La jefa del Museo de Biología de la Universidad Central de Venezuela e investigadora del Instituto de Zoología y Ecología Tropical de la Facultad de Ciencias recibió el ISTS Champions Award 2026, que reconoce a profesionales cuya trayectoria tiene impacto demostrable en la preservación de las tortugas marinas a escala global. Dos premios, tres décadas y cero financiamientos: el año en que Venezuela reconoció a su mejor científica de tortugas.
Llovizna sobre el campus de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela cuando Hedelvy Guada sale de su laboratorio a hablar de tortugas.
Elige las palabras despacio. Sabe que cada cifra que pronuncia tiene consecuencias. La primera que menciona no es esperanzadora: de cada mil crías de tortuga marina que emergen de la arena y se lanzan al agua, solo una llega a adulta. Una. En un océano que las espera con redes de pesca, anzuelos, embarcaciones, plásticos y temperaturas que suben año tras año, novecientas noventa y nueve no tienen posibilidad real.
Eso lo sabe Guada desde hace más de cuarenta años.
Jefa del Museo de Biología de la Universidad Central de Venezuela e investigadora del Instituto de Zoología y Ecología Tropical de la Facultad de Ciencias, ha dedicado su carrera a buscar soluciones para estos reptiles de tronco ancho, corto y caparazón.
De cada mil crías de tortuga marina que emergen de la arena y se lanzan al agua, solo una llega a la edad adulta.
En 2026, la Sociedad Internacional de Tortugas Marinas —International Sea Turtle Society, ISTS, fundada en 1981 y con sede en los Estados Unidos— le otorgó el ISTS Champions Award en el marco de su XLIV Simposio Internacional, celebrado en Kailua-Kona, Hawái.
El premio, que reconoce a profesionales cuya trayectoria tiene impacto demostrable en la preservación de las tortugas marinas a escala global, llegó sin dinero adjunto. Solo un certificado. “Soñaba que viniera con un chequecito que me ayudara para las investigaciones”, dice, y se ríe. Suspira con calma luego. Tiene claro que lleva décadas aprendiendo a trabajar sin recursos suficientes. Y está orgullosa de ello.
En el mundo existen siete especies de tortugas marinas, y Venezuela tiene la fortuna de contar con cinco de ellas.
Ecosistema
En el mundo existen siete especies de tortugas marinas. Venezuela tiene cinco. El número suena generoso hasta que se analizan las cifras. Cuatro de esas cinco especies figuran en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) como En peligro o En peligro crítico. La quinta, la tortuga cabezona o loggerhead, está catalogada como Vulnerable.
El Caribe, donde Venezuela tiene su zona costera más importante en términos de anidación, registra descensos en las poblaciones de tortugas que los investigadores han documentado a lo largo de las últimas dos décadas.
Estamos teniendo menos tortugas de las que teníamos hace 10 o 15 años atrás, confirma Guada. Pero eso es un fenómeno regional. No es atribuible a que estemos trabajando mal. Es algo que se ha observado en la Cuenca del Caribe y que se ha notado más en algunos países que en otros.
Las causas son múltiples y conocidas: captura incidental en redes de pesca y anzuelos de palangre, colisiones con embarcaciones, contaminación por plásticos, alteración de playas de anidación por desarrollo costero y, de forma creciente, el aumento de temperatura del agua y de la arena provocado por el cambio climático que afecta la proporción de sexos en las crías, dado que la temperatura del nido determina si los huevos producen hembras o machos.
Las cinco especies que habitan aguas venezolanas tienen perfiles y estatus distintos, aunque comparten la misma vulnerabilidad estructural.
La tortuga cardón —Dermochelys coriacea, la tortuga marina más grande del mundo— puede alcanzar 1,80 metros de longitud de caparazón y llega a pesar más de 900 kilos. A diferencia del resto, su caparazón no es duro sino coriáceo, cubierto de una piel oscura con líneas claras que le da una apariencia casi prehistórica. Está clasificada como Vulnerable, aunque varias de sus subpoblaciones del Atlántico se encuentran en estado Crítico.
La tortuga verde o Chelonia mydas, catalogada En Peligro, puede vivir hasta 80 años y solo alcanza la madurez sexual entre los 20 y los 50. La carey o Eretmochelys imbricata está En peligro crítico —la categoría más alta antes de la extinción— en parte porque su caparazón, formado por placas superpuestas de gran belleza visual, fue durante siglos materia prima para la bisutería y el comercio ilegal. La cabezona o Caretta caretta, Vulnerable, puede superar el metro diez de caparazón y es conocida por su capacidad para triturar crustáceos y moluscos de concha dura.
Finalmente, y la más pequeña —conocida en Venezuela como guaraguá o maní, con entre 60 y 70 centímetros de caparazón— es también la más escasa: sus principales playas de anidación lindan con el territorio en reclamación de la Guayana Esequiba, lo que dificulta su estudio y protección.
La Sociedad Internacional de las Tortugas Marinas otorgó el reconocimiento ISTS Champions Award a la profesora Guada por su trayectoria global en la conservación ambiental.
Hedelvy Guada, la defensora
Guada creció en Caracas, hija de madre caraqueña y un padre tachirense que las llevaba de viaje por toda Venezuela durante su infancia. Los médanos de Coro, el Lago de Maracaibo, las playas del litoral. La naturaleza fue siempre el telón de fondo de su formación.
De niña tuvo tortugas en casa, de esas pequeñas de acuario que se vendían en los mercados, sin imaginar que ese animal sería el hilo conductor de su vida profesional.
Su madre le regaló libros de naturaleza que se convirtieron en lecturas de cabecera. Quiso ser bióloga marina desde temprano, pero cuando llegó la hora de elegir universidad, sus padres no la dejaron ir a estudiar a Margarita, donde debía especializarse. Entró entonces a la UCV y nunca salió del todo. Lleva doce años con dedicación exclusiva a la institución, con un posgrado en el exterior y pasos por otras organizaciones entre medias.
El momento preciso en que las tortugas marinas se convirtieron en su objeto de estudio lo recuerda con claridad. En 1983 conoció a una persona que llegaba de Isla de Aves. El lugar es un pequeño refugio de fauna silvestre venezolano en el Caribe, alejado del continente, que alberga la colonia de anidación de tortuga verde más importante del país: Más de mil por temporada, una de las concentraciones más relevantes del Caribe. Esa conversación redirigió todo.
El proyecto que le valió el ISTS Champions Award se llama, en sus propias palabras, “27 años rodando”.
Comenzó en 1999, cuando un premio internacional le permitió establecer por primera vez un campamento en Sipara, playa de la vertiente norte de la Península de Paria, en el municipio Arismendi del estado Sucre. Más tarde sumó la playa Querepare. Ambas se encuentran dentro del Parque Nacional Península de Paria y son, junto con Isla de Aves, los dos enclaves más importantes para la conservación de la tortuga cardón y la verde en Venezuela.
Lo que hace un equipo de campo en esas playas cada temporada de anidación es tan sistemático como agotador. Los voluntarios, entre cuatro y ocho personas, dependiendo del financiamiento disponible, recorren la playa a pie cada noche durante tres o cuatro meses. Con linterna de luz roja para no perturbar a las hembras, libreta de censos, cinta métrica, alicates para colocar marcas metálicas individuales en cada tortuga y, cuando es posible, microchips electrónicos que se inyectan en el cuerpo del animal.
La gente y las autoridades tienen que comprender una premisa fundamental: Una tortuga vale mucho más viva que muerta .
Cada tortuga que anida se mide, se marca y se registra. El caparazón se fotografía. El nido se georreferencia. La información acumulada en 27 años de trabajo en esas dos playas es, según Guada, un archivo que todavía no ha sido publicado en su totalidad, pero que representa una de las series de datos más largas disponibles sobre tortugas marinas en Venezuela.
Tengo muchas hojas de datos acumuladas, confiesa. Y muchas hojas que trabajar para el momento en que quizás sea el correcto, poder escribir, porque tengo mucho que contar para todos los que vengan después.
Las tortugas marinas en Venezuela necesitan mayor apoyo institucional, señala la experta.
Con o sin drones
La distancia entre lo que la ciencia puede hacer y lo que Venezuela puede financiar aparece cuando Guada describe las herramientas disponibles en otros países.
En muchas naciones el monitoreo de playas extensas se hace con drones. El aparato avista a la tortuga, un equipo motorizado llega hasta el punto y el desgaste físico se reduce de forma considerable. Además, existe seguimiento satelital que permite rastrear la migración individual de cada animal: las tortugas que anidan en Sipara o Parguito pueden viajar a Canadá, a Guinea, a Haití en busca de zonas de alimentación y regresar años después a la misma playa donde nacieron.
Ese dato, la fidelidad de las tortugas a la playa natal, conocida como filotopía, es uno de los argumentos más poderosos para la conservación de sitios específicos, porque proteger una playa no es proteger un lugar geográfico sino una población.
También existe análisis genético para caracterizar a las comunidades y entender cómo se relacionan entre sí a lo largo del Atlántico y el Caribe. Todo esto requiere insumos de financiamiento para poder adquirir la tecnología necesaria, señala la profesora. Y requiere fuerte respaldo institucional.
En Venezuela, ese respaldo escasea. El seguimiento satelital no ocurre por el costo de los aparatos y los contratos de tiempo de señal. El análisis genético requiere convenios internacionales con el Ministerio de Ecosocialismo que no están activos. De los drones, dice sin rodeos: No podemos hablar de eso ahorita en el país.
Tengo un pensamiento obsesivo sobre estos animales: nunca dejo de pensar en ellas, en lo siguiente que voy a hacer y en cómo las voy a salvar, dice Guada.
Lo que sí existe son las hojas de datos, la libreta, la linterna roja y los voluntarios que caminan kilómetros de playa cada noche porque alguien tiene que hacerlo.
Las tortugas marinas mueren de muchas formas. La más documentada es la captura incidental en artes de pesca: redes de enmalle, palangres, nasas. Las tortugas son reptiles que respiran aire; cuando quedan atrapadas bajo el agua no pueden subir a la superficie y se ahogan.
En el Golfo de México, por ejemplo, la tortuga lora —Lepidochelys kempii, la especie más pequeña y más amenazada del mundo— llegó a tener apenas 200 hembras anidantes en los años más críticos, cuando décadas antes había más de 1.000. El programa de recuperación que incluyó exclusores de tortugas en las redes de pesca, vigilancia de playas y cría en cautiverio ha logrado revertir parcialmente esa tendencia.
Cuando se hacen esfuerzos conjuntos y serios, es posible la recuperación, dice Guada. Pero el proceso tarda décadas.
En Venezuela, a las amenazas globales se suman las locales. El saqueo de nidos y el consumo de hembras en algunas playas son realidades que Guada nombra con cuidado.
Tenemos legislación que las protege. El problema es cómo se implementa. La capacidad operativa de las autoridades ambientales y militares para cubrir playas remotas en horario nocturno es limitada. Y hay zonas del país donde la seguridad personal de los investigadores es en sí misma una variable del trabajo de campo.
Hay localidades en las cuales es difícil plantearse el trabajo nocturno, dice, y no amplía más. Puede ser peligroso. Su pausa antes de responder a la pregunta dice más que cualquier detalle específico.
Fuimos y seremos
Venezuela fue el primer país de América Latina, y uno de los primeros del mundo, en crear un ministerio dedicado al ambiente. Ese hecho contrasta con la realidad que describe a continuación: “El apoyo estatal es prácticamente nulo”.
Sus proyectos se sostienen con financiamiento externo, y solo algunas veces, conseguido en convocatorias internacionales que compiten con equipos de todo el mundo, en un contexto en el que los fondos disponibles para conservación marina se redujeron tras la pandemia.
La crisis afectó además la dimensión que Guada considera más importante de su trabajo: la formación de relevo. Durante décadas organizó capacitaciones en Venezuela, trajo expertos internacionales, impulsó a jóvenes biólogos hacia las tortugas marinas con la intención de que el país acumulara masa crítica de investigadores.
Tristemente, muchas de las personas que formé ya no viven en Venezuela ni tienen planes de regresar”, dice. “En este punto no es que no quiera seguir visitando las playas, sino que se van complejizando los procesos.
Un equipo de cuatro personas en Sipara, y entre tres y cuatro en Querepare, cubre lo que se puede cubrir. El resto queda sin estadísticas, datos, detalles.
Trayectoria excepcional
El 10 de junio de 2026, catorce días antes del doble terremoto que sacudiría a Caracas y La Guaira, un jurado de cinco científicos venezolanos se reunió para evaluar las candidaturas al Premio Luis y Juli Carbonell, el reconocimiento más importante que otorga la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela en el área de conservación ambiental.
El veredicto fue unánime. Alicia Villamizar, Ernesto González, Joaquín Benítez, Mauricio Krivoy y Eduardo Buroz Castillo firmaron el acta que le adjudicaba el galardón a Hedelvy Josefina Guada Morales.
El documento del jurado describe una excepcional trayectoria y aportes sostenidos a la conservación del ambiente y la biodiversidad en Venezuela, llevada a cabo durante más de tres décadas de trabajo activo y liderazgo en la conservación de las tortugas marinas del país y del Gran Caribe.
Menciona sus publicaciones —capítulos de libros, artículos en revistas científicas de alto impacto, medios de divulgación masiva— y su participación en congresos y foros internacionales. Destaca, de forma particular, “la formación de recursos humanos a través de la educación asegurando la continuidad de los esfuerzos de conservación basada en la ciencia y en el conocimiento comunitario”.
Concluyen que Guada “destaca por su capacidad para integrar la investigación científica con la gestión ambiental y la educación comunitaria”, encarnando los valores que el premio busca enaltecer.
En Venezuela, apunta Guada, hay una legislación que protege a las tortugas marinas, pero el verdadero problema radica en cómo se implementa esa ley sin personal, equipos ni recursos operativos.
Por su parte, el ISTS Champions Award no es un reconocimiento a un descubrimiento puntual. Es, como explica la experta, un premio a la trayectoria: “A mostrar a la gente que comienza que la perseverancia y la insistencia en el trabajo con estos megavertebrados marinos requiere años para que se puedan obtener resultados tangibles de conservación”.
La organización internacional destacó en su comunicado tres dimensiones del trabajo de la venezolana: la sostenibilidad científica —haber construido las bases metodológicas e institucionales para el estudio de las especies marinas en el país—, la capacitación y mentoría de nuevas generaciones, y la gestión comunitaria en las poblaciones costeras cercanas a las playas de anidación.
Hedelvy Guada no pudo viajar a Hawái a recoger el premio. Su visa se había vencido. Los biólogos venezolanos Marco García-Cruz y Héctor Barrios-Garrido la representaron en el XLIV Simposio Internacional de Tortugas Marinas. No había asistido al simposio desde Cartagena en 2023.
Las dificultades económicas que impiden costear los viajes son, en este punto y según ella misma, una ironía: la investigadora más reconocida de Venezuela en su campo lleva años sin poder asistir de forma consistente al congreso donde se decide la agenda global de conservación de las tortugas que estudia.
1 de cada 1.000 tortugas: la bióloga venezolana lleva tres décadas salvando lo que el mar no puede salvar solo.
Optimista en exceso
Existe un argumento que la bióloga repite de distintas formas a lo largo de la entrevista y que tiene que ver con la economía más que con la biología: una tortuga viva vale más que una tortuga muerta. Esta, replica, es una premisa respaldada por décadas de estudios sobre turismo de naturaleza, pesca sostenible y servicios ecosistémicos.
Las tortugas marinas son ingenieras del ecosistema: la tortuga verde pastorea praderas de fanerógamas marinas cuya salud afecta la productividad pesquera; la cardón regula poblaciones de medusas que, sin control, devastarían las redes tróficas del Caribe.
En el municipio Arismendi, en Margarita, en diciembre de 2025, las tortugas marinas fueron declaradas junto con la sardina, el cacao y el colibrí de Paria especies emblemáticas del municipio. Un gesto simbólico, sí, pero los gestos simbólicos tienen consecuencias prácticas cuando se traducen en política local, en protección de playas, en recursos asignados.
Poco a poco, este tipo de esfuerzos van calando, manifiesta Guada. La ciencia ciudadana, el activismo digital, las cuentas de redes sociales dedicadas a la naturaleza marina: todo suma. ¿La condición? Que haya datos rigurosos detrás de las imágenes.
La pregunta más difícil es: ¿estamos ante una extinción posible de las tortugas marinas?
Guada mira al cielo antes de responder. La pausa dura varios segundos. Es una pregunta compleja. Respira. Se lo piensa. Porque todo depende. Puedes tener a veces extinciones locales que no significan una global. Las tortugas marinas, señala, son animales resilientes que pese a su sensibilidad pueden sobrevivir en condiciones que en teoría no deberían tolerar. El caso de la tortuga lora en el Golfo de México —de 1.000 a 200 hembras anidantes y en proceso de recuperación— demuestra que el colapso puede revertirse si el esfuerzo es serio y sostenido.
Soy optimista en exceso”, añade, “pero eso no quita que sí podemos salvar especies al unir esfuerzos.
Lo que no dice directamente, pero que emerge de cada estadística dada en la última hora, es que unir esfuerzos en Venezuela requiere recursos que el Estado no provee, voluntarios que emigran, financiamiento externo que compite globalmente y una serie de datos de 27 años que todavía espera el momento de ser publicada.
Las tortugas marinas en Venezuela, insiste cuando sintetiza, “necesitan mayor apoyo institucional”.
Hedelvy Guada tiene pensamientos obsesivos sobre sus animales, describe, y no deja de pensar en ellas ni cuando no está en las playas.
Estoy pensando en lo siguiente que voy a hacer, en qué las salvará y cómo.
En Sipara y Querepare, en este momento, entre cuatro y ocho personas caminan kilómetros de playa oscura con linternas rojas, contando tortugas. Lo que encuentren esta noche se sumará a 27 años de datos que Venezuela todavía no sabe bien cómo usar. El mar espera. Las tortugas, sus tortugas, también.
Karem González – El Nacional
