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Eligio Damas: Quemar libros. ¡Qué malo y horrible es el odio!

 

Eso lo hizo el fascismo en toda Europa. Lo ordenó Pinochet y quiso quemar a Pablo Neruda y no pudo. Porque, como gritó en las calles de Santiago, Matilde Urrutia, la esposa del gran poeta chileno, al ser detenida en plena calle la ambulancia donde a aquél llevaban en estado de gravedad, mientras estaba en desarrollo el golpe de Estado contra Allende, “en esta ambulancia va en estado de gravedad, Chile”.

“Las Brujas de Salem” de Arthur Miller, es una de las tantas condenas de la inteligencia a esos monstruos que se inventan fantasmas y, de sus propias miserias, construyen ficciones para culpar a otros. Dos grandes poetas, por la poesía, en veces un arma demasiado peligrosa, como dijo Pablo Neruda, a un policía de los que allanaban su casa en Isla Negra, Franco, en España, fusiló a García Lorca y dejó morir, tras la rejas, encarcelado, a Miguel Hernández. Los dos más grandes poetas españoles del siglo XX.

El primero aquel que cantó, entre lo tanto bello:

Verte desnuda es recordar la Tierra.

La Tierra lisa, limpia de caballos.

La Tierra sin un junco, forma pura

  

cerrada al porvenir: confín de plata.

El segundo, a quien Neruda llamó “el poeta pastor y cara de papa”, Miguel Hernández:

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.

Y, en veces, quizás muchas, estos otros, simples víctimas o de ellas descendientes, culpan de los crímenes cometidos por quienes manipulan al mundo, a “víctimas” como ellos y, salen a cazar brujas. Es decir, al final, alguien, alguna víctima, que por incompetencia no puede percibir la realidad y se nutre de visiones ajenas que le llegan llenas de falsedades, termina siendo agente de sus victimarios. Y entonces pide el cadalso hasta para sí mismo y que quememos las ideas y la verdad, la ciencia, la poesía y hasta la inteligencia. Al final, quema a los suyos, sus huellas y así mismo.

¡Qué malo y horrible es el odio!