El BCE y otros suben los tipos de interés para enfriar los precios. Se espera lo mismo en Estados Unidos. Pero ahora asumen más riesgos respecto a la IA y las turbulencias en la deuda pública. De izquierda a derecha, Andrew Bailey, gobernador de Inglaterra; Christine Lagarde, presidenta del BCE, y Kevin Warsh, presidente de la Reserva Federal, el pasado julio en Sintra (Portugal).
Los bancos centrales vuelven a la carga contra la inflación y esta vez será diferente.
El Banco Central Europeo (BCE) subió los tipos de interés el jueves —un cuarto de punto, hasta el 2,5%—, en la que es la segunda alza del año. Se espera un incremento por parte de la Reserva Federal esta semana con un 80% de probabilidades, si bien el Banco de Inglaterra parece más inclinado a esperar. Nueva Zelanda ya los subió a primeros de mes, igual que el Banco de Japón en junio y el de Corea en agosto. La subida del precio del petróleo y el gas, como consecuencia de una guerra de Irán que lleva ya siete meses, ha calentado la inflación y resucitado la guerra de la política monetaria contra esta, después de la gran escalada de 2021-2023.
El objetivo de inflación ortodoxo en la economía, un aumento de precios al ritmo del 2%, se encuentra cada vez más lejos como consecuencia de un barril de brent —el de referencia mundial— en la peligrosa barrera de los 100 dólares y un gas en el umbral de 2023. La tasa de la zona euro se situó en el 3,3% el pasado agosto; la de España, en concreto, en el 4,3% por el encarecimiento de los carburantes.
La subida de tipos, es decir, la subida del precio del dinero, sirve para ralentizar la demanda, encarecer préstamos e hipotecas y enfriar los precios, pero si el acelerón de estos no tiene que ver con la actividad económica en sí, sino con un factor exógeno como un conflicto bélico, ¿es adecuada la misma respuesta Es una pregunta similar a la planteada hace cuatro años, a raíz de la invasión rusa de Ucrania y el bloqueo en la cadena de suministros.
Ahora vuelve la inflación, vuelve la batalla contra esta, pero los banqueros no quieren esta vez demorarse en tomar medidas, como ocurrió hace cuatro años. Santiago Carbó, catedrático de CUNEF y experto en política monetaria, es crítico con la última decisión del BCE: “Por ahora, la inflación subyacente [que excluye energía y alimentos frescos] se está comportando, lo que significa que aún no ha entrado en el sistema, no han entrado en el resto precios, los salarios… Yo no estoy muy convencido con lo que están haciendo; ya me pareció dura la subida que hubo en junio y me pareció que era una sobrerreacción. Esta ya no es una medida cosmética”, explica.
Los actuales números palidecen ante la espiral de subidas de precios de doble dígito que se alcanzó en la anterior crisis de inflación, pero se respira un aire de déjà vu en todo esto. Alessandro Merli, miembro de la Johns Hopkins University y veterano analista del BCE, comparte la tesis del miedo supino que hay en Fráncfort a que se les acuse de tropezar de nuevo en la misma piedra. También observa diferencias de calado con el pasado: la repercusión en Europa de la guerra de Ucrania fue “más severa” que esta nueva crisis del Golfo y la economía resistió mejor de lo esperado en la escalada inflacionaria anterior.
Por el contrario, el paisaje es mucho más borroso que antes. “La situación geopolítica es mucho menos clara; Ucrania tuvo mucho impacto, pero ahora estamos viviendo cambios de dirección de Trump cada 15 días, o incluso cada semana, así que todas las asunciones que se hicieron desde el BCE o el Fondo Monetario Internacional cuando el conflicto comenzó, en febrero, han durado muy poco”, explica.
Eso obliga a los bancos centrales a ir con pies de plomo, más de lo habitual. Ya nadie se atreve a usar el adjetivo “transitoria” para hablar de la inflación, pero la acción de momento está siendo gradual. El nivel actual del precio del dinero, del 2,5%, no puede considerarse todavía restrictivo, es decir, capaz de frenar la actividad económica de forma reseñable, teniendo en cuenta que la inflación de agosto tocó el 3,3%. La cuestión es si finalmente vemos otra subida de tipos de interés antes de terminar el año.
En ese caso, pintan bastos, ya que, con un aumento de los intereses, la deuda pública de los países también empieza a sufrir en los mercados. Y hay mucha, mucha deuda pública en juego. Con las cifras que maneja el FMI, podemos calcular que el pasivo global mundial alcanzará una cifra equivalente al 100% del producto interior bruto (PIB) total en 2029, cinco puntos por encima de donde quedó en 2025, un nivel inédito desde la Segunda Guerra Mundial.
Son las economías desarrolladas las que más están tirando de la manga. Estados Unidos, por ejemplo, se encuentra en un nivel de dinero a deber similar al de los años 40, pero con una diferencia muy importante, y es que el coste de los intereses es de casi el doble ahora. Los inversores recelan cada vez más de estos números y, para comprar bonos y letras, están pidiendo una rentabilidad creciente, lo que significa otra importante diferencia con relación a la escalada inflacionaria de 2021-2023. Esta semana, los intereses que estaban pagando los bonos estadounidenses a diez años, que es la referencia mundial, se movieron en el 5%, lo que está solo a unas milésimas de marcar el máximo en casi dos décadas.
Tal vez el caso de EE UU resulta el más llamativo, pero las turbulencias se extienden también por la zona euro: el jueves, el día que el BCE anunció la subida de tipos, el bono a 10 años de España pagaba una rentabilidad del 4%, siete puntos básicos por encima de la jornada anterior, y otras economías desarrolladas como Francia, Alemania, Japón o Reino Unido se encuentran ya a niveles de 2011, en plena crisis financiera y de deuda soberana.
Es algo sobre lo que también llama la atención Santiago Carbó. “Me preocupa la presión sobre los bonos; en 2022 también hubo tensión, pero no como ahora”, afirma.
Todos los ojos estarán puestos en Washington la próxima semana, de cara a la reunión de la Reserva Federal. Los datos de inflación conocidos el viernes, que la mantienen en el 3,4% en agosto, han elevado la probabilidad que los analistas dan a un alza de tipos, que se encuentra entre el 80% y el 90%. La presión crece sobre la Fed y su presidente, Kevin Warsh, que ha entonado una melodía de halcón en estos meses en el puesto, pero viene marcado por el intento de injerencia de Donald Trump. Estados Unidos celebra sus elecciones legislativas en noviembre y el coste de la vida pasa factura en el ánimo de los votantes.
Burbuja
El grueso de la marcha económica estadounidense se apoya, a la postre, en el bum de la inteligencia artificial (IA), cuya resistencia despierta dudas más que lógicas, habida cuenta del volumen de inversiones que mueve con base en unas expectativas de ganancias solo futuras. Este asunto añade complejidad a la tarea de los bancos centrales, mucho mayor de la que asumían hace cuatro años, en tanto que la bola de nieve ha crecido en este tiempo.
El Banco de Pagos Internacionales (BIS, en las siglas en inglés) advirtió este verano de que la burbuja de la IA (llámelo bum si discrepa de la sobreexpectativa que el mercado ha puesto en ella) era capaz de surtir en la economía general un impacto suficiente como para “moldear las perspectivas económicas en tiempo real”.
Hace cuatro años, los banqueros centrales fueron capaces de llevar a cabo una “desinflación inmaculada”, un fenómeno infrecuente en la historia: acometer subidas abruptas de tipos para rebajar una escalada de inflación sin acabar provocando una recesión económica. Hoy, la evolución de los precios no se encuentra en ese ritmo, ni el alza del precio del dinero va al galope, como entonces, pero las aguas resultan más inciertas.
Amanda Mars – El País de España
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