La cartera de créditos de la Banca venezolana terminó 2021 con un saldo equivalente a 341.300.000 de dólares, una cifra que pudo ser menor si se toma en cuenta el impacto de la apreciación real del tipo de cambio.
No hace falta insistir en la comparación con las bancas de otros países de América Latina, pues ya está claro que el volumen de préstamos que se otorga en Venezuela es el menor, por mucho, de la región.
La cartera de créditos es un indicador clave porque refleja el que debería ser el principal negocio del sistema financiero. El índice de intermediación financiera cerró diciembre en 15,72 %, un descenso importante frente al 20,53 % de 2020 que ya de por sí era un marcador deficiente, sobre todo en un momento de fuerte recesión.
Al cierre del año pasado, la Banca generó solo 25,7 % de sus ingresos por la intermediación financiera, mientras que el resto los obtuvo de comisiones por servicios y otros ítems operativos, lo que significa que el sistema bancario venezolano se ha visto obligado a cambiar radicalmente su modelo negocios para sobrevivir.
¿Este cambio es positivo para la economía? Evidentemente, la respuesta es no. La Banca no está cumpliendo su función esencial y por la cual se justifica su existencia, que es apalancar el desarrollo económico con capital, justo en uno de los momentos más críticos de la historia venezolana, cuando factores internos y externos se conjugan para crear una recesión de dimensiones sin precedentes en la historia contemporánea del país.
Hemos reseñado en Banca y Negocios la desaceleración del resultado neto del sector y la Rentabilidad sobre Patrimonio (ROE) terminó el ejercicio en menos de 10 % y con tendencia descendente.
En consecuencia, desde hace ya bastante tiempo hemos venido señalando en Aristimuño Herrera & Asociados la necesidad de un reacomodo en el sistema bancario venezolano, porque consideramos que el constreñimiento de la economía debe conllevar a un ajuste proporcional en el tamaño del sector. Claramente, el sistema está sobredimensionado en función del tamaño real del mercado.
Un elemento clave de esta situación es el aumento de los niveles de concentración de mercado en prácticamente todos los segmentos del sistema. Pongamos solo dos ejemplos: 74 % de la cartera de créditos está concentrada en 5 bancos, del total de 30 registrados oficialmente en el sistema, mientras que prácticamente las mismas 5 entidades también absorben 75 % de los depósitos.
Esta situación, obviamente, deja muy poco margen para el resto de las instituciones, donde se pierden economías de escala importantes, lo que resta al sistema eficiencia para apalancar al aparato productivo y comercial del país.
No vamos a entrar aquí en el debate sobre cuántas instituciones deben funcionar en el sistema; en primer lugar, porque canonizar la concentración del mercado no es un ejercicio sano y, luego, porque, en realidad, en un entorno diferente y de crecimiento la Banca debería contar con más actores de los que incluso existen actualmente, pues la competencia siempre es conveniente en la búsqueda de eficiencia.
Pero sí es necesario que se adopten urgentes medidas para que el sistema bancario se ajuste patrimonialmente de manera sana, logre incrementar sus niveles de capitalización en la medida en que ello sea necesario, comience de inmediato a prestar fondos, tanto en bolívares como en moneda extranjera, y que pueda adaptarse a las nuevas exigencias y tendencias del negocio de una manera ordenada.
Sí, evidentemente, en esta coyuntura una estrategia de fusiones luce necesaria, pero esta debe partir de los propios actores del negocio y ejecutarse con toda la libertad que permita el ordenamiento regulatorio vigente.
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