Hace tres días, el 24 de junio, nuestro país fue estremecido por un espantoso terremoto. Desgarramiento de la tierra venezolana análogo al desgarramiento del alma de un país que contempla a miles de víctimas aguardando por ayuda de parte de instituciones incapaces de responderles. Desgarramiento geológico como una metáfora del desgarro de la incomprensión y el dolor al comparar los miles y miles de millones de dólares desaparecidos, robados, malversados con la impotencia de cuerpos bomberiles carentes de las herramientas necesarias para auxiliar a tantas y tantas víctimas desvaneciéndose entre los escombros. Desgarradura de un país que vivió por casi treinta años en medio de voces de odio, que conoció el desgarramiento de vínculos que jamás debieron romperse entre los venezolanos; desgarradura de la incompetencia, indiferencia y latrocinio compañeros de ese desgarramiento convertido en encarnación del dolor de muchos ante la falta de respuesta a su sufrimiento.
