Tutelado por Estados Unidos, sin libre acceso a sus ingresos y con un sistema que ya operaba al límite, el país sudamericano afronta sus horas más difíciles. Organismos de rescate y voluntarios retiran un cuerpo sin vida de una persona, en un edificio desplomado, en Catia La Mar, el 27 de junio de 2026.
Venezuela afronta una catástrofe con un Estado chavista agotado y sobrepasado.
Caía la noche del miércoles y los tres estaban en la cocina tras un día festivo en la playa. William Vera, un chef de 24 años, había viajado a la costa venezolana desde Caracas para pasar el día con su novia y su suegra en un apartamento frente al mar. Se conocían desde hacía poco, pero ya hacían planes de futuro. Ella estaba vendiendo el apartamento de la playa para mudarse a la capital, más cerca de él. Habían pasado la fiesta en el mar y habían vuelto a casa solo a por el perro, un cachorro enfermo al que William no quería dejar solo. Pensaban comer algo y volver a bajar. Eran las 18.03.
El primer sacudón llegó apenas un minuto después. Abrió un boquete en el techo y, del piso de arriba, cayó una nevera entera sobre la suegra de William. El suelo se movía. Él y su novia corrieron hacia la puerta, a trompicones, pero una lavadora les cortó el paso. Segundos más tarde —los 39 que separaron el temblor de 7,2 del de 7,5— la pared se les vino encima y quedaron atrapados bajo el edificio. La historia la reconstruye Jhon Da Silva, 34 años, su mejor amigo, el hombre que un día después lo sacaría de los escombros.
Venezuela no recordaba nada parecido en más de un siglo. Fue un doblete sísmico: dos terremotos casi consecutivos con epicentro en el Estado de Yaracuy, en el norte del país. Ocurrieron en pleno feriado de la Batalla de Carabobo, con buena parte del comercio cerrado y las playas de la costa llenas de caraqueños que habían ido a celebrar el día de San Juan. El Estado de La Guaira —la antigua Vargas— fue el más castigado, con más de 100 edificios hechos añicos y un número aún indeterminado de víctimas. El aeropuerto internacional de Maiquetía, la principal puerta de entrada al país, cerró por daños estructurales. Las pistas, el techo, el edificio… casi todo colapsó.
El balance oficial comenzó la noche del miércoles con 32 muertos y no ha dejado de subir: 164, 235, 589, 920. Este sábado se elevó hasta los 1.430. Se espera que esas cifras sigan disparándose a lo largo de estos días porque las autoridades ni siquiera han empezado a desescombrar. Bajo los cimientos puede haber cientos de muertos más. También vivos. El viernes por la noche, más de 48 horas después del derrumbe, los rescatistas lograban sacar vivos de un edificio de Caracas a un hombre y a su perro.
La carretera de la playa, en La Guaira, era ese día una sucesión de desastres. Sobre todo al llegar a Caraballeda, la zona cero, acordonada por el ejército y los rescatistas internacionales, donde la mayoría de los edificios están con las tripas fuera. Torres de más de 10 pisos aplastadas como un milhojas de hierro y cemento. Urbanizaciones de playa de las que solo queda en pie la puerta de entrada. Detrás, todo es ruina. El olor a muerto se expande y los vecinos se arremolinan en la acera con los colchones y neveras que han logrado rescatar. Subido sobre la montaña de escombros en que se ha convertido uno de los edificios, un rescatista pide silencio. Se pone el dedo en los labios mirando a la muchedumbre que le observa desde abajo. “¡Creo que hay alguien!”, se escucha con dificultad desde la acera. El rescatista no da con el lugar exacto y al cabo de un rato decide bajar. Necesita refuerzos, perros, más recursos para poder salvar más vidas.
María Martín – El País de España
