
Las orillas del río
Inquieto, transparente,
ya dócil, ya bramado,
en su lecho de plata refulgente
undoso el Choroní corre impaciente;
y sus ondas regando,
va sus verdes orillas matizando.
¡Cuán diáfano retrata
los techos de verdura
y los peñascos en su linfa grata!
Su blanca espuma se disuelve en plata,
y reluciente y pura
la arena, en lo hondo, cual cristal fulgura.
Ayer tal vez rugiendo,
por la borrasca hinchado,
con ronco son y pavoroso estruendo,
iba su linda margen convirtiendo
en yermo desolado,
ahuyentando las aves y el ganado.
Hoy gusta los olores
del aire gemebundo:
sosegado y gentil bulle entre flores:
pasa festivo susurrando amores,
Y libre y vagabundo
corre a su eternidad … ¡El mar profundo!
Con rapidez extrema
rodando sus cristales,
es de la vida frágil el emblema,
que arrastrando consigo su anatema,
a abismos eternales
va a deponer sus glorias y sus males.
¡Bellísimas mansiones !
¡Pacíficos lugares
tan llenos de quiméricas visiones!
¿Por qué vibran tan dulces vuestros sones?
¿Lloráis vuestros pesares
ríos, por qué vais a hundiros a los mares?
¿O es el eterno beso
de rústicas deidades
quien da sus tonos al follaje espeso?
¿Quién puso y para qué tanto embeleso
en estas soledades,
y prodigó a las aguas sus bondades?
¿Sobre estos bordes fríos
qué numen bondadoso
puso estos verdes árboles sombríos?
¿Qué espíritu de paz mora en los ríos,
y duerme voluptuoso,
al son de su concierto melodioso?
No pienso con locura
que el eco peregrino
con que la onda pacífica murmura,
que suena al corazón con la dulzura
de un cántico divino,
murmura sin razón y sin sentido.
¿Qué importa la alegría
con que la tierra alienta,
si esta agreste, selvática armonía
muere y se pierde en la ribera umbría,
si no hay, cuando la ostenta,
vista que goce y corazón que sienta?
Oculta inteligencia
acaso se recrea
en este blando asilo de inocencia:
del bosque aspira la fragante esencia,
sus bóvedas pasea,
y el fresco de sus sombras saborea.
Acaso el manso viento
que en la floresta gira,
o en torno de las ondas, es su aliento,
tal vez este rumor con cuyo acento
la soledad suspira,
es la música eterna de su lira.
¡Arcángel invisible
que vaga en la espesura;
por quien suspira el céfiro apacible;
espíritu intermedio entre el temible
autor de la natura,
y su frágil y humana criatura!
Él sabe si el ambiente
que ahora manso resuena,
es el mismo que, a veces inclemente,
y vuelto tempestad, brama impaciente
en la floresta amena,
Y de ruina y destrozo el campo llena.
Él entiende el idioma
de la onda que se aleja,
el arrullo de amor de la paloma;
sabe dónde su olor halla la aroma
y si la encina añeja,
cuando arma su clamor, canta o se queja.
Él sabe quién marchita
la flor que nace apenas:
en qué cavernas lóbregas habita
el eco solitario: quién agita
las auras de olor llenas:
dónde y cómo germinan las arenas.
Y este ángel solitario,
la tierra que murmura
convirtiendo en magnífico incensario,
presenta a Dios este lamento vario
como la esencia pura
que a su criador ofrece la natura.
Y este clamor del suelo,
que se alza por do quiera,
este himno universal, tomando vuelo,
sube de sol en sol, de cielo en cielo
y de una en otra esfera
llega al trono de luz do Dios impera.
Tus genios o tus fadas,
¡Oh! ¡Dime dónde habitan,
hermoso Choroní! ¿Son sus moradas
tus flotantes y verdes enramadas
que nunca se marchitan,
o en tu onda sobrenadan y se agitan?
¿Habitan de las peñas
los antros tenebrosos,
o vagan en tus márgenes risueñas?
¿Se bañan en las aguas que despeñas,
o danzan tumultuosos
bajo tus frescos árboles frondosos?
¿En rápida barquilla
de nácar reluciente,
con mástil de oro y con dorada quilla,
no van surcando tu frondosa orilla,
o en brazos del ambiente
no se dejan llevar de tu corriente?
¡Feliz, feliz quien mira
tus márgenes serenas,
y con tu paz fantástica delira;
quien mezcla los acordes de su lira
al ruido con que suenas
cuando arrastras tus límpidas arenas!
Pacífico, contento,
perdido en tus riberas,
mi discordante voz soltaré al viento;
y libre allí del cortesano aliento,
tus linfas pasajeras
serán mi amor, mi mundo y mis quimeras.
Me servirán de alfombra
las hojas que derrama
el árbol colosal bajo su sombra;
de templo, ese infinito que me asombra;
y la menuda grama,
de mullido cojín o blanda cama.
Prepararé gozoso
mi caña y mis cordeles,
y bajaré a tu margen delicioso;
será mi alcázar tu jabillo umbroso,
sus ramas mis doseles,
y tu rústica orilla mis vergeles.
El dulce pajarillo
reposará su vuelo
bajo la espesa rama del jabillo;
en tanto que el plateado pececillo,
incauto y sin recelo,
vendrá él mismo a prenderse en el anzuelo.
Con paso acelerado
acaso me encamine
a tu orilla gentil; allí sentado
el libro celestial leeré arrobado
del tierno Lamartine,
su canto oyendo hasta que el sol decline.
Así la dulce vida,
pacífica y ligera,
bajo tu sombra pasará escondida;
no entre el placer que brinde fementida
la corte lisonjera
para acabar más presto mi carrera,
Como la frágil rosa
cortada en los jardines
para adornar la frente de.una hermosa,
que entre música blanda y sonorosa,
damascos y cojines,
perece antes de tiempo en los festines.
José Antonio Maitín: Poeta y dramaturgo. Fueron sus padres José Ignacio Maitín y Ana María San Juan. Transcurrió su infancia en su pueblo natal. Como su familia poseía bienes de fortuna, tuvo un preceptor particular. En 1812, tuvo que huir a Curazao junto con sus familiares, como consecuencia de la caída de la Primera República, pero todos fueron apresados en alta mar y conducidos a Coro; luego pudieron viajar a La Habana, donde se residenciaron. En Cuba, José Antonio Maitín ha de asistir a la escuela del barrio en que habita y conoce a José Fernández Madrid (dirigente civil del movimiento independentista de Nueva Granada que estaba confinado en Cuba), quien posteriormente lo introduce en los círculos intelectuales de la isla. Traba amistad con José María de Heredia, con Domingo Del Monte y con el joven Santos Michelena, recién llegado a Cuba (1819), y cuya amistad con Maitín será decisiva. En la isla también se despierta su interés por el teatro (1820). En 1824 regresa a Venezuela. La guerra ha destruido su querencia nativa y en 1826, viaja a Inglaterra como adjunto al cónsul general de la Gran Colombia, Santos Michelena. En Londres conoce a Andrés Bello. En 1834, regresa a Venezuela y se establece en Choroní, donde sus padres tienen una hacienda. En 1835, visita a Caracas para encontrarse con Michelena; en la capital conoce al presidente José María Vargas y a José María de Rojas. Este último lo induce a publicar una comedia en 2 actos, escrita en verso, La prometida. Es el inicio de su actividad como literato. En 1838, publica su otra comedia Don Luis o El Inconstante. Sus años de producción literaria van desde 1840 hasta 1850. Un acontecimiento inesperado, la llegada de un libro de poesías de José Zorrilla enviado por su amigo José María de Rojas, en 1841, le abre las puertas del romanticismo. El hasta entonces vacilante poeta neoclásico termina emocionado la lectura del libro. Escribe un poema dedicado a Zorrilla y se lo remite a Rojas, quien lo publica en El Liberal el 18 de enero de 1842. Desde este momento, la fama de Maitín se extiende por todo el país. En marzo de 1842, va de nuevo a Caracas, llamado por el vicepresidente de la República, Santos Michelena, pero rechaza todo cargo público. Escribe Un adiós a Caracas y regresa a Choroní. Compone, luego, un Homenaje a Bolívar. En enero de 1848, mortalmente herido durante el asalto al Congreso, muere Santos Michelena. Maitín, acongojado, escribe un poema sobre el trágico suceso. José María de Rojas (hijo) se preocupa por editar, en 1851, un volumen con las poesías de Maitín. Al morir su esposa, el 11 de julio de 1851, Maitín escribe una dramática elegía que titula Canto fúnebre y se recoge en su hacienda, «El Parnaso» de Choroní. En 1855, víctimas del cólera, mueren su hermano Federico, también poeta y sus amigos José María de Rojas (padre) y Teófilo Rojas. Ese mismo año, se entera de la muerte de José María Vargas, a quien dedica su mejor composición escrita después del Canto fúnebre. En 1870, lo visita en Choroní Francisco de Sales Pérez, quien observa que «…el poeta ha desaparecido y sólo queda allí el filósofo y el hombre de bien…», José Antonio Maitín fue uno de los poetas más populares de su tiempo, junto con Abigaíl Lozano y contribuyó a la difusión y popularización del romanticismo en Venezuela.

