
Presenciamos una metamorfosis tan acelerada como preocupante del oficio periodístico. Quienes nos formamos bajo el rigor académico de la vieja escuela, conformada por connotados docentes y dirigentes del Colegio Nacional de Periodistas (CNP), comprendimos que la contrastación de fuentes, la investigación exhaustiva y la ética son principios cardinales para el ejercicio de nuestra profesión.

Hoy observamos con profunda preocupación el auge del webperiodismo y la proliferación de plataformas digitales al servicio del poder político y económico, cuando su verdadera misión es democratizar la información para los ciudadanos. Lamentablemente, una buena parte de los nuevos profesionales ha cambiado el compromiso ético y social por la prebenda económica, la complacencia política y el aplauso digital efímero.
Por otro lado, “el palangre”, ese vetusto vicio de mercantilizar el ejercicio periodistico, ha encontrado en el ecosistema digital un terreno fértil, disfrazado de innovación informativa. Portales noticiosos, creadores de contenido, _influencers_ y comunicadores sociales operan bajo la dictadura del algoritmo y se colocan al mejor postor, convirtiéndose en reforzadores de la hegemonia comunicacional que amenaza la pluralidad y la libertad de expresión.
Muchos noveles periodistas persiguen con vehemencia el “like” , la reproducción del podcast y la cantidad de seguidores, descuidando el debate intelectual y la rigurosidad científica que exige el ejercicio de la profesión. Al masificarse el uso de la tecnología, se ha producido un gran vacío en lo que realmente importa: la formación intelectual y deontológica del periodista.
Lo más patético de este fenómeno es la agonía del periodismo de denuncia y de investigación. No es casual que hoy los hechos de corrupción administrativa y escándalos políticos se diluyan en una serie de contenidos banales y reportajes patrocinados, denominados también publirreportajes. Hemos olvidado que el periodismo es de naturaleza política y un contraparte a los grupos de poder. Por tanto, su misión histórica no es agradar a los gobernantes ni servir a los grupos económicos. El papel del periodista es confrontar al poder hegemónico para desempolvar la verdad y defender las libertades públicas.
La adaptación a las nuevas tecnologías y redes sociales es una necesidad en este profesional, pero no debe ser una excusa para contraponer y negociar los principios éticos. El periodismo no se mide en “likes”, se mide en verdades. El periodista no es un simple mercader digital, es un intelectual que interpreta con ojo crítico la realidad social. Por eso nuestro llamado a las universidades en la reorientacion curricular y formación del periodista en esta era inundada de desinformación.
Tuvimos el privilegio de nutrirnos en las aulas universitarias bajo la rigurosidad analítica y la lucidez intelectual de Eduardo Orozco, Isabela Track, Gerardo Oviedo, Juan Páez Ávila, Adolfo Herrera, Nicodemo Pasquale y otros descollantes docentes y defensores del gremio periodístico. Esos formadores de la escuela de Comunicación Social de la UCV nos enseñaron que el periodista no es un simple informador, un técnico audiovisual ni un autómata al servicio de los grupos hegemónicos, sino un intelectual comprometido con la verdad y la democracia.
(*) Presidente del Tribunal de Ética y Disciplina del CNP-Sucre
