La escalada de las tensiones entre los Estados Unidos, Brasil y argentina reaviva las alertas por una posible injerencia electoral. Analistas ven un intento de influir en el escenario político brasileño.
Crece la presión de Estados Unidos sobre Brasil
La escalada de las tensiones entre ambos países reaviva las alertas por una posible injerencia electoral. Analistas ven un intento de influir en el escenario político brasileño.
La revocación de la visa de la embajadora brasileña en Washington puso de manifiesto un nuevo episodio de la crisis diplomática entre Brasil y Estados Unidos. La nueva medida de la Casa Blanca, bajo el mando del presidente Donald Trump, forma parte de una escalada de tensiones entre ambos países que incluye aranceles, acusaciones de injerencia y discursos cada vez más encendidos.
Inusual, la iniciativa es interpretada como un intento de aumentar la presión sobre Brasilia e influir en el escenario político de cara a las elecciones. La estrategia también remite a un historial de intervenciones, directas o indirectas, de Estados Unidos en los asuntos internos de países de América Latina, según especialistas consultados por DW.
El contexto de esta situación es el intento de Estados Unidos de influir, de una manera u otra, en el rumbo de las elecciones en Brasil. Quizás este sea el momento en que, desde 1964, Estados Unidos intenta intervenir de manera más directa en los asuntos internos de Brasil, en un contexto vinculado con las elecciones, evalúa Leonardo Paz Neves, profesor de Relaciones Internacionales del Ibmec de Río de Janeiro e investigador en política exterior.
La revocación, un nuevo paso en la crisis
Estados Unidos revocó la visa de la embajadora brasileña en Washington, Maria Luiza Ribeiro Viotti, en respuesta a la demora del gobierno brasileño en aprobar al candidato propuesto por Donald Trump para la embajada estadounidense en Brasilia. Según autoridades estadounidenses, la medida podría revertirse si Brasil acepta la designación, aunque se espera que eso no ocurra antes de las elecciones de octubre.
La tensión alcanzó un nuevo pico tras una escalada iniciada el 1 de junio, cuando Estados Unidos anunció la designación del presidente de la Cámara de Representantes de Florida, Daniel Pérez, como embajador en Brasil.
Sin embargo, el protocolo diplomático establece que el nombre del candidato no debe hacerse público antes de que Brasil otorgue su aprobación formal (el llamado agrément). Recién a fines de ese mes el gobierno estadounidense presentaría oficialmente la solicitud a la contraparte brasileña. Al parecer molesto por la ruptura del protocolo, el gobierno brasileño evitó hasta ahora conceder el agrément.
Para Roberto Uebel, profesor de Relaciones Internacionales de la ESPM, se trata de uno de los momentos más delicados desde el retorno de la democracia en Brasil, aunque considera prematuro calificarlo como la peor crisis de toda la historia bilateral.
La escalada reúne elementos que normalmente aparecen de manera aislada: imposición de aranceles, acusaciones de injerencia electoral, revocación de visas, demora en la concesión del agrément al candidato para la Embajada de Estados Unidos y, ahora, la revocación de la visa de la embajadora brasileña en Washington, enumera.
Presión con motivación política
Además, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de los países, donde los aranceles suelen estar relacionados con cuestiones económicas, como los superávits comerciales frente a Estados Unidos, en el caso de Brasil las medidas tuvieron una motivación política, según Leonardo Paz Neves.
Brasil fue objeto de dos rondas de estas acciones, una en 2025 y otra en 2026. En aquel momento, en función del juicio al expresidente Jair Bolsonaro y, ahora, debido al apoyo, que me parece ya no tan velado, a la candidatura del senador Flávio Bolsonaro, sostiene.
La escalada también refleja las diferencias ideológicas entre los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva y Donald Trump. Las divergencias en temas como democracia, multilateralismo, América Latina y soberanía, sumadas al acercamiento del gobierno estadounidense con sectores de la oposición brasileña, profundizaron el deterioro de la relación bilateral y trasladaron disputas internas al ámbito diplomático. Así, la crisis actual es el resultado de una sucesión de fricciones políticas, comerciales e institucionales, y no de un hecho aislado.
La cercanía de Trump con la familia Bolsonaro y las declaraciones de autoridades estadounidenses sobre el proceso electoral brasileño aumentan la percepción de que existe un intento de influir en las elecciones de octubre. Washington rechaza esa interpretación y asegura que busca elecciones libres y una relación bilateral funcional, concluye Uebel.
DW

Brasil y Argentina por qué esta crisis importa
¿Qué hay detrás de la actual crisis entre Argentina y Brasil? El profesor André Luiz Reis da Silva analiza el conflicto y el futuro de la relación bilateral.
El presidente argentino no tiene interés en mantener una relación bilateral constructiva con el Brasil gobernado por Lula, afirma André Luiz Reis da Silva. (Foto de archivo)Imagen: Luis Robayo/AFP
La relación entre Argentina y Brasil atraviesa uno de sus momentos más tensos de los últimos años. En medio de nuevos enfrentamientos entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva, y a dos meses de las elecciones en Brasil, Deutsche Welle habló con el profesor André Luiz Reis da Silva, titular de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal de Río Grande do Sul, para analizar qué hay detrás de esta escalada y hasta dónde puede llegar.
DW: ¿Cómo definiría hoy la relación entre Argentina y Brasil?
Profesor André Luiz Reis da Silva: Las relaciones entre Argentina y Brasil atraviesan un progresivo deterioro, impulsado por el presidente Milei, al resaltar las diferencias ideológicas y provocar, mediante agresiones verbales, un aumento de la tensión diplomática.
¿Hasta dónde puede llegar el conflicto actual?
El nivel de tensión tiende a aumentar un poco con la proximidad de las elecciones (…) El incremento del tono agresivo de Milei es deliberado. Busca aumentar la tensión y poner de relieve las diferencias políticas. También pretende priorizar sus intereses ideológicos por encima de los intereses de la propia Argentina, algo que resulta muy evidente en estos presidentes de la nueva derecha radical. El presidente argentino no tiene interés en mantener una relación bilateral constructiva con el Brasil gobernado por Lula. Además, desde el punto de vista ideológico, tampoco le interesa fortalecer el Mercosur ni la integración regional.
Sin embargo, esta postura encuentra límites en los condicionantes estructurales de la relación entre Brasil y Argentina. El aumento de la tensión está condicionado por los intereses económicos de la asociación comercial entre ambos países. Con el tiempo, la realidad termina imponiéndose. Ya estamos acostumbrados a que los gobiernos argentinos eleven el tono, exageren la gravedad de una situación y, por lo general, lo hagan para alcanzar algún objetivo o renegociar los términos de la cooperación.
¿Hay más cooperación de la que muestran los titulares?
Sí. Hubo épocas mejores, pero sigue existiendo un alto nivel de lo que llamamos interdependencia entre ambos países. Tanto a través del Mercosur como de la relación bilateral directa, existe un importante entramado de vínculos económicos y sociales.
¿Cómo ve Brasil a Argentina dentro de su política exterior?
Argentina ha sido considerada uno de los principales ejes y socios de Brasil, al menos desde la década de 1980. Es un país fundamental para el proyecto de integración regional. Sin Argentina, el costo para Brasil es mayor y los resultados son menores. Cuando Brasil y Argentina trabajan juntos, generan un efecto de irradiación sobre el resto de la región.
En cambio, desde el punto de vista de la inserción global de Brasil, Argentina no tiene la misma relevancia. Para Brasil son mucho más importantes la articulación con los BRICS, la cooperación Sur-Sur con África y el diálogo con los grandes polos de poder, como Estados Unidos, China y Europa.
¿Se trata de una suerte de relación amor-odio? ¿Qué aspectos pesan históricamente y cuáles pesan más en este momento, y por qué?
Desde un punto de vista estructural, se trata de los dos países más fuertes de la región, en un contexto en el que no existe una hegemonía o un liderazgo indiscutido. En cualquier región es natural que haya cierto grado de competencia entre las mayores potencias por el liderazgo regional.
La gran cuestión es encontrar las áreas de convergencia y privilegiar los intereses más amplios.
¿Hasta qué punto los liderazgos presidenciales (Lula, Milei, Bolsonaro, Kirchner, Macri, etc.) modifican la relación?
Las relaciones internacionales en América Latina están fuertemente condicionadas por los gobiernos de turno. Algunas políticas exteriores oscilan más que otras cuando hay un cambio de presidente, con movimientos más bruscos. Además, los alineamientos políticos e ideológicos terminan influyendo en las relaciones.
Lo mismo ocurre con el Mercosur. Está estructurado, en gran medida, sobre una agenda intergubernamental y basada en el consenso. Esa característica le otorga una flexibilidad y una autonomía que ningún país quiere perder. Pero, por otro lado, también hace que el Mercosur y las relaciones bilaterales queden condicionados por las agendas políticas de los gobiernos de turno.
En general, las relaciones diplomáticas en América del Sur suelen desarrollarse con un tono algo más elevado, aunque con el tiempo las cosas terminan acomodándose.
¿Qué errores ha cometido la política exterior argentina en la relación bilateral?
El gran problema es privilegiar la agenda político-partidaria y dejar de lado principios básicos de la diplomacia, como el entendimiento y una visión de largo plazo.
El modelo de política exterior del gobierno de Milei es disruptivo y destructivo, incompatible con un proyecto de articulación regional que piense a la región frente a los grandes desafíos del presente y del futuro próximo.
Argentina viene llevando adelante una política exterior incompatible con las capacidades que le corresponden como potencia regional y carente de una visión de largo plazo, que implica mirar tanto hacia la historia como hacia el futuro.
En la relación bilateral, el gobierno de Milei ha desaprovechado oportunidades de entendimiento y articulación con Brasil, en un momento en el que ambos países deberían estar colaborando. Esa desafortunada visita a Brasil forma parte de ese contexto.
En cierta medida, la política exterior de Milei sigue la línea de la del gobierno de Bolsonaro: la destrucción de la capacidad de impulsar un proyecto de integración sudamericana más autónomo. Ambos representan los intereses de sectores contrarios a una integración regional productiva, que permita a la región contar con mayores capacidades para enfrentar, de manera articulada, los desafíos del orden internacional contemporáneo.
¿Qué desafíos obligarán a ambos países a trabajar juntos, aunque no quieran? ¿Temas como China, Estados Unidos, transición energética, litio, cambio climático, seguridad, inteligencia artificial?
Todos los desafíos mencionados deberían formar parte de una agenda de diálogo. La falta de diálogo y de cooperación bilateral debilita a ambos países en un escenario internacional crítico y desafiante.
La pregunta que siempre hay que hacerse es: ¿a quién le conviene una Argentina y un Brasil desarticulados?
Entrevista realizada por escrito el 27 de julio de 2026.
DW – Maricel Drazer
