La apreciación del tipo de cambio está comenzando a complicar las finanzas de las empresas, porque en una economía donde el nivel de dolarización efectiva de las transacciones supera 65%, la pérdida inducida de poder de compra del dólar estadounidense representa costos incrementales para las empresas.
Definitivamente, esta fuerte apreciación cambiaria, no es la vía económica y financieramente aconsejable para hacer retroceder a la inflación. Los términos del ajuste macroeconómico que el gobierno está implantando, en un período de fuertes sanciones internacionales y de empobrecimiento masivo de la población, son realmente duros.
No es que las medidas, en el plano teórico, sean improcedentes. Obviamente, hay que llevar el gasto público a un nivel adecuado. Una nómina pública de más de 5.000.000 de personas es incosteable y explica, en buena medida, porqué los salarios no pueden subir, afectados, además, por los graves problemas financieros que siguen acosando a la administración del Estado, en parte importante como saldo de las sanciones internacionales.
Tampoco se puede cuestionar la necesidad de imponer un orden monetario, pero el problema es el contexto crítico al que ya venía sometida la economía venezolana. En concreto, la dolarización apareció, como respuesta de una parte de la sociedad, a una pertinaz inflación que se convirtió en hiperinflación.
De manera que usar masivamente moneda extranjera fue un ajuste indispensable para enfrentar la feroz pérdida de capacidad adquisitiva de nuestra moneda y ahora, sin que ese signo monetario nacional se haya recuperado realmente, sin tener los niveles de crecimiento y productividad en la economía para sustentar un equilibrio macroeconómico sano, se devalúa artificialmente al dólar.
Y está, además, el tema del costo de esta política de apreciación, sustentada en restringir la oferta de bolívares e inyectar divisas al mercado cambiario oficial para mantener los precios de las divisas extranjeras, e incluso presionar a una reducción de las cotizaciones, tanto en las mesas cambiarias de la Banca como en el mercado paralelo.
Según nuestros cálculos, la apreciación del tipo de cambio es superior a 65% y, en lo que va de año, según la información que manejamos, el Banco Central de Venezuela (BCV) ha destinado 581.000.000 de dólares a su política de intervención cambiaria, un promedio por intervención semanal de 65.000.000 de dólares.
Si este promedio se mantuviera, asumiendo como escenario una operación de intervención semanal, la autoridad monetaria estaría destinando, este año, 3.380 millones de dólares a la venta de divisas para contener el precio, en una proyección lineal.
Para que se tenga una idea, esta cifra, que puede ser un escenario base, sería equivalente a 32,5% de las importaciones proyectadas para este año, las cuales estimamos en 10.400 millones de dólares y, además, una porción similar de unas reservas internacionales que, formalmente, hemos proyectado en 11.000 millones de dólares, al cierre de 2022.
Esta situación es una amenaza clara para la recuperación de sectores estratégicos, como la Manufactura y la actividad Agrícola y Pecuaria, entre otras con alto contenido nacional, porque sigue abaratando de manera artificial las importaciones, a pesar de la inflación internacional y repercutiendo negativamente, en las empresas exportadoras.
En todo caso, partimos del supuesto lógico de que, si bien los ingresos petroleros –que habría que reestimar al alza si la guerra ruso-ucraniana se prolonga o si el conflicto escala con sanciones petroleras a Rusia, que es uno de los mayores productores globales – serán mayores y, en consecuencia, permitirían mantener esta estrategia de intervención, será necesario que el BCV permita un incremento controlado del tipo de cambio para moderar los efectos contractivos de la apreciación cambiaria, ya señalados.
Bajo este supuesto, proyectamos, por el momento, un tipo de cambio oficial de 9,14 bolívares por dólar al cierre del año y de 9,35 bolívares en el mercado paralelo, con un nivel de aumento de la inflación anualizada que fijamos en 330%; si bien una mejora en comparación con los últimos tres años, pero que sigue siendo extremadamente elevada aún con las fuertes presiones inflacionarias que hay en la economía global
Sin duda, tenemos que reconocer que estamos en un escenario macroeconómico y regulatorio más benigno. Esto es real y ha tenido una respuesta muy positiva del sector privado, que ha incrementado sus niveles de inversión, a pesar de la desconfianza que persiste y del cúmulo de reformas que están pendientes y son indispensables para conseguir un crecimiento realmente sostenible de la actividad económica.
El crecimiento que estamos observando es débil y desigual. Esta fragilidad es un riesgo tremendo en un contexto internacional cada vez más complejo, donde la economía mundial está mostrando una serie de indicadores preocupantes tales como un aumento de inflación que no luce meramente temporal, un coronavirus en permanente mutación que pareciera que continuará sembrando incertidumbre y unos riesgos geopolíticos que se han hecho evidentes con la invasión de Rusia a Ucrania.
En este momento creemos que las consecuencias económicas y financieras de este histórico acontecimiento son imprevisibles y muy probablemente vayan mucho más allá de Ucrania, sin olvidar que uno de los principales socios de Venezuela es justamente Rusia. Estamos ante el hecho de una depresión geopolítica.Multitudinarias manifestaciones en Europa contra la invasión de Rusia a Ucrania
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