
Y quitaron de la placita 19 de abril la copa de concreto que había en el centro y colocaron un busto del poeta y, de allí en adelante la llamaron plaza Andrés Eloy Blanco. Para descubrir el busto organizaron un acto cultural y lo invitaron a él para que dijese el discurso de orden. Nada más natural que lo hiciese él, el hermano Morrocoy, para el hermano de paso lento.
Muy temprano, llenos de entusiasmo, estábamos en la plaza, pero no por la inauguración; la copita que quitaron ya era algo de nosotros, nuestra hermana y compañera confidente. A Andrés Eloy le teníamos tan cerca que sabíamos sus poemas de memoria y repetíamos y celebrábamos tan frecuentemente sus chistes que el nuevo nombre de la plaza nos supo a redundancia. Fuimos en grupo esa mañana para escuchar al hermano Morrocoy.
Cada uno de nosotros se sentía Vidal, destacado líder estudiantil en la lucha contra la dictadura gomecista, personaje de “Fiebre”, novela de Miguel Otero Silva, el “hermano morrocoy”, que habíamos leído todos. Acabábamos de salir del combate contra la dictadura perezjimenista y entendíamos bien su angustia que fue la misma nuestra. Admirábamos a Miguel, por narrador y poeta y por él mismo, su arrojo y sacrificio al enfrentarse a la dictadura de Gómez y la que acababa de fenecer, la de Marcos Pérez Jiménez.
¿Cómo no admirar a quien, pese todo su remanente de romanticismo hispano, se opuso al caudillismo por sus propuestas individuales y personalistas?
Desde antes, queríamos a Miguel porque, el Vidal de “Fiebre”, era en cierto modo el mismo Miguel Otero Silva que ya había escrito, con Rómulo Betancourt, aquel folleto de furioso título “En las huellas de la pezuña”, donde, como voceros del movimiento estudiantil venezolano denunciaron la dictadura y la complicidad del “imperialismo” y pusieron en duda la validez de los agónicos caudillos opositores. Este Miguel, que estaba ese día en Cumaná, seguía pensando igual.
Cada uno quería escuchar la voz del compañero que, a los diecinueve años, acompañó a Urbina y al inolvidable Gustavo Machado en aquella aventura loca pero bella y romántica de la toma de Curazao. Queríamos ver al hermano Morrocoy, a quien escribía novelas que leíamos de un solo tiro, al autor del “Niño Campesino”, que tanto nos gustaba e incluso del “Gallo Zambo”, que aquel incansable e inolvidable Benito Quirós cantaba en galerón y sonaba con insistencia en las rockolas. Era Miguel, en la época dictatorial, nuestro héroe clandestino; el vertical director de El Nacional, el agudo y valiente autor de las manchetas. Nuestro compañero imaginario en las tertulias de las noches taciturnas del parque Ayacucho. Con él y de él leíamos y hablábamos y hasta celebrábamos sus chistes, mientras la botella iba de mano en mano.
Después de las muecas, habló Miguel. Comenzó diciendo:
“Aquí estoy hermano bajo el abrasante sol de tu pueblo natal”.
Habló del mar, de los pájaros, de la fertilidad del Manzanares, de mujeres, de tragos, de promesas incumplidas.
Cerré los ojos y me dejé llevar por el cadencioso ritmo de la cadena de palabras. Y lo quise más.
Lo quise más, en la medida que más supe de él. Cada día, con cada gesto, con su obra nueva, “Casas Muertas“, “Oficina No. 1″, “Cuando Quiero Llorar no Lloro, “El Tirano Aguirre“, “La Piedra que era Cristo”, mostró la fatuidad de aquellos que lo odiaron porque no hizo las mismas bobadas nuestras.
Lo sentí más alto cuando dijo a Gabriel García Márquez, “si se desatase la guerra entre Venezuela y Colombia, tú, Gabo, saldrás por las calles de Bogotá gritando ¡ viva Venezuela!; yo, por las calles de Caracas ¡ viva Colombia !”.
Era el mismo Miguel de “Fiebre” y del discurso para inaugurar la plaza del hermano cumanés de paso lento.
No se ha ido. Sólo descansa y está haciendo una nueva travesura.

