
Charlie
¿A quién se le ocurre? Extraño nombre para un gato, Charlie. La historia parece que estaba escrita de manera temporal. Un día, en la tienda, amanecí en una jaula de perros en cuya etiqueta se leía «Charlie». Me colocaron el nombre del último prisionero. ¿Un felino? Así pasa a veces.
Los compradores, curiosos, van y vienen. Así son los caprichos de aquellos que disfrutan de la soledad, y por ende de la soltería obligada y más. Si son entrados en años, se resuelve el acertijo: la compañía.
Lucy vio el gato blanco en la jaula grande. Seguramente pensó antes, en principio, «¡qué absurdo!»; luego exclamó:
—¡Qué bello! —Así es el arte.
Por supuesto, encontró un modelo con cuerpo estilizado, ligero, delgado, con la cola larga y ojos azules; además blanco.
—Me lo llevo.
Comprendí lo que significa una mascota. Una tarea difícil, acompaña. Y que me presenten en sociedad. ¿Qué le vamos a hacer? No hay opción.
Acicalarme le dio tranquilidad a la nueva dueña, y de manera sinuosa empecé a pasarme la lengua por el pelo.
—Una hermosura.
En muy poco tiempo, el ambiente era otro y, a decir verdad, lo cierto es que estoy aquí y no me cae mal. Una estancia un tanto peculiar para mi gusto.
Me encantaron, al principio, tres cosas: el espejo recostado de una de las esquinas de la sala, una reproducción de una pintura de Gustav Klimt de un gato blanco —empecé a entender mi adquisición— y un sofá chéster de cuero verde, creo que de segunda mano, pues algunos de los botones profundos brillaban por su ausencia. Sí cumplía con el formalismo el respaldo de la misma altura, de forma geométrica; eso permitía sentirme a mis anchas, subir y bajar con mucho cuidado de no sacar mis garras; un recorrido que me daba un cierto charm.
Aunque la pasarela, el tapizado verde, no era de mi total agrado, la sobriedad inglesa me había fascinado. Disculpen, perdón… Se me olvidaba la ventana, muy importante. Todo esto con cuatro rincones para dormir.
Al llegar, pusieron leche descremada. Me causó desagrado, pero es leche al fin.
La dueña me veía confusa, compasión y belleza. No se acercó. Prudencia por el rechazo.
Lucy. Supe su nombre porque en mi primera incursión pude subirme en la mesa de la cocina y fisgonear sobre alguna correspondencia abierta, pues está prohibido y es de mal gusto abrir cartas, pero sí vi en dos de ellas y concluí: Lucy Salem. Me recordó a las brujas, pero ese es un asunto de mis parientes los gatos de color negro.
***
Charlie sabía qué pensaban de él. Se ufanaba de su buena suerte. Inocente, puro y limpio.
El blanco está relacionado con la luz, el sol, también con la luna. Muy fácil de comprobar por el alféizar de la ventana.
Lucy apagó las luces principales, menos la que estaba cerca de la pintura y del espejo, creo que sin intención. Lucy es propensa a recogerse temprano, con un poco de misterio.
Ailurofilia, del griego ailuro (‘gato’) y philos (‘amor’, ‘entusiasmo’). ¿Por qué me trajo?
***
La pintura de Gustav Klimt, Un gato blanco en un jardín. Nos veíamos los dos, rodeados de margaritas. Entiendo que fue pintado hace más de un siglo. Art nouveau.
Lo observé detenidamente. Era un gato perdido en sus sueños, con una apariencia flotante, bastante diferente. Repetí el refrán: «Genio y figura hasta la sepultura».
La noche parecía libre.
Los tres verbos de Lucy para Charlie: dormir, jugar y comer.
Me pregunté cuál era el sitio caliente y agradable de la casa. Opté por el espacio más oscuro, aunque más frío; la luz siempre me ha causado un sentimiento de inquietud.
Me vi en el espejo, creo que por primera vez. En respeto, me lamí una garra. Tengo la certeza de que me asusté y decidí realizar un trayecto alrededor, ya que produce nervios verse a uno mismo.
Al saltar al sofá, el reflejo de un cazador me pide hacer la pedicura y cambiar las uñas usadas por unas nuevas; el chéster era especial.
No dejaba de pensar en el espejo, por lo cual regresé e intenté un movimiento. Me retiraba y avanzaba, y el del espejo hacía lo mismo.
Me esforcé por arquear el lomo con el propósito de obtener una dimensión más amplia frente al espejo. Lo increíble, que el gato de Klimt me observaba.
Desde allí vi la ventana. Había una luz, pero era la del farol de la calle, entonces opté por la puerta. No conozco a ningún felino que le agrade.
Pensaba en el futuro: mi impresión de Lucy, que era de blando corazón, no faltaría ni techo ni comida. ¿Dos mundos? La calle y la casa.
La puerta llama.
La reacción repentina estaba allí, la percibí con las vibrisas, ronroneé, una manera de reír gatuna; vi de nuevo la ventana, luego el espejo sin dejar de pensar en el gato blanco de Klimt observando. Déjame pensar.
Me fui con estilo, como si alguien me estuviese mirando, a reflexionar al rincón que había elegido previamente. Acurrucado es mejor.
Con gracilidad, después de dormir, uno de mis placeres favoritos, esclarecer las ideas. La puerta era el final, pero al consultar con el gato blanco de Klimt, esta vez lo vi diferente en su propia desnudez, franco y libre. ¿Por qué él está en un jardín y yo no? Muestra su interior. Faltaba una consulta, pues la ventana estaba descartada tanto como vía de escape como por lo alto; aunque mis congéneres decían que caería en pie, pero siempre por más que sea da miedo.
Con el espejo efectué un ejercicio de atención, y de pronto un rival, a su vez, hizo un gesto de respeto con el fin de no despertar a Lucy.
Desde que la conocí, la consideré una gata gigante sin bigotes. Me pregunté: «¿Cazar?». Una de mis aventuras preferidas. «¿Ver un ratón?». Jamás. Como máximo, fantasear con una pelota detrás de ella, pensando que poseía vida por el movimiento. El engaño no es lo mío.
Me alejé y alcé. Mi cola hizo una erección; no estaba a gusto.
Me hice una visión clara sobre la entrada, diseñé un plan para escapar: me ubicaré en un acecho oculto, donde la gata gigante al despertar no me encuentre; con inocencia abriría. Tenía segundos, un acto ritual. La obediencia no era, llamaba lo salvaje, el libre albedrío, escapar era una cacería del inocente albedrío.
Lucy me buscó. Estaba detrás del espejo, cerca de la puerta. Con ingenuidad, abrió. Maullé de compasión, pensó que iba hacia ella, se inclinó para recibir caricias, pasé sigiloso entre sus piernas, alcancé la puerta abierta y, de repente, apareció la libertad.
Curriculum: Jose Maria Aristimuño P.
Venezolano. Escritor
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