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Las nuevas derechas radicales en el mundo

 

En los últimos años han (re)surgido con cierto vigor en casi todo el mundo partidos radicales de la derecha, entendiendo por tales aquellas manifestaciones del espacio político conservador que propenden al nacionalismo, el populismo y el autoritarismo iliberal y reaccionario. El abanico de expresiones es amplio y sus contornos a veces son difusos. Englobando toda expresión política ubicada a la derecha del espacio liberal-conservador tradicional, entremezclándose partidos de corte nacional conservador y partidos de derecha populista.

En la mayoría de los Estados miembros de la Unión Europea han irrumpido o resurgido formaciones políticas de estas características que no solo están logrando obtener representación parlamentaria, sino que en ocasiones condicionan la formación de los gobiernos, formando parte del mismo o incluso liderarlo. Desde hace ya algunos años la derecha radical lidera los gobiernos en Polonia (PiS) y Hungría (Fidesz).

En Italia (Fratelli d´Italia) lidera actualmente un gobierno de coalición junto con otra fuerza de derecha populista (Lega) y el partido liberal-conservador de Berlusconi (Forza Italia). En Suecia se acaba de formar un gobierno liberal-conservador en minoría que precisa del respaldo parlamentario de la derecha radical (Demócratas de Suecia). En otros países, como en Francia, la derecha radical (RN, el antiguo FN) no forma parte de la mayoría de gobierno, pero lidera la oposición.

Finalmente, en los restantes países de la Unión Europea la derecha radical, aunque no integre el gobierno ni lidere la oposición, tiene una Las nuevas derechas radicales significativa representación parlamentaria (en España, por ejemplo, VOX es la tercera fuerza política del país). En muy pocos países europeos la derecha radical permanece como fuerza extraparlamentaria.

Esta evolución contagia también al espacio político del centroderecha democrático tradicional. La separación con la nueva derecha radical es cada vez más tenue. Su discurso penetra en el espacio liberal-conservador. En España el caso de la Presidenta de la Comunidad de Madrid es particularmente sintomático. Los partidos liberal-conservadores están aceptando cada vez más a la derecha radical como aliados para conformar conjuntamente mayorías de gobierno. No solo sucede así en algunas Comunidades Autónomas españolas, sino que proliferan otros ejemplos (Italia, Suecia). En Francia, por primera vez, ni el partido de centroderecha (Los Republicanos), ni la coalición centrista de la mayoría presidencial (Ensemble) recomendaron votar en la segunda vuelta de las últimas elecciones legislativas a los candidatos de la coalición progresista (NUPES) frente a los candidatos de la extrema derecha.

Este fenómeno no es exclusivo de Europa. En mayor o menor medida se da prácticamente en todos los continentes. En Estados Unidos el Partido Republicano y sus bases se han radicalizado. En los años 80 y 90 el Partido Republicano ya había experimentado una transformación neoconservadora bajo las presidencias de Reagan y Bush Jr. Ya en este siglo dicha tendencia se intensificó. Primero con la irrupción del llamado Tea Party y en los últimos años bajo el liderazgo de Donald Trump. Si bien en las recientes elecciones de medio mandato el resultado ha sido menos favorable de lo esperado al Partido Republicano (con resultados particularmente decepcionantes para los candidatos más cercanos a Trump), los liderazgos alternativos que se perfilan en la derecha norteamericana permanecen encuadrados en terrenos muy próximos a la derecha radical (es el caso de Ron DeSantis, reelegido gobernador del Estado de Florida).

Iberoamérica, aunque prevalecen últimamente los triunfos electorales de las fuerzas progresistas (México, Argentina, Bolivia, Perú, Chile, Honduras, Colombia), no es del todo ajena al fenómeno de la radicalización de sus derechas. El caso más paradigmático es el de Brasil. Cierto que Bolsonaro no ha logrado la reelección, pero perdió las elecciones por tan solo 2 puntos de diferencia (49% de los votos). Lula logró al límite derrotar a Bolsonaro, pero hubo de conformar para ello una alianza de amplio espectro con dirigentes y formaciones políticas procedentes del centro e incluso del espacio liberal-conservador (su candidato a vicepresidente, Geraldo Alckmin, fue en el pasado un connotado rival y antagonista del propio Lula). En Chile el candidato de la derecha que se enfrentó a Boric en la segunda vuelta no fue el candidato de las formaciones tradicionales de la derecha (UDI y RN), sino el candidato de una nueva derecha radical neopinochetista (José Antonio Kast). Una tendencia similar se observa en Argentina: la coalición opositora de centroderecha (Juntos por el Cambio, cuyos principales integrantes son el partido PRO, del expresidente Macri, y la centenaria Unión Cívica Radical) disputa el liderazgo social de la oposición al Gobierno progresista del Frente de Todos (peronismo kirchnerista y aliados) con una nueva derecha radical anarco-liberal, dirigida por Javier Milei, un diputado de personalidad excéntrica cuyo discurso y propuestas políticas rozan el abolicionismo del Estado.

  

Finalmente, en la India se consolida el BJP del primer ministro Modi, una formación nacionalista y étnico-identitaria de ideología conservadora autoritaria e iliberal, como fuerza política ampliamente hegemónica en el Estado que pronto se convertirá en el país más poblado del planeta.

¿Cómo se explica este fenómeno de dimensiones globales? ¿Cuáles son sus causas y el contexto que lo alumbra? ¿Es un fenómeno coyuntural o duradero?

Son varias las causas que se apuntan. En primer lugar, la concatenación en pocos años de grandes crisis globales (la crisis económico-financiera de 2008, la pandemia del COVID y la guerra de Ucrania) que han debilitado los cimientos y la estabilidad de las democracias liberales. En segundo lugar, la percepción de incapacidad y la pérdida de credibilidad del sistema institucional y de las formaciones políticas convencionales y sistémicas como gestores eficaces de las crisis. Crecen los riesgos y se extiende el miedo al futuro, a poder conservar los niveles y condiciones de vida que se habían logrado alcanzar. Vuelve a aumentar la desigualdad y se frena o incluso retrocede la movilidad social. Se asientan en el clima emocional colectivo la insatisfacción y el temor. Crece en consecuencia el rechazo a las recetas y respuestas políticas institucionales o sistémicas y gana terreno la proclividad a los discursos simplistas y rupturistas.

La radicalización de la derecha acentúa lógicamente la polarización del debate público, en el que los elementos identitarios juegan un papel cada vez más importante. Aspectos del debate social como la respuesta al cambio climático y a los desafíos ambientales, las políticas de igualdad en materia de género o la protección del bienestar animal adquieren una potencialidad divisiva en la sociedad del todo insospechada. La nueva derecha eleva incluso estos temas a materia de batalla cultural. Una batalla que se libra a menudo con técnicas de desinformación y una espectacular potencialidad expansiva en las redes sociales y los nuevos medios de comunicación digital. No es infrecuente que los liderazgos de la nueva derecha tengan su origen en personajes con amplia capacidad económica y presencia en la propiedad de los medios de comunicación social y de otros instrumentos idóneos para la penetración social como, por ejemplo, los clubes de fútbol.

Ante este fenómeno, resulta esencial el rearme social, ideológico y emocional del centroizquierda en defensa del Estado Social y Democrático de Derecho. De todas las fuerzas que van desde el reformismo social-liberal de centroizquierda, hasta las zonas ideológicas clásicas de la izquierda democrática; en suma, el espacio natural de la socialdemocracia, incluidos el ecologismo, el feminismo y todas las restantes expresiones del progresismo democrático. El centroizquierda necesita recuperar la confianza y prevenir la desafección democrática de la clase media trabajadora, la defensa de cuyos intereses es su razón de ser. En este sentido, los actuales Gobiernos de España y Portugal nos enseñan la dirección que es preciso seguir.

Revista Temas