El terremoto más allá de La Guaira, los pueblos costeros venezolanos se aferran al mar.
Poblaciones como Chichiriviche de la Costa, Puerto Cruz y Cepe están casi aislados desde el sismo del 24 de junio. Hombres cargan bidones vacíos para ir a abastecerse de gasolina, en Puerto Maya, La Guaira.
Es mediodía en la costa venezolana, pero la brisa asemeja el atardecer. Las olas se cruzan a destiempo, haciendo que todo en la lancha se silencie y se sienta, cuando menos, como una montaña rusa. Hay que sentir el mar para poder atravesarlo, dice Will desde el motor ahogado de su peñero. La lancha ha servido para transportar donaciones a pueblos como Puerto Cruz, Puerto Maya y Cepe, a dos horas en lancha de La Guaira, la ciudad costera más afectada por los terremotos del 24 de junio. Los sismos dejaron a estas poblaciones costeras parcialmente incomunicadas de Catia del Mar, su principal fuente de provisiones.
Brisón es un término que se escucha en el litoral central venezolano para describir esa brisa extraña —no muy fuerte, no muy fría, pero poco frecuente— que empezó ese día, justo a las seis de la tarde, en plena fiesta de San Juan, cuando se abrió la tierra. Desde entonces, el mar tiene un comportamiento distinto y sus habitantes no quieren bañarse en la playa. Le tienen más respeto al agua que a la tierra firme. Ese día, durante el sismo, el mar se recogió varios metros, dejando en la arena a las lanchas que suelen anclarse en el agua, a metros de la orilla. Me da miedo que mi hijo, el menor, se bañe y que se lo lleve el mar si se vuelve a recoger, porque eso fue muy fuerte, dice Brígida en Puerto Maya, con lágrimas en los ojos.
Apenas los terremotos terminaron, se activó una alerta de tsunami en Venezuela que obligó a cada habitante a abandonar el mar. Durante días, los vecinos de los pueblos de la costa se reunieron para dormir en las plazas o en sus emblemáticos patios de secado del cacao. No sabemos qué significa esto. Solo sabemos que nosotros no habíamos vivido algo así y que nuestros ancestros jamás lo vieron, dice Enrique Liendo desde su hamaca en Cepe, a la orilla de la playa.
Dieciocho días después, hubo una réplica con epicentro en el mar, que volvió a despertar la preocupación de todo el litoral. El mar está como el mar de diciembre, que hay que tenerle respeto, dice Laurimar Salazar desde su silla de ruedas en Puerto Cruz, dirigiendo la reparación de su restaurant Mamita, que se desplomó en los terremotos. Aquí todo el que viene yo lo atiendo, así tenga que ir a Caracas a comprar mercancía de ahora en adelante, suspira.
En Chichiriviche de la Costa, Puerto Cruz, Puerto Maya y Cepe no hubo pérdidas humanas y el daño de las casas no es comparable a la destrucción generalizada de La Guaira. Pero no tienen cómo abastecer sus negocios y despensas, pues su principal proveedor era Catia La Mar y ahora tienen que ir hacia otros pueblos alejados por tierra o, los más privilegiados, hacer mercado en otras ciudades. El primer día, si recibíamos un kilito de arroz, era súper bien recibido, pero el otro día tuve que ir a Carayaca a hacer mercado y eso queda a una hora en carretera desde aquí, dice Rosa María Liendo en Chichiriviche de la Costa.
—¿Cómo están las cosas por aquí?
—Tranquilas.
Marbelis Meléndez estaba bajo la sombra de un árbol, en la orilla de la playa de Puerto Maya, cuando llegó una lancha con dos personas que no eran del pueblo. Vengan a ver cómo quedó mi casa, necesitamos ayuda, dijo, sin saber quiénes eran. Aquí no ha venido nadie, no sabemos qué podemos hacer para que nos den los saquitos de cemento que necesitamos para volver a construir nuestra pieza. Junto con su prima Brígida, emprendió un camino desde la playa, atravesando dos ríos a pie y subiendo una colina, para mostrar al menos cuatro casas caídas y otras seis con sus paredes rotas por los terremotos.
La mayoría de las casas que se cayeron medían un poco más del tamaño de una cama matrimonial y estaban hechas artesanalmente de bloques con cemento a medio terminar y ajustadas a veces con cartones, a veces con bahareque, siempre sin friso. Esta es mi piecita. Esa pared me cayó encima y tuve que sacar a mi mamá viva de los escombros, dice Brígida, refiriéndose a la señora Marcimina, quien desde ese día se ha dedicado a recoger bloque por bloque para llevarlo desde su pieza al desagüe, tapando la única salida de agua que tienen en la zona.
¿Y ahora qué hago? ¿Para dónde agarro si la tierra se está abriendo?, pensaba Karina Blanco mientras veía cómo su casa se derrumbaba. Desde que llegó con su mamá hace 21 años desde la Colonia Tovar hasta Puerto Maya, su casa siempre ha estado en amenaza de caerse por estar junto a la quebrada: La primera vez que creció el río me tumbó una pieza. Cada vez que me decían que crecía el río, yo agarraba mis cosas y las subía para allá. Sé que en La Guaira fue más fuerte que aquí, pero la verdad es que uno necesita, y si me dieran una casa en otro lado, yo la aceptaría, dice preocupada.
En uno de los negocios frente a la cancha de bolas criollas funciona una antena de Starlink que mitiga la falta de telefonía en el lugar. Hace unos meses que se cayó la antena de la única operadora que prestaba servicio en el pueblo (que es del Estado) y, desde entonces, todos dejaron de tener señal. Cuando se va la luz, no hay ni wifi ni antena. Y esto sucede más de cinco horas al día, por un racionamiento eléctrico no oficial y rotativo, que arropa a muchos de los pueblos fuera de Caracas desde hace años, pero que ahora se prolonga, después del terremoto.
Las lanchas, que son el gran medio de comunicación entre los pueblos de la costa, tienen limitado el abastecimiento de combustible. Deben navegar más de una hora hasta el Puerto de La Zorra para recargar. Por estos días, suelen juntar los bidones del pueblo en una sola lancha, para llenar todos los que puedan y compartirlos. Con la poca gasolina que les llega salen a pescar y llevan insumos a otros pueblos.
La pesca también sufre, porque el terremoto cambió el lecho marino. En Trinidad, la isla contigua al oriente de Venezuela, el suelo se levantó seis metros después de los sismos; la NASA también confirmó que los terremotos provocaron un desplazamiento de la superficie terrestre de hasta 60 centímetros, que alteró drásticamente la geografía local; y, en Chichiriviche de la Costa, los pescadores han visto cómo donde antes había arena ahora hay rocas, y donde existía una profundidad de 10 metros, hoy hay más. Después del temblor sí estábamos sacando muchos peces, pero llevamos como dos días que no se encuentra nada por ahí, explica Enrique Liendo
Los locales confían en que el turismo va a llegar. Creemos que ahora va a empezar a venir más gente para este lado porque La Guaira se quedó sin playa, dice Will desde su lancha. Mientras tanto, seis turistas de Barquisimeto llegaron a Choroní, y de ahí a Cepe, como los primeros aventureros. Teníamos un viaje programado y como vimos que aquí todo estaba bien, nos vinimos. Esa es la razón por la que La Morocha abre todos los días, con la esperanza de que alguien llegue; Richard prepara la guarapa de parchita en el congelador y Micaela De Fisher, la maestra jubilada del pueblo, abre su posada también a diario. Saben que hay que seguir.
Marcy Alejandra Rangel – El País de España.
