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José Antonio Maitín: El tiempo

 

El tiempo

 

Entra el hombre a la escena de la vida
al desgarrar los velos de la nada
noble la frente, altiva la mirada,
la mente libre, erguida la cerviz.
Extiende en derredor la vista ansiosa
y se lanza al placer entusiasmado:
aún no brama para él el cierzo helado;
todo es ventura en su ilusión feliz.

 

De luz avaro, henchido de existencia,
es a su corazón estrecho el suelo,
y hacia el espacio remontando el vuelo
juzga suya la inmensa creación.
Para él los orbes son que en el espacio
girando van eternal concierto;
para él las luces, el vibrar incierto,
y el fulgurar de los cometas son.

 

Para él agolpa en la eminencia calva
ese tropel confuso de vapores
de donde ve bajar murmuradores
limpios arroyos entre flores mil:
para él descienden ellos destrenzados,
levantando sus toldos campesinos
por doquiera que tienden cristalinos
el susurrante y desigual perfil.

 

Para él derrama su esplendor el día,
su luz la luna en la serena noche;
para él despliega el nacarado broche
la virgen flor, señora del vergel;
y los vistosos pasajeros bandos
de los sueltos y libres ruiseñores
guardan su melodía, sus colores
y sus ricos matices para él.

 

Para él ostenta el lujo sus primores;
para él se elevan templos y palacios;
para él cuaja la tierra sus topacios,
su esmeralda, su diáfano cristal.
Para él hay cincelados artesones,
plumas, sedas, y gasas y perfume,
y el pebete para él que se consume
entre preciadas copas de metal.

 

Juzga suyo en su sueño mentiroso
cuanta pompa y primor ostenta el suelo
el de la blanca aurora tenue velo,
el del cielo magnífico dosel;
y es la vida para él, lago que ondula
cercado en torno de eternal verdura,
y cuya linfa transparente y pura
surca adormido, en plácido bajel.

 

¿Mas qué vapor en el confín del cielo
cual fatídico espectro se levanta
y en confusión medrosa se adelanta
espanto y sombras arrastrando en pos?
¿Qué dicen esos densos torbellinos
que torvos ruedan por el aire vago?
¿Quién nos dará favor contra el estrago
que sorda anuncia su gigante voz?

 

Crece la confusión, crece el nublado;
medroso apaga su fanal el día;
brama tenaz la tempestad bravía
entre círculos densos de vapor.
Por entre los grotescos precipicios
impetuoso el torrente de derrumba,
y por los aires cóncavos retumba
ronco y violento el rayo abrasador.

 

Ya no derrama su esplendor el día;
perdió su luna la serena noche;
ya no despliega el nacarado broche
la virgen flor señora del vergel;
y los vistosos pasajeros bandos
de los sueltos y libres ruiseñores,
perdieron su armonía y los colores
que juzgó el hombre creados para él.

 

Pasó la tempestad. En la llanura
el grito se oye retumbar de guerra,
y hace gemir y estremecer la tierra
con su estrépito lúgubre el cañón.
La sangre hermana viértese a torrentes,
y el hombre iluso, con mejor aviso,
ve que lo que él juzgaba un paraíso
es un ancho, sangriento panteón.

 

Cesó la guerra un punto, y detrás viene
disfrazada la muerte en el contagio,
que es la guerra frenética el presagio
de hambres, miseria y de viudez fatal.
Perdió el hombre dorados sus palacios,
sus plumas, sedas, gasas y perfume:
ya el pebete para él no se consume
entre preciadas copas de metal.

 

¿De qué te vale a ti, Rey o vasallo,
que gimes hoy entre mortal dolencia,
haber vivido ayer en la opulencia
con mullidas alfombras a tus pies?

 

Si eres conquistador ¿de qué te sirve
humillación del pueblo conquistado,
si al contagio sucumbes olvidado
de tu caduco orgullo y altivez?
Si llevaste, monarca victorioso,
el yugo por doquier con tu bandera
¿Por qué la frente inclinas altanera
en débil gesto y en doliente faz?
Ahora tu mano descarnada y seca
suelta impotente la imperial corona,
y la marchita sien solo ambiciona
de quieta tumba la solemne paz.

  

¿Y eres tú el hombre altivo, presuntuoso,
para quien fulguraban las estrellas?
¿No ostentaba la luna en medio de ellas
sus luces argentadas para ti?
¿Quién robó tus alcázares soberbios?
¿Quién rompió del festín las copas de oro,
y de tu gloria el cántico sonoro,
para ponerte con ludibrio aquí?

 

Ya no es tuyo en tu sueño mentiroso
cuanta pompa y primor ostenta el suelo;
no es tuyo ya del refulgente cielo
el inmenso, magnífico dosel:
ni es para ti la vida undoso lago,
cercado en torno de eternal verdura,
Y cuya linfa transparente y pura
surcas, dormido en plácido bajel.

 

Cesó el festín, la danza voluptuosa;
volaron de la vida los engaños,
y el abrumante peso de los años
seca y arruga la pulida tez.
Si no ¿Quién deslustró, mísero anciano,
la vívida expresión de tu mirada?
¿Quién a tu honda mejilla descarnada
arrebató su antigua esplendidez?

 

¿Quién arrancó la blonda cabellera
que ese desnudo cráneo engalanaba,
que en bella profusión se derramaba
por la anchurosa espalda varonil?
¿Quién marchitó las rosas de tu rostro,
y derribó con inclemencia dura
de esa caduca boca, honda y oscura
la enana dentadura de marfil?

 

¡El Tiempo, el Tiempo!… Lento, silencioso,
eterno como Dios e incorruptible,
es como Dios tremendo, incomprensible,
sin principio, sin medio, sin un fin.
Él lleva entre los pliegues de su mano
(no las venganzas de un poder divino)
los ocultos decretos del destino
de los mundos al último confín.

 

Él con la clara luz de lo pasado
al hombre instruye, y por igual enseña
al que agreste se oculta entre la breña
y al culto habitador de la ciudad;
y llevando en sus manos descarnadas
encendido el fanal de la experiencia,
si nos alumbra el libro de la Ciencia
nos desnuda la estéril realidad.

 

Él despoja con su ala destructora
al lirio virginal de su blancura,
al cándido azahar de su frescura,
de su lustre y colores al clavel.
Él arranca la venda fabulosa,
al través de la cual el hombre iluso
ve entre un brillante porvenir confuso
mil placeres, mil glorias para él.

 

Él se lleva tras sí nuestros contentos
con nuestras antes dulces esperanzas;
muerte y dolor arrastra en sus mudanzas
y con cien penas un placer fugaz;
y cada nuevo sol que alumbra hermoso
al estrechar los lindes de la vida,
arranca al alma una ilusión querida,
deja en el pecho un desengaño más.
¡El Tiempo, el Tiempo!… A su fatal contacto
se desquician las cúpulas doradas,
y las altas techumbres desplomadas
a la tierra descienden con fragor.
Todo es frágil para él, y el hombre vano
que de la tierra emperador se llama,
arista que en los aires desparrama
un débil soplo suyo abrasador.

 

Sólo los orbes que el espacio pueblan
sobre sus ejes giran inmortales,
Sin que aniquile el tiempo esos fanales
que allí por siempre colocó el Creador.
El respeta en su marcha silenciosa
la eterna majestad de las estrellas
sin que el rastro ominoso de sus huellas
su claridad empañe y su esplendor.

 

«Aquí, les dijo Dios, eternamente
giraréis en magnífica armonía’:
y luego al hombre: «Vivirás un día
para en mis obras adorarme a mí.
Para mis mundos son esos espacios
do colocarlos plugo al poder mío;
la gloria para mí y el poderío;
la miseria y la muerte para ti»‘.

 

Muramos, pues, pero gocemos antes
si tanta juventud ha de perderse;
si nacer a la luz y disolverse
es la ley de los seres eternal.
Cedamos, pues, al tiempo cual le ceden
su luz el día, la noche su fragancia,
y su brillo, su aroma y su arrogancia
el pez, la planta, el águila imperial.

 

A mí ¡infeliz!, me abrumará su peso;
habré también ¡oh vida!, de perderte,
y el yermador aliento de la muerte
del corazón la llama extinguirá.
Entonces yo desde la nada oscura
no más veré del sol el rayo hermoso,
ni de la luna el carro silencioso
cuando el éter azul cruzando va.

 

No oiré los sones lúgubres que arranca
al arpa de marfil mi plectro de oro,
ni de la fuente el murmurar sonoro,
ni de las aves la gentil canción.
No más veré los ángulos _salientes
de esas enormes rocas desprendidas
bajo cuyas terríficas guaridas
iba a buscar la bella inspiración.

 

Feliz mi sombra entonces, si algún bardo
de la risueña y virgen Venezuela,
viene a entonar su blanca cantinela
al pie de mi pacífico ataúd.
Si una corona en mi sepulcro deja,
y al débil resplandor del sol que expira,
con los acentos turba de su lira
de mi tumba la fúnebre quietud.


José Antonio Maitín: Poeta y dramaturgo. Fueron sus padres José Ignacio Maitín y Ana María San Juan. Transcurrió su infancia en su pueblo natal. Como su familia poseía bienes de fortuna, tuvo un preceptor particular. En 1812, tuvo que huir a Curazao junto con sus familiares, como consecuencia de la caída de la Primera República, pero todos fueron apresados en alta mar y conducidos a Coro; luego pudieron viajar a La Habana, donde se residenciaron. En Cuba, José Antonio Maitín ha de asistir a la escuela del barrio en que habita y conoce a José Fernández Madrid (dirigente civil del movimiento independentista de Nueva Granada que estaba confinado en Cuba), quien posteriormente lo introduce en los círculos intelectuales de la isla. Traba amistad con José María de Heredia, con Domingo Del Monte y con el joven Santos Michelena, recién llegado a Cuba (1819), y cuya amistad con Maitín será decisiva. En la isla también se despierta su interés por el teatro (1820). En 1824 regresa a Venezuela. La guerra ha destruido su querencia nativa y en 1826, viaja a Inglaterra como adjunto al cónsul general de la Gran Colombia, Santos Michelena. En Londres conoce a Andrés Bello. En 1834, regresa a Venezuela y se establece en Choroní, donde sus padres tienen una hacienda. En 1835, visita a Caracas para encontrarse con Michelena; en la capital conoce al presidente José María Vargas y a José María de Rojas. Este último lo induce a publicar una comedia en 2 actos, escrita en verso, La prometida. Es el inicio de su actividad como literato. En 1838, publica su otra comedia Don Luis o El Inconstante. Sus años de producción literaria van desde 1840 hasta 1850. Un acontecimiento inesperado, la llegada de un libro de poesías de José Zorrilla enviado por su amigo José María de Rojas, en 1841, le abre las puertas del romanticismo. El hasta entonces vacilante poeta neoclásico termina emocionado la lectura del libro. Escribe un poema dedicado a Zorrilla y se lo remite a Rojas, quien lo publica en El Liberal el 18 de enero de 1842. Desde este momento, la fama de Maitín se extiende por todo el país. En marzo de 1842, va de nuevo a Caracas, llamado por el vicepresidente de la República, Santos Michelena, pero rechaza todo cargo público. Escribe Un adiós a Caracas y regresa a Choroní. Compone, luego, un Homenaje a Bolívar. En enero de 1848, mortalmente herido durante el asalto al Congreso, muere Santos Michelena. Maitín, acongojado, escribe un poema sobre el trágico suceso. José María de Rojas (hijo) se preocupa por editar, en 1851, un volumen con las poesías de Maitín. Al morir su esposa, el 11 de julio de 1851, Maitín escribe una dramática elegía que titula Canto fúnebre y se recoge en su hacienda, «El Parnaso» de Choroní. En 1855, víctimas del cólera, mueren su hermano Federico, también poeta y sus amigos José María de Rojas (padre) y Teófilo Rojas. Ese mismo año, se entera de la muerte de José María Vargas, a quien dedica su mejor composición escrita después del Canto fúnebre. En 1870, lo visita en Choroní Francisco de Sales Pérez, quien observa que «…el poeta ha desaparecido y sólo queda allí el filósofo y el hombre de bien…», José Antonio Maitín fue uno de los poetas más populares de su tiempo, junto con Abigaíl Lozano y contribuyó a la difusión y popularización del romanticismo en Venezuela.