La vuelta al enfrentamiento directo con Teherán evidencia la dificultad de EE UU de cerrar un acuerdo de paz y coloca al presidente ante uno de esos conflictos sin salida que prometió abandonar para siempre. Donald Trump saluda durante el traslado del féretro de un soldado muerto en la guerra de Irán, en Dover (Delaware), el 7 de marzo de 2026.
El sueño de cerrar un acuerdo más o menos presentable y pasar página se ha esfumado. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio por muerto el pasado 8 de julio el frágil alto el fuego con Irán. Ya no quiero tratar con ellos. Son escoria, aseguró de las mismas personas que días antes definía como muy racionales, fuertes, inteligentes. La noche del viernes ha sido la primera en calma tras 13 días consecutivos de ataques después de que la Casa Blanca barajara elevar el nivel de castigo.
El conflicto vuelve a extenderse por Oriente Próximo con la intervención de los hutíes de Yemen contra petroleros de Arabia Saudí, mientras la economía tiembla con el barril de petróleo en torno a los 100 dólares. A las televisiones de los estadounidenses vuelven las fotografías de jóvenes uniformados muertos. La situación se parece mucho a un callejón sin salida que recuerda a una de esas guerras interminables en países lejanos que Trump tanto criticó y que prometió que jamás impulsaría.
Los ejemplos son incontables. Pese a que el republicano afirmó en una entrevista reciente que él nunca había prometido que no metería a su país en una guerra, la hemeroteca lo desmiente. Como en aquel mitin en Pensilvania de septiembre de 2024, dos meses antes de ganar las elecciones, donde afirmó: Expulsaré a los belicistas de nuestro aparato de seguridad nacional y llevaré a cabo una limpieza muy necesaria del complejo militar-industrial. Pondré siempre a Estados Unidos primero. Vamos a acabar con esas guerras interminables.
Eran los tiempos en los que presentaba a su rival demócrata, Kamala Harris, como un halcón que pondría en peligro la paz mundial si llegaba a la Casa Blanca. O como cuando dijo, dos meses más tarde, nada más ganar las elecciones, que no iba a empezar ninguna guerra. Si acaso, anunció, iba a terminarlas.
Todo eso ha quedado atrás. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, visitará esta semana Washington por primera vez desde que en febrero convenciera a Trump de la necesidad de atacar Irán. Lo había intentado antes con presidentes demócratas como Joe Biden y Barack Obama y con republicanos como George W. Bush, pero solo el hombre que decía merecer el Nobel de la Paz dijo sí.
La Operación Furia Épica iba a durar solo unos días, luego semanas y lleva ya cinco meses. El presidente ha afirmado más de 30 veces que estaba ya a punto de terminar, pero la realidad se empeña en desmentirlo. Hay días en los que me siento como el pasajero de un avión pilotado por un niño de seis años. Todo lo que puedes hacer es rezar para que aterrice sin daños, escribió en X David Axelrod, antiguo asesor de Obama.
Ahora mismo es imposible saber cuánto tiempo va a alargarse la situación y si escalará hasta incendiar la región o quedará contenida en un conflicto de baja intensidad. Pero lo que está claro es que nadie le ve una salida inmediata.
La guerra continuará porque tanto Irán como Estados Unidos desean cosas que no pueden lograr ni con un acuerdo ni en el campo de batalla, escribe en un correo electrónico Jennifer Kavanagh, directora de Análisis Militar del think-tank Defense Priorities. En contra de aquellas teorías que anticipaban que los ataques israelíes y estadounidenses incitarían a la ciudadanía a levantarse contra un régimen muy impopular, la República Islámica no solo ha resistido, sino que considera su poder reforzado respecto al periodo anterior al inicio de unos bombardeos que la pillaron en horas muy bajas por la represión de las manifestaciones de enero.
La experta militar sostiene que Irán puede continuar con su estrategia en el campo de batalla, con unas operaciones que le resultan relativamente baratas. Estados Unidos, en cambio, cuenta con pocas opciones militares viables. Una invasión terrestre implicaría muchísimos riesgos y unos costes políticos evidentes. Y los bombardeos sobre objetivos concretos no bastan para alcanzar lo que busca Trump. En consecuencia, la guerra se encuentra en un punto muerto. Ambos bandos pueden seguir como hasta ahora. Pero eso solo servirá para prolongar el conflicto, concluye Kavanagh.
Una opinión parecida tiene Brett Bruen, presidente de Global Situation Room y antiguo diplomático estadounidense. Irán sabe que Trump ahora mismo es vulnerable. Por la economía, por las elecciones de medio mandato y por la baja popularidad del presidente y de esta guerra. El régimen aprovechará esa debilidad para elevar sus exigencias, asegura en una conversación telefónica.
18 muertos y 37.500 millones de dólares
Mientras tanto, los costes para la Administración republicana no dejan de crecer. Humanos, económicos y políticos. El número de soldados muertos desde el inicio de la guerra asciende a 18. En un ejercicio de ingeniería contable difícil de entender, el portal donde se registran las bajas del ejército pasó esta semana súbitamente de 18 a 14. La prensa estadounidense explicó después que se retiraron los nombres de los cuatro soldados caídos el pasado fin de semana, tres en Jordania y uno en Irak, con el argumento de que murieron después de que Trump declarara en abril un alto el fuego.
Visiblemente incómodo con la comparación de esta guerra con anteriores que desangraron a Estados Unidos, el republicano publicó un mensaje en su red social, Truth, con el que quería demostrar que él no ha cometido los errores de anteriores presidentes. Por una parte, enumeró los conflictos del pasado, como las guerras de Afganistán, Irak, Vietnam y Corea, todas con una duración de años y con miles o decenas de miles de muertos. Y, por otra parte, los que él había iniciado: Guerra de Venezuela: un día, cero muertos. Conflicto militar de Irán: cuatro meses, 18 muertos.
Tras meses sin dar explicaciones sobre la marcha de la guerra, en los que prefería hablar de asuntos como la necesaria testosterona de sus muchachos, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, compareció este martes en el Senado para hablar de Irán. Allí dijo que la guerra había costado hasta ahora unos 37.500 millones de dólares (33.000 millones de euros) y pidió varias decenas de miles de millones más para financiar las necesidades militares. Pero esas estimaciones pueden quedarse cortas. Moody’s Analytics calculó en junio que, considerando todos los factores que afectan a contribuyentes y consumidores estadounidenses (gasto militar, aumento de los precios de la energía y materias primas, tipos de interés, etc.), la cifra rondaría los 132.000 millones de dólares. Hegseth se llevó un buen rapapolvo en su comparecencia. Usted es quien ha fracasado, no los hombres y mujeres que están en el frente. No tiene ninguna estrategia, ningún plan a largo plazo para ganar esta guerra, le espetó el senador demócrata Gary Peters.
Es difícil imaginar que todo esto ocurra en un momento peor para los republicanos. Faltan poco más de tres meses para las elecciones de medio mandato, que se presentan favorables para los demócratas. Si se hacen con la Cámara de Representantes o con el Senado (o con ambas) podrán atar de pies y manos la segunda mitad del mandato de Trump. Y las encuestas muestran una popularidad cada vez más baja del presidente y de su guerra. Según un estudio de The Washington Post e Ipsos, el 33% de los estadounidenses respalda la operación frente a un 59% que está en contra. Peor aún. Solo el 28% considera que la guerra valía la pena.
Son niveles más bajos que en los conflictos de Afganistán e Irak en sus peores momentos. Todo esto está disparando las tensiones en el mundo MAGA [siglas en inglés de Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo, el movimiento del presidente], y creo que esas divisiones se verán aún más claramente tras las elecciones de noviembre de cara a las presidenciales de 2028″, analiza Bruen.
Ormuz y Bab el Mandeb
Las noticias son malas en casa y fuera también. Este jueves se dio un paso más hacia la temida escalada regional, con el bombardeo por parte de los hutíes, aliados de Irán, de dos petroleros saudíes en el mar Rojo. Era la primera vez que el grupo rebelde yemení ponía en práctica el bloqueo naval que habían anunciado sobre Arabia Saudí. Se abre así la puerta a que las restricciones al comercio vayan más allá del estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra circulaba un 20% del petróleo consumido en el mundo, y se amplíen al mar Rojo y el limítrofe estrecho de Bab el Mandeb, con un 10% del crudo. Tras alcanzar esta semana el barril de brent los 100 dólares, algunos analistas apuntan que las nuevas turbulencias pueden dispararlo hasta los 120.
Llegados a esta encrucijada, ¿cuál es ahora la menos mala de las opciones? La analista Kavanagh ve dos posibles salidas. O bien aceptar un pacto que asuma que el equilibrio de poder se ha desplazado a favor de Irán y en detrimento de Estados Unidos, lo que implicaría ceder a Teherán cierto control sobre el estrecho de Ormuz o compensarle con el levantamiento de las sanciones para que renuncie a este dominio. O bien retirarse y dejar que sea la comunidad internacional la que afronte las consecuencias de la guerra. Pero él [Trump] no deseará ningún acuerdo que refleje el nuevo equilibrio de poder porque tendría que admitir que ha perdido esta guerra, concluye la experta.
Con Netanyahu en la Casa Blanca la próxima semana, Trump tendrá la ocasión de reevaluar y decidir si le conviene pisar el acelerador con ataques masivos sobre infraestructura civil o preparar algún tipo de salida de Irán, por muy humillante que sea. Nadie habla ya del objetivo inicial de derrocar el régimen, con un liderazgo en Teherán que parece aún más radicalizado que el anterior. Mientras, podrá recordar aquellos buenos tiempos de enero de 2024, cuando decía que con él en la Casa Blanca se acabarían los días insensatos y estúpidos de guerras interminables.
Luis Doncel – El País de España
