En algunos países latinoamericanos, como Cuba, los apagones prolongados se han convertido en la regla y tienen un profundo impacto sobre la vida social y la salud mental. El famoso Malecón de La Habana sin luz eléctrica: los apagones también han afectado seriamente el turismo cubano.
Para muchos latinoamericanos, los cortes de energía son un fenómeno familiar, que usualmente obliga a interrumpir la vida cotidiana por un corto período, sin alterarla.
Sin embargo, en algunos países de la región, la excepción se ha convertido en la regla, y los apagones prolongados trastornan el ritmo del día a día, lo que implica intentar adaptarse permanentemente a un estado fuera de lo común.
Cuba, por ejemplo, sufre una profunda crisis energética desde 2024. Actualmente, los cubanos solo cuentan con pocas horas de electricidad al día, y suelen pasar más de 20 horas consecutivas sin corriente en La Habana, y más de 48 horas seguidas en el resto del país.
La excepción se vuelve normalidad
Los apagones prolongados no afectan únicamente la iluminación del hogar: interfieren con la preparación y conservación de los alimentos, el descanso, el trabajo, el estudio, las comunicaciones, el cuidado de niños, personas mayores o enfermas y, en general, con la posibilidad de mantener una rutina relativamente estable, apunta el cubano Yunier Broche-Pérez, director general del centro de terapia Prisma Behavioral Center, en Florida.
Junto con la Dra. Zoylen Fernández-Fleites, el Dr. Broche-Pérez realizó en 2025 un estudio sobre los efectos de los apagones prolongados sobre la salud mental de los cubanos.
El psicólogo documentó cómo la sociedad se vio obligada a reorganizarse constantemente en torno a la disponibilidad de electricidad.
Las personas posponen actividades, cocinan cuando pueden, cargan los teléfonos durante breves períodos de servicio y modifican sus horarios de sueño, trabajo y estudio. Esa adaptación permanente consume tiempo, recursos físicos y energía psicológica. No se trata simplemente de ‘acostumbrarse’: vivir bajo una interrupción recurrente e impredecible puede generar un agotamiento acumulativo y una sensación creciente de pérdida de control, explica Broche-Pérez, en entrevista con DW.
Depresión, ansiedad, estrés
Asimismo, la interrupción de la vida cotidiana está estrechamente relacionada con el malestar psicológico, señala el entrevistado.
Ansiedad o nerviosismo, dificultades para dormir, irritabilidad o cambios de humor, desesperanza o falta de motivación son algunos de los síntomas que mencionaron los 415 adultos, residentes en Cuba, que participaron en el estudio.
Encontramos porcentajes muy elevados de síntomas clasificados en el rango extremadamente severo: 55,4 por ciento para depresión, 66 por ciento para ansiedad y 65,8 por ciento para estrés, detalla Broche-Pérez.
No obstante, también puntualiza que el estudio no permite afirmar que los apagones sean la causa única de esos síntomas ni que los porcentajes representen exactamente a toda la población cubana.
Un problema de salud pública
Desde el punto de vista psicológico, la imprevisibilidad también es muy relevante, explica el psicólogo. Cuando una persona no sabe cuándo se irá la electricidad, cuánto durará el corte ni cuándo podrá completar una actividad esencial, se mantiene en un estado de vigilancia y anticipación.
De ahí que el experto insista en que la inestabilidad energética debe entenderse como un problema de salud pública y no únicamente como un inconveniente técnico o económico.
DW
