
A una bella e inolvidable compañera del Liceo Antonio José de Sucre de Cumaná
La recuerdo siempre. ¿Cómo no voy a recordarla?
Fue, digamos, mi primer amor o el primero, que intenté atrapar, estando yo, por ella atrapado, pero sin ninguna esperanza; tampoco imaginaba nunca que, por mí, ella lo estaba.
Los dos, desde el primer momento, nos habíamos atrapado y no lo sospechábamos.
La miraba por encima de mí, por su belleza y origen.
Me veía, por ella, mirado desde arriba, con una sonrisa linda que imaginaba compasiva.
No había aparecido nunca en mis sueños alcanzables, insomne como soy, dado,
la mayor parte del tiempo, me dedicaba a observar el mundo real.
Por ese “realismo”, que me hacía ver cómo era, vestido casi de andrajos,
en un espacio donde todos lucían elegantes,
me prohibía pensar en ella, pese al verla, que era todos los días y a cada instante,
me sentía tentado a volar y volverme un príncipe ante ella.
Estando junto a mí, Asdrúbal, pasó ella con su andar elegante y figura glamorosa.
Nos miró a ambos, como siempre, indiferente o evasiva, pero alegre.
Asdrúbal, de ella enamorado, le lanzó un piropo.
Volteó airada, le dio una respuesta nada estimulante y siguió erguida, como ofendida.
“Te prometo hermano”, dije a un Asdrúbal triste y deprimido por aquello,
“voy a vengarte; la enamoraré”.
Éramos apenas unos niños, casi empezando en la escuela media.
La respuesta a Asdrúbal, dada con tanta vehemencia, pese la costosa vestimenta de éste… pensé más tarde,
era un mensaje a mí mismo lanzado para me atreviese. Usase las fuerzas en mi contenidas por el deplorable traje.
Pues, imaginé percibir, en su rostro, en la mirada a mi dirigida, un ligero cambio de su antes airado tono.
Y, cosas inimaginables de la vida, fue verdad aquello imaginado.
Era la estrella del grupo. Esbelta, rubia, elegante y la mejor vestida. Y, además,
reconocida por su talento, gracia y figura bondadosa.
Aquella respuesta dada a un amigo y compañero de mucho tiempo y distintos espacios,
me pareció extraña, más viniendo de ella.
Me afinqué en mi realidad, me aferré a mis deseos, fuerzas ocultas y creí aquello un mensaje a mi lanzado.
Una mañana que la hallé solitaria, en unos de los pasillos del Liceo Sucre,
sin titubeos, le hablé de lo que de ella había en mí, que la soñaba despierto,
creyendo aquello algo inalcanzable.
En verdad, no fue un gesto de venganza por el fracaso del amigo, sino un atreverme a ser yo;
y la intuición de aquello derivada.
Esperé un instante, que fue eso, un breve tiempo y vi en su boca y rostro todo, pintada una bella y hasta feliz sonrisa.
Lo demás es largo, bello, alegre y hasta inolvidable, tanto que ahora, por ella, esto escribo. Pero la vida, no eso que llaman el destino, entre ella y yo ponía muchas trabas. Y a mí, no sé a ella, pues la última vez que nos vimos ni siquiera me despedí, sabiendo que me iba, la vida me lanzó demasiados retos, creyéndome casi desarmado.
La ropa que ambos vestíamos, cuando la conocí, en aquella bella escuela, me separó de ella, me restó bríos, forjó prejuicios y determinó sentencias; fue vocera, juez e intentó un olvido que no lo es; siempre su recuerdo está conmigo.
Eligio Damas: Profesor, especializado en Historia. Nació en Cumaná, lleva unos cuantos años viviendo en Barcelona. Ha sido militante y dirigente político. Desde hace varios ha publicado en diarios y revistas. Escritor de artículos sobre temas diversos; cuentos, novelas y ensayos. Tres de sus novelas, “La Tía Panchita”, “La Mudanza” y otra sin título definitivo, están sin editar. Con la novela “El Crimen Más Grande del Mundo”, se ganó el premio nacional de narrativa del 2010, del Fondo Editorial IPAS.ME.

