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Tim Hunt dijo: Mi mujer dice que si a mí me han dado el Nobel se lo pueden dar a cualquiera

 

Es uno de los grandes de la biología molecular y Premio Nobel de Medicina. Logró descifrar los mecanismos de la división celular, clave para tratar enfermedades como el cáncer. Hablar con él es una clase magistral sobre cómo ser un gran científico. Una pista: «Sabes que has descubierto algo novedoso cuando te dicen que es imposible que sea cierto».

Tim Hunt se casó en 1995 con la inmunóloga británica Mary Collins (en la foto), con la que tiene dos hijas. Se conocieron en un laboratorio, y ese detalle explica el lío que estuvo a punto de sepultar su carrera. En 2015, en un almuerzo con periodistas en Corea del Sur, soltó un chascarrillo sobre «el problema de tener chicas en el laboratorio»: que uno se enamora de ellas, ellas se enamoran de uno y, cuando las críticas, lloran. Lo decía de sí mismo, pero la broma dio la vuelta al mundo y se leyó como una salida machista. Desde el biólogo Richard Dawkins hasta el físico Brian Cox lo defendieron y calificaron la reacción de desproporcionada. La propia Collins reconoció que lo que dijo su marido fue «una estupidez». Hunt se marchó con ella una temporada a Okinawa (Japón), donde Collins dirigió un prestigioso instituto de ciencia.

Hay un reloj dentro de cada una de nuestras células que les indica cuándo tienen que dividirse, y lo descubrió el bioquímico británico Tim Hunt. Por ese hallazgo, que abrió la puerta a entender cómo se descontrola una célula cancerosa, recibió el Premio Nobel de Medicina en 2001. Nació cerca de Liverpool en 1943, aunque se crio en Oxford, porque su padre –experto en manuscritos antiguos– custodió durante treinta y dos años los fondos de la mítica Biblioteca Bodleiana. Se formó en Cambridge, donde tomaba el té con Francis Crick, el hombre que había descubierto la estructura del ADN.

La conversación transcurre junto al lago Constanza, en el sur de Alemania. Aquí se celebran cada verano los Lindau Nobel Laureate Meetings, unos encuentros que nacieron en 1951. Este verano, 70 premios Nobel han convivido con más de 600 investigadores jóvenes llegados de 88 países. Hunt aparece con una camisa estampada, un chaleco que parece sacado de un rastro y un sombrerito de playa que no se quita ni bajo techo. No es del todo una excentricidad: tiene una degeneración macular que le ha ido nublando la vista.

XLSemanal. Acaba de decirles a cientos de jóvenes investigadores que disfruten, que lo importante es pasárselo bien. Y en la misma charla les ha dicho que la ciencia es sufrimiento. ¿En qué quedamos?

Tim Hunt. Las dos cosas, y ahí está la gracia. Un amigo mío, Stan Cohen, me lo resumió mejor que nadie. Jugábamos al tenis, y éramos los dos malísimos, curiosamente igualados: yo soy un patoso y él arrastraba una pierna deformada por la polio.

XL. Vamos, que no entrenaban para Wimbledon.

T.H. Dábamos pena. Pero, ojo, que Stan también ganó el Nobel: él por descubrir cómo crecen las células, yo por cómo se dividen. El caso es que lo encontré ya muy mayor, al final de su vida, con la bata blanca en la cámara fría del laboratorio, y le pregunté qué demonios seguía haciendo ahí metido. Me dijo: «La ciencia es dolor y sufrimiento. Dolooor y sufrimieeento» [apretando un puño].

XL. ¿Y está de acuerdo?

T.H. Totalmente. La mayor parte del tiempo estás equivocado y sufres. Pero de vez en cuando entiendes algo que nadie ha entendido antes, y no hay nada igual.

XL. ¿Y cómo se sobrevive a tanta agonía sin abandonar?

T.H. Disfrutando, que es lo que les digo a los jóvenes. Pero, ojo, no me refiero a pasártelo bien cuando las cosas salen, que salen pocas veces. Lo divertido es el juego mismo: dar vueltas, trastear, sospechar que ya casi lo tienes… Si solo disfrutas de ganar, lo vas a pasar muy mal, porque casi siempre se pierde.

«En ciencia, la mayor parte del tiempo estás equivocado y sufres. Lo divertido es el juego mismo. Si solo disfrutas al ganar, lo vas a pasar muy mal: casi siempre se pierde»

XL. ¿Qué distingue entonces a un gran científico de uno bueno pero no tanto?

T.H. Que llega el primero. Es lo único que cuenta, entender algo antes que nadie. Mire el maratón de Londres de este año: dos corredores bajaron de las dos horas, algo que no había hecho nadie en la historia. El segundo entró unos segundos después. Hizo algo que ningún ser humano había hecho jamás. Pero nadie se va a acordar de él.

XL. No me parece justo…

T.H. La vida no es justa.

XL. Para llegar el primero habrá que ser muy listo.

T.H. Ese es el malentendido. Lo único que sé hacer bien es fijarme en la cosa pequeña que no encaja. El detalle que a los demás no les cuadra y prefieren ignorar porque estropea una historia bonita. Yo me quedo mirándolo.

XL. ¿Y eso qué tiene de especial?

T.H. Que es una habilidad poco común. Casi todo el mundo, cuando algo no cuadra con lo que espera, da un rodeo o aparta la vista. Yo me planto delante de lo que chirría y me pregunto por qué. Ahí puede haber algo escondido.

XL. ¿Entonces llegan los descubrimientos?

T.H. Entonces llega el problema de verdad, que es encontrar un problema. La gente cree que lo complicado es resolver; no. Lo complicado es dar con uno que merezca la pena. Mire mis zapatos. Llevo treinta años con el mismo modelo. Cuando se me gastan, entro en la tienda, digo el número y salgo con unos idénticos. La gente cree que es una manía y no: es un problema que resolví una vez para no volver a pensarlo nunca.

XL. Supongo que así libera la mente para los problemas que merecen la pena…

T.H. Eso es. Complicaciones, las justas. A lo largo de mi vida solo he trabajado en tres problemas buenos de verdad, nada más.

XL. ¿El primero cuál fue?

T.H. Fui a una charla sobre por qué el cuerpo deja de fabricar hemoglobina cuando le falta hierro. ¡Qué misterio!

XL. ¿Y le enganchó ahí mismo?

T.H. Me fascinó, se lo conté a un compañero, que me hizo ver que la explicación de moda no se sostenía. Y nos pusimos a investigarlo por nuestra cuenta, con la osadía de dos estudiantes que creen que lo pueden hacer mejor. Corría 1965.

XL. ¿Cuánto tiempo le dedicó?

T.H. Once años. Y, por el camino, una década metiéndome en callejones sin salida. Lo que pasa es que en algunos, al fondo, había una puerta que yo no sabía que estaba ahí. Casi todo lo bueno que encontré lo encontré buscando otra cosa.

XL. ¿Y lo resolvió?

T.H. Sí, pero de carambola. En Nueva York me quedé casi solo en el laboratorio, y cuando el técnico se iba a casa me ponía a trastear con proyectos que no estaban en el programa. Por casualidad di con tres caminos distintos que apagaban la fabricación de proteínas igual que la falta de hierro apaga la hemoglobina. Tres pistas, y yo sin entender nada. Salí de allí con dos artículos y ningún trabajo, y volví a Cambridge cobrando cinco veces menos. Allí me junté con un colega brillante, siguiendo un consejo de Jim Watson, el codescubridor del ADN: trabaja siempre con gente más lista que tú. Entre los dos encontramos lo que unía las tres pistas.

XL. ¿Y entonces?

T.H. Se incendió el laboratorio entero. Y usted pensará que fue una catástrofe, pero fue una suerte. De paso se quemaron todos los datos viejos, que eran confusos y nos tenían despistados. Empezar de cero, con el equipo nuevo y la cabeza despejada, fue lo que nos permitió ver por fin lo que pasaba. Eso, y que nos mudamos a otro laboratorio. Un sitio donde nos dejaban usar el almacén, que funcionaba con una sencillez celestial: entrabas, apuntabas en un cuaderno «diez gramos de ATP» y te ibas con el bote en la mano. Sin formularios, sin permisos.

XL. ¿Y eso importa tanto?

T.H. Muchísimo. Que pedir un reactivo no cueste una mañana de papeleo. Que probar una idea sea barato y rápido. Eso, que parece administrativo, decide quién descubre cosas y quién se rinde antes. Y no piense que era un sitio destartalado. Estaba en Cambridge. Me cruzaba por los pasillos con veinte premios Nobel.

«Lo único que yo sé hacer bien es fijarme en la cosa que no encaja. El detalle que los demás prefieren ignorar porque estropea una historia bonita. Yo me quedo mirándolo»

XL. ¿Cómo vive usted el famoso momento ‘eureka’?

T.H. Todo encaja de golpe, clic, y un montón de fenómenos raros quedan explicados a la vez. Oh, sí. No sabe uno lo que es la ciencia hasta que prueba la sangre por primera vez.

XL. Problema resuelto, a por el siguiente…

T.H. Ese fue el mejor. Muchas células del cuerpo se dividen para que el organismo crezca y se repare, y lo hacen siguiendo un orden férreo: copian su material genético, lo reparten en dos mitades idénticas y solo entonces se parten en dos. ¿Pero cómo saben cuándo se tienen que dividir?

XL. Ni idea.

T.H. Nadie lo sabía. Yo encontré la respuesta en 1982, trabajando con embriones de erizo de mar. Es una proteína que la célula va acumulando despacio y destruye de golpe, y ese momento en que desaparece es la orden de dividirse. La llamé ‘ciclina’, porque su concentración sube y baja cíclicamente.

XL. Debió de ser un bombazo.

T.H. Al contrario. Fui enseñándole a todo el mundo esa proteína, y todos me miraban como pensando: «Por qué se emociona este con semejante tontería». Creían que estaba loco, y fue lo mejor que pudo pasarnos, porque nos dejaron espacio para trabajar sin que nadie nos pisara la idea. Y, cuando por fin escribí mi primer artículo sobre la ciclina, el primer revisor sentenció que aquello era especulación salvaje basada en lógica defectuosa.

XL. Pues estuvo sembrado…

T.H. Ya ve. Pero, por suerte, otro de los revisores era Paul Nurse, que dijo que le parecía interesante. Años más tarde compartiríamos los dos el Nobel. Así que tuve que reescribir el artículo, pero aprendí una cosa: sabes que has descubierto algo novedoso de verdad justo cuando te dicen que es imposible que sea cierto.

XL. Por algo dicen que la ciencia avanza cuestionando el paradigma.

T.H. Lo que dice mi mujer es que si a mí me han dado el Nobel se lo pueden dar a cualquiera [ríe].

XL. Cualquiera no. Algo habrá que tener.

T.H. Hay que desconfiar. De lo que te cuentan y, sobre todo, de ti mismo. Soy muy fan de una frase de Donald Rumsfeld, el que fue secretario de Defensa de Estados Unidos: «Hay cosas que sabemos que sabemos; hay cosas que sabemos que no sabemos; y luego están las cosas que no sabemos que no sabemos. Esas últimas son las buenas».

XL. Nos queda el tercer problema…

T.H. Ese me lo puso delante un estudiante con un experimento. Para arrancar la división, la célula le va pegando una especie de etiquetas químicas a un montón de proteínas: son la orden de empezar. Lo que nadie se había parado a pensar es que, para terminar, hay que arrancar todas esas etiquetas otra vez. Alguien tiene que borrar lo escrito. Suena obvio, y me llevó trece años, completamente perdido y a punto de perder el trabajo. Y ya era premio Nobel, fíjese. Uno se imagina que a partir de ahí todo va rodado. Pues no.

XL. ¿Y cómo lo sacó adelante?

T.H. Con aquel estudiante con el que tenía una relación estupenda. Yo le proponía un experimento y él me soltaba: «No, Tim, eso es una tontería», sin intimidarse lo más mínimo. Hay que poder decirle a alguien que su idea es una tontería sin ofenderlo. Y hay que dejar que te lo digan a ti.

XL. ¿Por qué se mete alguien en semejantes fregados?

T.H. Por curiosidad. No intento resolver nada útil. Solo quiero entender. Mi hija me preguntó una noche antes de dormir: «Papá, ¿por qué el techo no deja pasar la luz?». Los niños hacen preguntas magníficas.

XL. ¿Y supo contestar?

T.H. ¡Qué va! Me di cuenta de que no sabía explicar cómo atraviesa la luz un cristal y no una superficie opaca. Los físicos trabajan en un nivel de abstracción altísimo, y para eso son mucho más listos que nosotros, los biólogos. También son más arrogantes, ¿no cree?

XL. No sé qué decirle…

T.H. No tienen ni idea de qué son tres cuartas partes del universo, materia oscura, energía oscura, lo que sea. Y aun así están convencidos de que si se metieran en biología lo resolverían todo en una tarde.

5 consejos para ser un buen científico (y, ya puestos, ganar un Nobel)

1. Cuida de tus compañeros | «El lugar de trabajo es importantísimo. Estar rodeado de buena gente. En mi primer laboratorio llegué un día a una tutoría con un resfriado horrible y mi tutor de bioquímica, en vez de compadecerme, me dijo: ‘Mira, creo que necesitas esto’. Y sacó de un cajón un vaso y una botella de whisky [se ríe]. Fue un mentor extraordinario».

2. No te creas todo lo que leas | «Hay un poeta francés del siglo XV, François Villon, quien decía que de lo único que estaba seguro era de lo incierto, y que solo dudaba de las certezas. Yo se lo traduzco a mis estudiantes: ‘No te creas lo que lees, compruébalo tú mismo’. Te frena un poco, sí, pero es mejor avanzar más despacio, sin dar nada por sentado».

3. No temas equivocarte | «He cometido todos los errores posibles. En la frontera, las cosas casi nunca son como se supone que deberían ser. Así acabé conociendo mis temas mejor que nadie. No por listo, sino por haber metido la pata en todos los sitios donde se podía meter».

4. Cuenta lo que estás haciendo| «De joven estaba convencido de que iban a robarme las ideas. Es falso. Explicar en qué andas metido siempre te devuelve más de lo que pones. Nadie ha hecho carrera guardándose un secreto en un cajón».

5. Un pie delante del otro | «Prepárate para echarle horas, porque te vas a atascar, seguro. Y si a la primera no sale, pruébalo de otra manera la próxima vez. A mí me avisaron nada más empezar: esto es un negocio maniaco-depresivo, porque casi nada funciona».

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