión meticulosa. Fue así como descubrí al escritor venezolano Alexander Cambero. Me llamó poderosamente la atención la magnífica forma de manejar el idioma. Tiene una exquisitez en su prosa que definitivamente cautiva a cualquier lector. Hasta para la crítica más profunda tiene atisbos de elegancia. Su estilo no tiene una influencia decisiva de grandes maestros latinoamericanos. Su predominio parece nacer de sus propias entrañas literarias. Percibo un lector voraz que persigue llegar hasta el último peldaño.
Entre lo mucho que leí escrito por Alexander Cambero me encontré con crónicas muy bien construidas. Sus cuentos gozan de una enorme originalidad. Los artículos son desafiantes hasta el punto de ser clarividentes. Un brillante latinoamericano que hace de la palabra su feudo. El escudo para evitar las lanzas cobardes de lo burdo.
Un punto aparte en mis gustos fue conseguir una novela corta espectacular con algunos capítulos ambientados en territorio africano. Una crónica soberbia en donde el autor se metió en la piel del tigre. Cubrió cada espacio con una exactitud tan fantástica que pareciera que estaba allí, oteándolo absolutamente todo. La descripción del ambiente es perfecta. Desparramando talento en cada párrafo. La genialidad brota de una fuente como los ríos que se acuestan sobre las dunas.
Este ambiente brutal de África es tan encantador que hace que un hombre que vive a miles de kilómetros pueda regalarnos un texto que parece nacido en el espíritu de las tribus. Adelante Alexander. Sigue escribiendo para que todos lo que te leemos sigamos maravillados con tu ingenio.
Excorrresponsal español en África – @alva-fernandez

