
El suspiro
¿De dónde viene el íntimo suspiro
que el pecho exhala en serie continuada?
no es la expresión del alma enamorada,
que quimeras de amor ya no deliro.
No es la ilusión liviana y pasajera
de un esperado bien: yo nada espero.
Voló el placer dulcísimo, hechicero,
con los delirios de la edad primera.
No es la miseria ruin, de adusto ceño
yo vivo en el solaz, en la abundancia,
y en el aura respiro la fragancia
de flores mil en apacible ensueño.
Tal vez es el hastío que entre el ruido
del placer vano del estéril mundo
nos influye un gemido hondo, profundo,
por un nuevo placer desconocido.
No sé lo que será, mas yo padezco
una oculta ansiedad desconocida:
no sé lo que será, mas es mi vida
insulso un don que a veces no apetezco.
No sé lo que será: sólo me place
lejana voz de alguno que suspira,
y si las cuerdas pulso de mi lira
sólo su amargo son me satisface.
Vanamente el deleite mover quiere
del alma usada el lánguido resorte;
a un suspiro mortal su linda corte
huye del alma que en su angustia muere.
Si esos que en el espacio se revuelven,
inmensos mundos, asombrado admiro,
detrás la admiración viene el suspiro,
y mis enfados la ilusión disuelven.
Ya vea lucir el disco refulgente
del magnífico sol al levantarse,
ya de vapor blanquísimo al velarse
su paso tornasole en Occidente;
ya brille en el zenit como el diamante
de la corona inmensa de la tierra,
siempre el enfado el corazón me cierra,
siempre suspira el pecho delirante.
Ya mire el mar que manso se dilata
cual la visión azul de una laguna,
desparrame en él la blanca luna
su misteriosa luz de limpia plata;
ya el horizonte oscuro, encapotado,
el rayo surque en anguloso giro,
al labio ¡ay Dios! asómase el suspiro,
cuando el primer asombro ha terminado.
¿Qué me importa la gracia, la hermosura,
el pie gentil, la lánguida mirada,
si la dulce ilusión está gastada
de la mujer por la inconstancia dura?
¿Qué importa que descienda en espirales
por la lucida espalda el luengo pelo,
si un recuerdo de ayer transforma en hielo,
y de mi amor apaga los fanales?
¿Qué me importa la báquica algazara
que aturde del salón el ancho techo,
si yo arrancar no puedo de mi pecho
el dardo agudo de mi angustia rara?
¿Qué me importa la turba que contenta
corre por calles, plazas y jardines,
y de ninfas el coro, que en festines
y en danza alegre su donaire ostenta?
¿Qué me importa el placer en que se embriaga
el pobre iluso que se cree querido?
¡Oh!déjale gozar su bien mentido:
vendrá un mañana que su error deshaga.
Entonces mirará, cual yo lo miro,
oscuro el porvenir, negro y vacío,
y a lo presente indiferente y frío,
suspirará también cual yo suspiro.
¡Oh sensación oculta, incomprensible,
que abate el corazón, tenaz y activa!
¿Quién eres tú, fantasma fugitiva,
de forma y de color indefinible?
Siento el influjo poderoso, interno,
que tienes sobre mí, visión errante;
miro tu sombra opaca y vacilante,
oigo tu voz, mas nunca te discierno.
Si eres amor que vienes en mi daño,
aléjate de mí, déjame en paz,
que tu linda ilusión no veré más
por el mágico prisma del engaño.
Si eres la imagen vagarosa, incierta,
de un quimérico bien que nunca gozo,
pues no te he de abrazar, deja en reposo
mi inquieta vida a la esperanza muerta.
Si ambición eres, con la faz de rosa,
y el corazón repleto de amargura,
pasa, y no turbe tu visión impura
mi paz profunda y libertad dichosa.
Si eres la duda que a agitarme vienes,
¡Oh! yo no dudo, no; que el ancho espacio
es la corona excelsa de topacio
con que Dios ciñe sus augustas sienes.
Si eres una ilusión que ya he perdido,
deja que en paz un sólo instante goce:
deja que el corazón sin ti repose,
y abísmate en la noche del olvido.
Si eres la gloria espléndida, halagüeña,
cual te concibe mi embriagada mente,
ven, y suspire el pecho eternamente
por un favor de tu visión risueña.
Que tienes un altar en mi memoria,
donde un culto te rindo ardiente y vivo,
y estas humildes líneas que yo escribo
tributo son para halagarte ¡Oh gloria!
Ven, virgen divinal: ven; que yo mire
cerca de mí tu fúlgida hermosura,
y aunque no ciñas tú mi sien oscura,
mírete yo y el corazón suspire.
José Antonio Maitín: Poeta y dramaturgo. Fueron sus padres José Ignacio Maitín y Ana María San Juan. Transcurrió su infancia en su pueblo natal. Como su familia poseía bienes de fortuna, tuvo un preceptor particular. En 1812, tuvo que huir a Curazao junto con sus familiares, como consecuencia de la caída de la Primera República, pero todos fueron apresados en alta mar y conducidos a Coro; luego pudieron viajar a La Habana, donde se residenciaron. En Cuba, José Antonio Maitín ha de asistir a la escuela del barrio en que habita y conoce a José Fernández Madrid (dirigente civil del movimiento independentista de Nueva Granada que estaba confinado en Cuba), quien posteriormente lo introduce en los círculos intelectuales de la isla. Traba amistad con José María de Heredia, con Domingo Del Monte y con el joven Santos Michelena, recién llegado a Cuba (1819), y cuya amistad con Maitín será decisiva. En la isla también se despierta su interés por el teatro (1820). En 1824 regresa a Venezuela. La guerra ha destruido su querencia nativa y en 1826, viaja a Inglaterra como adjunto al cónsul general de la Gran Colombia, Santos Michelena. En Londres conoce a Andrés Bello. En 1834, regresa a Venezuela y se establece en Choroní, donde sus padres tienen una hacienda. En 1835, visita a Caracas para encontrarse con Michelena; en la capital conoce al presidente José María Vargas y a José María de Rojas. Este último lo induce a publicar una comedia en 2 actos, escrita en verso, La prometida. Es el inicio de su actividad como literato. En 1838, publica su otra comedia Don Luis o El Inconstante. Sus años de producción literaria van desde 1840 hasta 1850. Un acontecimiento inesperado, la llegada de un libro de poesías de José Zorrilla enviado por su amigo José María de Rojas, en 1841, le abre las puertas del romanticismo. El hasta entonces vacilante poeta neoclásico termina emocionado la lectura del libro. Escribe un poema dedicado a Zorrilla y se lo remite a Rojas, quien lo publica en El Liberal el 18 de enero de 1842. Desde este momento, la fama de Maitín se extiende por todo el país. En marzo de 1842, va de nuevo a Caracas, llamado por el vicepresidente de la República, Santos Michelena, pero rechaza todo cargo público. Escribe Un adiós a Caracas y regresa a Choroní. Compone, luego, un Homenaje a Bolívar. En enero de 1848, mortalmente herido durante el asalto al Congreso, muere Santos Michelena. Maitín, acongojado, escribe un poema sobre el trágico suceso. José María de Rojas (hijo) se preocupa por editar, en 1851, un volumen con las poesías de Maitín. Al morir su esposa, el 11 de julio de 1851, Maitín escribe una dramática elegía que titula Canto fúnebre y se recoge en su hacienda, «El Parnaso» de Choroní. En 1855, víctimas del cólera, mueren su hermano Federico, también poeta y sus amigos José María de Rojas (padre) y Teófilo Rojas. Ese mismo año, se entera de la muerte de José María Vargas, a quien dedica su mejor composición escrita después del Canto fúnebre. En 1870, lo visita en Choroní Francisco de Sales Pérez, quien observa que «…el poeta ha desaparecido y sólo queda allí el filósofo y el hombre de bien…», José Antonio Maitín fue uno de los poetas más populares de su tiempo, junto con Abigaíl Lozano y contribuyó a la difusión y popularización del romanticismo en Venezuela.

