Análisis de entorno.
La política estadounidense hacia Venezuela debe ser leída dentro de las urgencias globales de Washington. El mundo no está organizado en una sola crisis, sino en varias crisis que compiten por atención, recursos y capacidad política.
Venezuela no está viviendo solamente una negociación petrolera, ni una transición política convencional. Está siendo incorporada —con escasa capacidad de decisión propia— a una arquitectura geopolítica más amplia que Estados Unidos viene diseñando para el hemisferio y que Trump II ha decidido ejecutar con mayor velocidad, dureza y sentido transaccional que sus antecesores, y que marcará el camino para las siguientes presidencias… ya sean trumpistas o demócratas.
Para los venezolanos, los dos temas esenciales son democracia y libertad, por un lado; petróleo, empleo, divisas y servicios, por el otro. Para Washington, ambos asuntos se inscriben en una matriz más amplia: seguridad hemisférica, control de rutas marítimas, reducción de migración, energía, lucha contra organizaciones criminales, competencia con China, contención de Rusia e Irán y reafirmación de la presencia estadounidense en América Latina.
La diferencia de escala importa. Para Venezuela, lo que está en juego es la vida nacional: quién gobierna, si habrá elecciones, si cesará la persecución, si la gente podrá recuperar salario, seguridad, servicios y futuro. Para Estados Unidos, Venezuela es una pieza muy relevante, pero una pieza dentro de un tablero multifrente, multidimensional y multifuncional.
Esa asimetría explica la incomodidad venezolana. Washington hace lo que hace porque puede hacerlo: dispone de fuerza financiera, capacidad militar, dominio tecnológico, peso regulatorio, acceso a mercados, control sobre licencias y sanciones, influencia sobre el sistema financiero internacional y capacidad de convocar —o excluir— capital privado.
Hoy no existe, en América Latina o en el mundo, una fuerza política, económica o militar que pueda impedirle intervenir sobre los activos estratégicos venezolanos… solo tal vez el pueblo venezolano en la calle reclamando por los derechos que le conculcó el chavismo y que ahora administra EEUU.
La pregunta no es si Estados Unidos tiene capacidad para hacerlo. La tiene. La pregunta es si usará esa capacidad para ayudar a reconstruir una Venezuela libre, institucional y próspera, o si se conformará con una Venezuela estable, petrolera, funcional y obediente.
El tablero global antes que Venezuela
La política estadounidense hacia Venezuela debe ser leída dentro de las urgencias globales de Washington. El mundo no está organizado en una sola crisis, sino en varias crisis que compiten por atención, recursos y capacidad política.
Estados Unidos enfrenta simultáneamente una guerra y tensión energética en Medio Oriente; el conflicto aún abierto entre Rusia, Ucrania y Europa; una relación de competencia y disuasión con China en el Indo-Pacífico; y un continente africano cada vez más relevante como reserva estratégica de minerales, corredores marítimos, alimentos, energía y disputa de influencias.
Frentes geopolíticos y prioridades estratégicas de EE. UU.
Análisis regional de urgencia, intereses y riesgos
| Frente geopolítico | Urgencia para EE. UU. | Interés estadounidense | Riesgo principal |
|---|---|---|---|
| Medio Oriente | Muy alta | Seguridad de Israel, rutas marítimas, petróleo, contención de Irán y grupos aliados | Escalada regional, disrupción energética y costo militar prolongado |
| Rusia–Europa | Muy alta | Preservar la seguridad europea, la OTAN y el equilibrio continental | Guerra prolongada, desgaste de aliados y riesgo de escalada con Rusia |
| China–Indo-Pacífico | Alta y estructural | Disuasión, tecnología, comercio, Taiwán, rutas marítimas y cadenas de suministro | Conflicto de alta intensidad y ruptura económica global |
| América Latina | Alta y creciente | Seguridad hemisférica, migración, energía, minerales, narcotráfico y exclusión de rivales | Estados fallidos, criminalidad, presencia china/rusa/iraní y desorden migratorio |
| África | Media, con tendencia creciente | Minerales críticos, alimentos, energía, puertos y competencia futura con China y Rusia | Vacíos de poder, golpes de Estado, terrorismo y pérdida de acceso estratégico |
En este contexto, la formulación de Joe Biden en 2022 sobre Rusia, Irán y China como un “eje del mal” expresó una realidad estratégica, aunque el lenguaje y las prioridades hayan evolucionado. La administración Trump no necesariamente organiza el problema bajo la misma etiqueta, pero actúa sobre una premisa similar: Estados Unidos no puede competir simultáneamente en Eurasia, Medio Oriente e Indo-Pacífico si permite que su retaguardia hemisférica se convierta en espacio de penetración de potencias rivales, redes criminales o gobiernos hostiles.
América Latina, por tanto, deja de ser periferia política y vuelve a ser retaguardia estratégica. No por nostalgia de la Doctrina Monroe, sino porque energía, minerales críticos, alimentos, migración, narcotráfico, puertos, cables submarinos, inversiones chinas y seguridad marítima han devuelto al hemisferio un valor central.
Trump II parece decidido a convertir esa prioridad en política operativa: cooperación estrecha con gobiernos alineados, presión sobre quienes se alejan, uso intensivo de aranceles, sanciones, licencias, inversiones, acuerdos de seguridad y control de activos estratégicos.
La fórmula puede resumirse así: América para los americanos, en su versión restringida —para los norteamericanos— y en su versión ampliada —un hemisferio occidental protegido de influencias hostiles.
América Latina: un mapa desigual
Estados Unidos no puede ni necesita intervenir del mismo modo en toda América Latina. Su margen de acción dependerá de la fortaleza institucional de cada país, su peso económico, su importancia estratégica, su exposición a crisis internas y el grado de alineamiento o fricción con Washington.
Indicadores económicos y estratégicos en América Latina
Comparativa de población, PIB, producción energética y relevancia institucional para 2026
| País | Población (aprox.) | PIB nominal (aprox.) | Crecimiento 2026 | Producción petrolera | Consumo petrolero | Fortaleza institucional | Papel en la estrategia estadounidense |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| México | 130–132 millones | US$1,8–2,0 billones | 1,6% | 1,6–1,8 MMbpd | 1,9–2,1 MMbpd | Media | Socio estructural por frontera, comercio, T-MEC, migración, manufactura y seguridad |
| Brasil | 210–215 millones | US$2,1–2,4 billones | 1,9% | 3,5–4,0 MMbpd | 3,0–3,3 MMbpd | Media-alta | Potencia autónoma, miembro de BRICS, proveedor de alimentos, energía y minerales |
| Argentina | 46–47 millones | US$650–700 mil millones | 3,5% | 0,75–0,85 MMbpd | 0,70–0,80 MMbpd | Media | Socio potencial: energía, alimentos, litio, Atlántico Sur y capital humano |
| Chile | 19–20 millones | US$330–360 mil millones | 2,4% | 10–20 mil bpd | 350–400 mil bpd | Alta | País institucionalmente sólido; cobre, litio, Pacífico y tratados comerciales |
| Colombia | 52–53 millones | US$420–460 mil millones | 2,3% | 0,75–0,85 MMbpd | 0,45–0,55 MMbpd | Media | Frontera venezolana, migración, narcotráfico, seguridad y conexión andina-caribeña |
| Venezuela | 28–29 millones | US$100–120 mil millones* | 4,0% | 1,2–1,3 MMbpd | 0,3–0,5 MMbpd | Muy baja | Petróleo, Caribe, crimen transnacional, migración y presencia extrahemisférica |
| Bolivia | 12–13 millones | US$45–55 mil millones | -3,3% | 40–60 mil bpd | 80–100 mil bpd | Baja | Fragilidad fiscal, escasez de divisas, crisis energética y posición andina |
| Guyana | 0,8 millón | US$25–30 mil millones | Alto por petróleo | 0,7–1,0 MMbpd | Muy bajo | Media | Contrapeso energético inmediato, seguridad marítima y frontera con Venezuela |
El FMI proyecta para 2026 crecimiento de 1,6% para México, 1,9% para Brasil, 3,5% para Argentina, 2,4% para Chile, 2,3% para Colombia, -3,3% para Bolivia y 4,0% para Venezuela. El crecimiento venezolano debe interpretarse con cautela: una economía puede expandirse porcentualmente luego de una contracción profunda sin recuperar salarios reales, productividad, servicios públicos ni institucionalidad.
Brasil: Autonomía, pero no indiferencia
Brasil no será un país “alineado” ni un país pasivo frente al rediseño hemisférico. Es una potencia regional con escala demográfica, territorio, agricultura, petróleo offshore, minerales, sistema financiero y proyección diplomática propia. Su pertenencia a BRICS le da incentivos para preservar vínculos con China, Rusia e India, pero su interdependencia comercial y financiera con Occidente le impone límites.
En el corto plazo, Brasil buscará sostener una estrategia de autonomía pragmática: comerciar con China, mantener canales con Europa, preservar diálogo con Washington y evitar convertirse en una plataforma de confrontación entre potencias. Para Estados Unidos, el objetivo no será “dominar” Brasil, sino evitar que Brasil lidere un bloque latinoamericano contrario a sus intereses o facilite una penetración estratégica de rivales en sectores sensibles.
Brasil será, por tanto, un país de negociación. Estados Unidos necesitará a Brasil para estabilidad regional, seguridad amazónica, minerales, alimentos, energía y gobernabilidad sudamericana. Brasil necesitará a Estados Unidos para mercados, inversión, tecnología y equilibrio frente a China. La relación será competitiva, cooperativa y estructuralmente ambivalente.
México: integración inevitable
México representa otra categoría. Su vínculo con Estados Unidos no se define únicamente por afinidades políticas, sino por geografía, cadenas productivas, frontera, migración, crimen organizado, energía y T-MEC. México tiene menor margen que Brasil para construir una autonomía estratégica completa, porque la integración económica con Estados Unidos es profunda y cotidiana.
En el corto plazo, Washington buscará mayor cooperación mexicana en migración, combate al narcotráfico, control fronterizo, seguridad de cadenas de suministro y nearshoring industrial. México, a su vez, buscará defender soberanía, proteger remesas, preservar exportaciones manufactureras y evitar que la seguridad se convierta en una forma de intervención directa.
La tensión principal estará entre integración y autonomía. Estados Unidos necesita una frontera estable y una economía mexicana funcional; México necesita acceso al mercado estadounidense. Ninguna de las dos partes puede ignorar a la otra. Pero la asimetría de poder hace que, en momentos de crisis, Washington tenga más herramientas de presión.
Venezuela: petróleo, seguridad y vacío institucional
Venezuela es distinta porque combina una riqueza energética extraordinaria con una institucionalidad extremadamente debilitada. Esa combinación la vuelve atractiva y vulnerable.
No se trata solo de reservas petroleras. Venezuela importa para Washington por seis razones:
*Su petróleo pesado y extrapesado puede ser relevante para refinerías específicas del Golfo de México.
*Su localización caribeña tiene importancia marítima, logística y de seguridad.
*Su frontera con Colombia conecta con narcotráfico, minería ilegal, grupos armados y migración.
*Su deterioro institucional facilita corrupción, economía ilícita y captura de rentas.
*Su relación previa con Rusia, China e Irán la convierte en un objetivo de reordenamiento estratégico.
*Su recuperación o colapso tiene efectos directos sobre Colombia, Brasil, Guyana, el Caribe y Estados Unidos.
Por eso el acuerdo de los 65.000 millones de barriles no debe ser interpretado como una inversión petrolera aislada; se trata de una operación de reposicionamiento estadounidense en el corazón energético y político de Sudamérica.
La Casa Blanca y Caracas han divulgado una estructura en la que NABEP recibe concesiones de largo plazo sobre 17 campos con unos 65.000 millones de barriles de reservas anunciadas. Estados Unidos tendría una participación de 35% en la empresa matriz, derecho a adquirir 20% de la producción a costo y preferencia sobre la comercialización del volumen restante.
El mensaje es inequívoco: Washington no quiere depender solo de sanciones o licencias aisladas. Quiere estar dentro de la arquitectura de producción, comercialización, financiamiento y gobierno corporativo.
El petróleo: Enorme, pero no inmediato
Los 65.000 millones de barriles son una cifra geopolítica. No son una producción diaria, no son flujo de caja y no son riqueza disponible para resolver de inmediato los problemas venezolanos.
La meta comunicada para el acuerdo es superar 1,5 MMbpd. Incluso si ese nivel se alcanzara y se mantuviera desde el primer día, serían necesarios 118,7 años para producir los 65.000 millones de barriles. En el horizonte de 25 años anunciado se producirían unos 13.688 millones de barriles: 21,1% de las reservas atribuidas al acuerdo.
Cifras clave del acuerdo de producción y reservas de crudo
| Variable | Magnitud | Significado |
|---|---|---|
| Reservas anunciadas | 65.000 MMbbl | Volumen de largo plazo; debe ser certificado y diferenciado por campo |
| Meta del acuerdo | Más de 1,5 MMbpd | 547,5 MMbbl/año en un escenario de producción estable |
| Producción de 65.000 MMbbl a 1,5 MMbpd | 118,7 años | La cifra no cabe en 25 años |
| Producción acumulada en 25 años | 13.688 MMbbl | 21,1% del volumen anunciado |
| Producción necesaria para extraer todo en 25 años | 7,12 MMbpd | Meta no realista para Venezuela |
| Producción actual atribuida a NABEP | Cerca de 0,2 MMbpd | Debe multiplicarse aproximadamente 7,5 veces |
| Producción venezolana actual | Cerca de 1,25 MMbpd | La meta del acuerdo supera la producción actual total del país |
La capacidad de Venezuela de aportar petróleo geopolíticamente relevante no llegará en 2026 ni en el muy corto plazo. Si se resuelven contratos, licencias, financiamiento, servicios, taladros, diluyentes, oleoductos, puertos y seguridad, los primeros resultados significativos podrían verse entre 2028 y 2030. El eventual plateau de 1,5 MMbpd del bloque requeriría entre cinco y ocho años. Por eso, Venezuela podría recuperar relevancia petrolera adicional hacia 2031–2034, no antes.
Reservas: Entre el anuncio y la realidad
Venezuela debe abandonar la comodidad de repetir que tiene “las mayores reservas del mundo” sin explicar qué significa. Tiene recursos petroleros enormes, especialmente en la Faja del Orinoco. Pero recurso no es igual a reserva; reserva no es igual a barril comercial; y barril comercial no es igual a renta disponible para el país.
Francisco Monaldi, director del Programa de Energía para América Latina de Rice University, ha cuestionado que los más de 300.000 millones de barriles declarados por Venezuela satisfagan el estándar de reservas probadas comercialmente recuperables y ha citado estimaciones mucho menores. Rystad Energy ha señalado que el volumen económicamente recuperable puede ser muy inferior a las cifras oficiales, debido al carácter extrapesado de gran parte del crudo, costos, infraestructura, precio requerido y ausencia de inversiones sostenidas.
La primera obligación técnica del acuerdo debería ser una recertificación independiente, campo por campo. No es un capricho académico: sin reservas auditadas, no hay financiamiento bancable, proyección fiscal confiable ni evaluación económica seria.
Hoja de ruta para la auditoría y certificación de reservas
| Trabajo indispensable | Resultado requerido |
|---|---|
| Identificar oficialmente los 17 campos y sus límites | Mapa, coordenadas, régimen contractual y operador previo |
| Auditar sísmica, núcleos, perfiles y producción histórica | Data room técnico verificable |
| Perforar pozos de evaluación y hacer pruebas de presión y flujo | Información de productividad, continuidad y calidad |
| Modelar cada yacimiento | Factores de recobro y perfiles de producción |
| Definir infraestructura y costos | CAPEX, OPEX, diluyentes, transporte, almacenamiento y abandono |
| Certificar bajo normas PRMS/SEC | Reservas 1P, 2P, 3P y recursos contingentes |
| Publicar resultados agregados y metodología | Base para financiamiento, control ciudadano y proyección de renta |
Con solo dos taladros activos al cierre de julio, Venezuela no puede explorar, delimitar y recertificar integralmente 17 campos, mientras pretende elevar la producción desde cerca de 200 mil bpd en el bloque NABEP hasta más de 1,5 MMbpd. Dos equipos permiten tareas puntuales y reacondicionamientos selectivos; no un programa masivo de evaluación y desarrollo.
La verdadera señal de que el acuerdo dejó de ser geopolítica para convertirse en industria será observar actividad física verificable: diez taladros, luego veinte, cuarenta y más; sísmica nueva; instalaciones de mezcla; diluyentes contratados; tuberías reparadas; almacenamiento operativo; personal especializado; producción incremental medida; y renta fiscal auditada.
Democracia, legitimidad y petróleo
El problema venezolano no es elegir entre democracia o petróleo. El problema es que no habrá petróleo sostenible sin reglas legítimas, y no habrá democracia estable si la renta petrolera sigue siendo administrada fuera del control ciudadano.
La recuperación económica puede ser buena. Chevron anunció planes para expandir sus operaciones y se informó una inversión de alrededor de US$7.000 millones para aumentar su producción venezolana hacia unos 600 mil bpd en cinco años. ENI, GE Vernova, ONGC y otros actores exploran o consolidan acuerdos en petróleo, electricidad e infraestructura. Si se ejecutan, esos proyectos pueden producir empleo, actividad de proveedores, entrada de divisas, mayor capacidad energética y recuperación de activos.
Pero la pregunta decisiva es quién administra esa recuperación, bajo qué reglas y con qué controles. Si la estructura económica se construye sin transparencia, competencia, auditoría y legitimidad política, el país puede obtener más barriles y continuar sin justicia, libertad ni instituciones.
El riesgo no es que Estados Unidos invierta. Venezuela necesita inversión. El riesgo es que, bajo el argumento de la urgencia, se consolide un modelo de tutela externa y continuidad interna: Washington controla el acceso a capital y mercados; un empresariado seleccionado administra activos; y el chavismo 3.0 conserva el poder político, la burocracia, los cuerpos coercitivos y la discrecionalidad.
Eso explica por qué declaraciones que postergan indefinidamente las elecciones son tan preocupantes. No hay transición democrática porque haya inversiones. La transición comienza cuando se liberan presos políticos, se desmantelan mecanismos de persecución, se restablece independencia judicial, se abre el espacio cívico, se garantiza libertad de prensa y se fija un calendario electoral competitivo.
Optimismo informado
Venezuela puede salir de esta etapa con más producción, inversión y presencia internacional. Puede reconstruir infraestructura energética, generar empleos, recuperar capital humano y volver a ser un actor relevante en el Caribe y Sudamérica. Pero nada de eso ocurrirá por repetición de cifras ni por confianza ciega en Washington.
La esperanza racional no consiste en negar las dudas. Consiste en trabajar para que el acuerdo de los 65.000 millones sea sometido a condiciones que lo hagan útil para Venezuela: contrato público, reservas certificadas, competencia en la selección de operadores, inversión efectivamente desembolsada, empleo local, protección ambiental, auditoría de barriles, impuestos y regalías trazables, reparación de infraestructura y control ciudadano.
El optimismo informado tampoco supone olvidar que Estados Unidos opera desde sus intereses. Los intereses de Washington pueden coincidir parcialmente con los venezolanos: seguridad, petróleo, contención de crimen, recuperación económica y reducción de migración. Pero coincidencia no es identidad. Venezuela debe convertir esa coincidencia circunstancial en reglas, contratos, instituciones y derechos duraderos.
El éxito no será que Estados Unidos controle una parte del petróleo venezolano. El éxito será que Venezuela recupere control sobre sí misma: su justicia, sus elecciones, sus cuerpos de seguridad, su renta petrolera, sus servicios públicos y su futuro. Si el acuerdo sirve para eso, habrá sido una oportunidad histórica. Si solo sirve para administrar petróleo desde arriba y postergar libertad desde abajo, será otra promesa grande construida sobre un país pequeño en derechos.
Unas palabras sobre María Corina Machado
María Corina Machado sigue representando algo que ningún acuerdo petrolero, ninguna tutela externa y ninguna transición administrada desde arriba puede sustituir: la legitimidad del mandato popular de cambio. Podrán intentar postergar su papel, condicionarlo o diluirlo entre negociaciones y nuevos interlocutores, pero Venezuela no podrá cerrar de verdad esta etapa sin incorporar a quien encarna, para millones de venezolanos, la exigencia de libertad, voto y ruptura con el sistema que los oprimió.
Contacto: Mail: btripierntn@gmail.com – Instagram: @benjamintripier – X/Twitter: @btripier
El Nacional
La entrada La nueva arquitectura del poder en Venezuela, por Benjamín Tripier se publicó primero en Emisora Costa del Sol 93.1 FM.

