1280 portal turimiquire 2

Armando Martini Pietri octubre

Armando Martínez ¨Pietri

Cortesía de EL NACIONAL en Google
Captura de pantalla 2026 10 15 205158
Calle de Caracas

Cada vez que un politiquero sin relevancia, un poeta de sobremesa, un mediocre sin remedio y un charlatán oportunista vendedor de milagros suelta aquello de “el alma del pueblo”, conviene santiguarse, rezar una plegaria y, por si acaso, un rosario completo, porque lo que viene es un discurso fastidioso, difuso y embustero. El alma no roba, son las grandes palabras que llegan con la mano extendida. El componente espiritual del pueblo existe, sí, pero le tiene alergia al micrófono.
Hemos conocido suficientes venezolanos como para saber que el espíritu de un pueblo no anda en carro blindado, ni duerme en palacios, no se da el lujo de la delicadeza culinaria ni de los placeres básicos de la vida. Anda en autobús y a veces ayuda a empujarlo, no habita en himnos ni en retratos oficiales, vive en lo sencillo del olor de una arepa asada, el sabor de unas caraotas refritas, el aroma del café recién colado. En la existencia del muchacho con perinola, trompo y metras que se marcha, dejando atrás sus querencias y en el ciudadano que no consigue medicinas para un familiar enfermo y luego desconsolado llora sin tener con qué enterrarlo.
¿Qué es la esencia interna del pueblo? La memoria que no se deja borrar, la risa que se cuela entre dos penas, el anhelo de libertad, tener miedo y no avergonzarse, amar sin pedir permiso; lo que queda cuando ya casi no hay nada. No es el atributo místico del cielo con olor a incienso, es la costumbre de ser gente, ejercer ciudadanía, decir “buenos días” y sonreír frente a la miseria. Saber que se puede perder comodidad, dinero, paciencia y, aun así, conservar adentro algo que no se compra ni se vende.
¿Y cuál es su oficio en la Venezuela de hoy? Levantarse y hacer milagros, convertir una hallaca en ceremonia de familia, celebrar un cumpleaños con prohibiciones. Enseñarle a un niño a leer a la luz de una vela, compartir el pan y aguantar sin volverse piedra. Llorar sin perder la ternura, irse sin dejar de querer y quedarse sin esperar, pelear por la vida con una sonrisa, aunque fingida y llena de dolor.
Las arengas exclaman “pueblo”; arriesgados y osados “nuestro pueblo”; los audaces, demagogos y atrevidos populistas “nuestro amado y querido pueblo”. Mientras, el ciudadano de carne y hueso, de a pie, desde la lejanía, reclama comida, electricidad, agua, salud y un salario digno, que no es mucho pedir. Esa es la diferencia entre retórica y alma; la primera come en manteles, la segunda donde puede y a veces invita al que no tiene.
Una vez contaron la historia de un viejo, en un pueblo de la Venezuela profunda, a quien se le quemó la casa y que, en vez de lamentarse, fue a ayudar a apagar la del vecino. Cuando le preguntaron por qué, respondió: “Mi casa ya no tiene remedio, pero la de él sí. Y mañana, para acompañarlo, voy a tomarme un cafecito caliente”. Eso es voluntad, no la que llora, sino la que trabaja entre cenizas.
El ánimo del pueblo venezolano está en la cola que se organiza sola, el autobús o “por puesto” que, destartalado, funciona a duras penas. En la gaita que invita a bailar, aunque el bolsillo esté en cuaresma, en el cuatro al que le falta una cuerda y aun así toca maravillosas melodías. En el maestro que da clase con ganas a pesar de todo; en la enfermera cuyos turnos no caben en el reloj. Está en quienes reciben una remesa y lo primero que preguntan es quién la necesita más, en el que se fue y manda un abrazo por WhatsApp, en los que se quedaron y no se quejan todo el día, aunque derecho no les falta.
Que no venga el oportunismo vulgar, barato con la tontería de que la entraña del pueblo es de izquierda o derecha; el alma no vota, vive. La política pasa como el río, pero el aliento se queda en la orilla y a veces se la intenta usar de bandera, pero no se deja izar, baja del asta y se va al mercado.
Si alguien pregunta qué es el alma venezolana y qué hace hoy, la respuesta es sencilla, es la gente que, en plena tormenta, no pierde la costumbre de ser humana, que su faena diaria es mantener la humanidad en pie; hacer de la necesidad una escuela, del dolor un canto y de la copla una manera de no rendirse. Porque se puede perder casi todo, pero mientras se conserve el alma, todavía queda con qué empezar de nuevo. No lo digo, lo he visto y contra lo que uno ha visto, no hay retórica que valga.