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A ocho días de los terremotos Caracas en una nueva normalidad entre el luto, las réplicas y los escombros

 

Calles solitarias, clases suspendidas y el temor latente a un nuevo sismo marcan la nueva y dolorosa realidad de la capital. Entre carpas improvisadas y el silencio oficial, los caraqueños se debaten entre la angustia de la espera y la urgencia de aprender a vivir un día a la vez.  Ascienden a 35 los fallecidos en el edificio Petunia de Chacao, informó el alcalde de Chaco, Gustavo Duque.

Ha transcurrido una semana desde que los terremotos causaron la peor tragedia de la historia reciente en Venezuela y en la capital se instalaron el luto y el dolor. Las solitarias calles de Caracas se transitan con paso lento y denso. Las clases están suspendidas. Las oficinas abren a media máquina. En las aceras, las pocas personas que caminan, sin poder evitarlo, miran hacia arriba observando los daños de los edificios. Nadie quiere dejar a sus familiares solos. El miedo a lo que pasó se mezcla con el terror a lo que podría volver a pasar debido a las constantes réplicas, que ya registran más de 600 según la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis).

En zonas como Los Palos Grandes, específicamente en el Edificio Petunia I, y en el edificio Santa Rita de San Bernardino, todavía hay quienes esperan con desesperación por los cuerpos de sus familiares. Mientras tanto, a tan solo 30 minutos de la ciudad, la urgencia empeora: decenas de personas se mantienen a diario levantando bloques y vigas con picos y palas para poder rescatar a los suyos de entre los escombros.

Eddie Tirado, de 41 años, está desde el jueves pasado como voluntario en el Santa Rita ayudando a remover escombros. “Aquí las herramientas han sobrado y hemos tenido mucha ayuda, tanto de otros voluntarios como de personas que se acercan a llevarnos comida”, relata mientras se limpia el sudor de la frente que se mezcla con el polvillo del concreto. El cansancio no le impide seguir. No piensa dejar de ayudar hasta que se encuentre a la última persona desaparecida.

El drama en Bello Monte y Los Silos

Aquí no vas a encontrar a nadie que te dé estadísticas ni declaraciones, dice de golpe un miembro del equipo de prensa del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) en la morgue de Bello Monte. Es la respuesta en institución gubernamental de Venezuela, antes y ahora.

Sin embargo, tras bastidores admitieron que el flujo de cadáveres que llega a la morgue principal de la ciudad ha bajado mucho en las últimas horas. La razón es logística: a los restos rescatados en La Guaira los están trasladando directamente a Los Silos, la morgue provisional a cielo abierto dispuesta en el litoral central.

En las afueras del recinto, la tragedia tiene el rostro de Óscar Hill, de 51 años, quien perdió a su única hija, Grady Hill, de 25 años, estudiante de Odontología y quien en pocos meses recibiría su título. El próximo 7 de julio cumpliría 26 y el acto de grado estaba pautado para el 8 de diciembre. El padre jamás se imaginó que la camisa de promoción universitaria de su hija la vestiría para despedirla.

Grady se encontraba en el Edificio La Gabarra, en La Guaira, pasando un feriado junto a su pareja y sus suegros. Los cuatro fallecieron tras el colapso de la torre de 12 pisos. Hill critica la falta de apoyo de las autoridades nacionales, afirmando que la familia tuvo que encontrar sus propios insumos para las búsquedas y que la ayuda real provino de los rescatistas internacionales. Apenas el pasado miércoles a las cuatro de la tarde, pudieron rescatar los cuerpos.

Sobre la entrega de los cuerpos, dice que su proceso ha sido un poco más ágil para ellos debido a que su yerno era funcionario del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), a diferencia del calvario que viven otras familias en Los Silos en La Guaira. “Hay personas que no tienen, por llamarlo de alguna manera, la misma suerte. Hay personas que los tienen en Los Silos allá en La Guaira todavía desde hace días y se tardan más los procesos, y uno en este momento quiere pasar este dolor lo más rápido posible, de la manera más tranquila”, reconoció.

Ante el sufrimiento que atraviesa, reflexiona sobre lo efímera que puede resultar la vida. “Hay que vivir un día a la vez. La vida puede ser muy larga o muy corta. Si tenemos que decirle a alguien ‘te quiero’, dígalo hoy. Si quieres abrazar a alguien, abrázalo hoy. No lo dejes para mañana”.

Nervios en la ciudad

En distintas zonas del municipio Chacao, como en Los Palos Grandes y en Altamira, hay personas damnificadas durmiendo en carpas puesto que sus edificios están desalojados. La alcaldía implementó un mecanismo donde, a través de etiquetas verdes, amarillas y rojas, distinguen cuáles edificios están habitables, cuáles no por ahora pero serán reparados, y cuáles sufrieron daños severos y deben demolerse.

El edificio San José es uno de los más afectados debido a que al lado está el edificio Coral, el cual fue inspeccionado y sus columnas de los primeros pisos presentan graves afectaciones estructurales. Andrés Arriivillaga, de 68 años y residente del Edificio San José, duerme en una carpa junto a su familia, entre ellos, un niño con autismo. Su mente regresa una y otra vez al momento de terror que vivieron durante los terremotos. “Fue horrible porque nosotros nos quedamos atrapados entre una reja, se caían las paredes y no podíamos salir. Y cuando finalmente vamos bajando, no veíamos nada porque en el frente se cayó un edificio, el Petunia. Eso levantó una cantidad de tierra, de polvo, y no veíamos cómo hacíamos para salir, no veíamos nada. Gracias a Dios lo estamos contando. Fue tan fuerte que yo dije: ‘Ay, Dios mío, hasta aquí llegamos’. El edificio realmente aguantó y en estos días, bueno, las estructuras que sostienen el edificio no tienen problema”, comentó.

Ante las constantes réplicas y un riesgo mayor de colapso del vecino, prefieren mantenerse allí en carpas y ser cautelosos.

Por su parte, Javier Poncel, de 64 años y también residente del Edificio San José, explica que la vida se ha vuelto una rutina cronometrada y tensa. Los vecinos tienen permiso para entrar al edificio en bloques de tiempo cortos para recuperar pertenencias básicas, pero no se les permite habitarlo aún. Existe una gran preocupación colectiva por la estabilidad del Edificio Coral, situado justo al lado, cuyo posible desplome afecta directamente la seguridad de su propio inmueble. “Cuando prendieron esos martillos nos arrancamos a correr”, confiesa Poncel, reviviendo la zozobra de los temblores.

La Plaza de Los Palos Grandes, un espacio que antes de los terremotos estaba repleta de personas cambiando barajitas del álbum mundial de fútbol, hoy está convertida en un refugio improvisado de damnificados. Allí se encuentra Laura Goldberg, de 63 años, residente del Edificio Caromay en Chacao. Su inmueble recibió etiqueta amarilla y la alcaldía le notificó que podrá volver en un lapso de dos a tres meses. A ella una amiga le prestó provisionalmente un apartamento vacío, pero el alivio no borra las secuelas emocionales.

Yo amanezco con un nudo aquí y otro aquí y no lo puedo evitar. Y soy afortunada que tengo un techo, y hay tanta gente que se murió, que se quedó sin casa en La Guaira… Uno tiene que ser realista y no esforzarnos. Si sentimos miedo, sintamos miedo hasta que se nos pase. Estamos nerviosos, adelante con tus nervios. Aceptar las emociones, aceptar la situación y las emociones, afirma con mucha seguridad.

Mientras tanto, la cifra de fallecidos sigue en aumento y Caracas se mantiene con una herida abierta, una que duele y duele mucho, porque bajo las toneladas de concreto de lo que antes eran hogares, todavía hay vidas atrapadas y planes que ya no llegarán a concretarse.

Aliana Abadi – El Nacional

 

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