
He decidido titular este artículo para homenajear en sus 14 aniversarios a “Vente Venezuela”, organización y movimiento social y político, fundado por la única premio nobel de la Paz Venezolana, María Corina Machado con esta rúbrica: “El Diente Roto del Rey Desnudo” con el objeto de tratar de esbozar y parodiar dos joyas de la literatura universal, ubicadas; realizadas en dos tiempos históricos con autores cultural; territorialmente diferentes; y ubicarlo el análisis hermenéutico en nuestra contemporaneidad política real.

El Diente Roto del escritor venezolano Pedro Emilio Coll, nos narra la historia de Juan Peña, un niño muy travieso que, tras romperse un diente en una pelea, se vuelve aparentemente tranquilo y reflexivo. A partir de este accidente, la sociedad comienza a alabarlo y lo eleva falsamente como a un gran genio y político.

A los doce años, Juan era un niño inquieto, alborotador y pendenciero. Durante una pelea callejera, recibió una pedrada que le rompió uno de sus dientes, dejándoselo con forma de sierra. Sorprendentemente, desde ese día su actitud cambió por completo. Juan se volvió callado, tranquilo y pasaba horas con el cuerpo inmóvil y la mirada perdida. Lo que nadie sabía es que su aparente estado de profunda reflexión era simplemente el resultado de pasarse la punta de la lengua por el diente roto.

El rey desnudo, es un cuento escrito por Hans Christian Andersen conocido originalmente como el traje nuevo del emperador (en danés: Kejserens nye Klæder), publicado en 1837 como parte de Eventyr, Fortalte for Børn (Cuentos de hadas contados para niños).

La historia es una fábula o cuento con un mensaje de advertencia: “No tiene por qué ser verdad lo que todo el mundo piensa que es verdad”, o, también, “No hay preguntas estúpidas”. El apólogo o historia “El traje nuevo del emperador” es el n.º 168 de la colección de Andersen.

La narrativa resumen que se trata de un relato de hace muchos años donde vivía de un rey que era comedido en todo, excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día oyó Mira este contenido en a dos charlatanes de nombre: Guido y Luigi Farabutto decir que podían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginar. Esta prenda, añadieron, tenía la especial capacidad de ser invisible para cualquier estúpido o incapaz para su cargo. Por supuesto, no había prenda alguna; los pícaros simulaban que trabajaban en la ropa, pero se quedaban con los ricos materiales que solicitaban para tal fin.

Como podemos ver desde una visión teológica el clásico cuento “El traje nuevo del emperador” o “El Rey Desnudo” de Hans Christian Andersen posee una profunda dimensión dogmática. Su núcleo no es solo la vanidad humana, sino el contraste radical entre la falsa divinidad construida por el sistema y la verdad desnuda que revela la vulnerabilidad de la creación.

El Rey representa la autoridad terrenal que se rodea de un aura de magnificencia creada por la adulación y las estructuras de poder. Desde una perspectiva escolástica, este “traje” invisible refleja la idolatría: la sociedad construye imágenes de grandeza y poder absoluto alrededor de líderes falibles, elevándolos a una condición casi divina. La tela es tan perfecta (e invisible) que el sistema prefiere adorar la ficción antes que admitir su propia ceguera y complicidad.
En “El diente roto” de Pedro Emilio Coll, la teología no se aborda desde la religión institucional, sino como una crítica al vacío existencial y a la idolatría social. El cuento expone cómo una sociedad vacía es capaz de elevar a la divinidad a un hombre mediocre por su simple inacción.

En la exegesis de ambos casos prevalece la Inmanencia de la Vanidad versus Lo Trascendente, se evidencia la superficialidad espiritual, la tradición espiritual busca la elevación del alma hacia lo trascendente, el bien del conocimiento de la divinidad, desde un foco de toda su atención y sentido vital en lo banal o superficial como un diente roto o la simulación de una falsedad o estafa o falsa u oferta engañosa que eleva el ego de poder en el caso del Rey.
En por ello que menester alertar y prevenir el casatorio de quienes desde sus laboratorios genuflexos frente al omnímodo y alicaído poder “chavista”, el mismo que ejecutó un cautiverio de 27 años a toda una sociedad y la pauperizó de hinojo frente a sus huestes, esa que en nombre de la de la declaración de la autodeterminación del pueblo, perpetró el oprobio y robo más atroz de la historia republicana en este país, que es una tierra de gracia.

Es profiláctico ejecutar un simple paneo cinematográfico a propósito de los 14 años de Vente Venezuela, para ni siquiera recordar la historia de las tramas de corrupción y las múltiples acusaciones que cursan hoy cualquier cantidad de tribunales de América y Europa por causas vinculadas a entramados criminales que repiten las tramas criminales de fraudes, blanqueos de capitales y actos delictuales.

Un país corrido por la injusticia y la impunidad a costa de la miseria y la pobreza de toda una población. En términos teológicos debo a firmar que este fenómeno pecaminoso simboliza una forma de idolatría inmanente: es el ego que sustituye a lo divino, y la ansiedad intrascendente que reemplaza la búsqueda de un fenómeno colectivo: la corrupción convertida en una especie de parodia de la fe ciega y silenciosa .

Acudimos sin darnos cuenta a la fábula del “Inquieto anacobero” como si esta fuera una señal de genialidad, siendo que se acudimos a una tienda de creación de falso profetas o un ídolos de barro, cuando la verdad verdadera, es que la sociedad, necesitada de líderes, no requiere que sean sabios, ni que mantengan la apariencia de serlo, tampoco la exaltación de la hipocresía elevada a la categoría de verdad incuestionable.
