Capítulo I: El Diablo En La Frente
“Era un país tan acostumbrado a las promesas que cuando por fin llegó la redención, nadie se atrevió a creerla.”
—Fragmento apócrifo de la Biblia Bolivariana.
Sabaneta no era un pueblo: era una superstición. Un bostezo al pie del mapa, donde los grillos hacían de gallos y las ánimas benditas caminaban a la luz de los faroles apagados.
No había calles sino cicatrices de tierra, ni casas sino refugios de adobe donde las paredes oían más confesiones que las iglesias. Y el aire —tan denso que a veces se masticaba como yuca amarga— traía, de noche, rezos indios mezclados con ladridos, y de día, un silencio tan espeso que hacía sospechar que el mundo había olvidado ese rincón del llano por puro miedo.
El cielo, cuando llovía, lloraba al revés: las gotas subían como si el firmamento estuviera triste de perderlas. Y si alguna caía, era pesada como plomo viejo, como lágrima que no quería salir. Las paredes de las casas estaban pintadas con cal, pero la cal rezumaba sangre seca en las madrugadas de luna menguada, como si la tierra recordara, en su transpiración, todas las muertes no lloradas del siglo XIX.
Allí nació el niño. No con un grito, sino con una carcajada. Una carcajada que no parecía de recién nacido, sino de viejo enajenado que se burla del porvenir.
La partera, Apolinaria la Negra — era una mujer que había enterrado más infantes de los que había visto caminar— lo sostuvo entre las manos temblorosas como quien carga un nido de serpientes hambrientas que comerán futuros.
El cordón umbilical le rodeaba el cuello como soga de reo en víspera de ejecución, y su piel estaba tan morada como el cielo justo antes del trueno, el recien nacido parece un cuerpo rescatado del fondo de un río con los ojos abiertos y la boca llena de preguntas.
—Este carajito no quiere venir pa’ este mundo —dijo, escupiendo negro en el suelo donde antes se paraban los gallos de pelea—. Pero alguien lo obligó. Y ese alguien no es de este mundo, ni tampoco del otro.
Le sopló en la nuca.
Le rezó a San Benito.
Le untó aguardiente en los labios.
Y entonces, se rió.
Una risa espesa, de brujo viejo. Una risa que hizo que el gallo peleador de Luis Carvajal callara tres días seguidos, que los perros huyeran sin ladrar, y que la Ceiba del cementerio sangrara por una grieta oculta en su raíz ancestral. Los vecinos cruzaron el pecho sin saber por qué. El cura del pueblo escribió en su diario: “Hoy he sentido miedo profundo de Dios.”
Los rumores comenzaron antes de que el niño aprendiera a caminar. Que hablaba solo, pero no con amigos invisibles, sino con muertos ajenos. Que jugaba con huesos de la fosa común como si fueran soldados de plomo. Que una vez soñó con un caballo fantasma que lo llevó al futuro y le dijo: “Tú serás lo que la patria no quiso, pero que tampoco podrá rechazar.”
A los cuatro años escribió, sin errores ortográficos, en una hoja de cuaderno:
“El que nace dos veces no muere nunca, solo se oculta de Dios.”
Y a partir de ese día, no volvió a enfermar. Ni de pena, ni de ética , ni de bondad.
La gente murmuraba de noche que ese niño nació con un pacto inconfesable hecho por dentro, todos sabían ya en Sabaneta que el hijo del maestro tenía tatuada en el alma la marca inconfundible de la bestia.
Un anciano sin nombre, brujo conocido en la región como “Sale Muerto”, lo esperó un mediodía bajo la ceiba, rodeado de tambores, gallinas negras y un olor a melaza podrida que ni el viento se atrevía a dispersar. Nadie lo había visto llegar. Nadie lo vería irse. El brujo era discípulo de un legendario poderoso brujo guayanés llamado Maurice el Grande.
—¿Tú sabes por qué volviste, Hugo Rafael? —le preguntó el brujo sin mirarlo.
—¿Volver de dónde?
—De la muerte. Tú naciste dos veces, porque la primera no era suficiente pa’ lo malo que vienes a jodernos a todos.
—¿Y qué malo vine yo a hacer?
—Vienes a despertar todos los demonios soterrados de la guerra federal que deberían seguir dormidos.
—¿Y por qué a mí?
—Porque alguien tenía que escuchar al Diablo. Y tú fuiste el único que lo oyó y respondió en sueños.
—Al Diablo no se le oye. A él se le obedece. Por qué mi amigo el gordo Capulina me dijo anoche mirándo fijamente a la candela que el Diablo andaba suelto aquí en Sabaneta.
El viejo lo miró como quién contempla una criatura que aún no sabe que lleva fuego infernal en los pulmones.
—Carajito loco… los muertos no están donde uno cree. El Diablo vive en las paredes ocres de los despachos oficiales que sudan petróleo a borbotones, en los afilados machetes federales que huelen todavía a sangre azul derramada y en las banderas españolas del ejército realista que lloran inconsolables su derrota de noche. Satanás no se disfraza nunca de serpiente: él se disfraza siempre de esperanza.
—¿Y yo merezco todo eso?
—Tú no. Nadie merece nada. Pero él te va a dar el poder. Porque este país no busca salvadores. Venezuela siempre busca culpables para sacrificarlos públicamente y con su sangre redentora lavar sus pecados originales y originarios.
El niño iba por el pueblo hablando lenguas milenarias en despiertos sueños febriles de mala entraña. Rezaba oraciones ocultas dormido temblando como un médium poseído. Cantaba himnos diabólicos de imperios militares que aún no existían.
Su madre postiza lo encontraba algunas madrugadas sentado en el patio solo mirando abstraído al oriente, como esperando que saliera un ejército maldito de las montañas para irse con ellos cabalgando a Caracas y en la furia del relámpago amarrar la rienda infernal su caballo apocalíptico en la reja misma de Miraflores.
—¿Qué haces despierto, mi hijo?
—Estoy esperando el eclipse que oscurecerá para siempre la patria mamá—respondía sin parpadear –Hoy se me va a meter un rayo del infierno en el pecho.
El primer prodigio nefasto del niño escogido por los demonios ocurrió a los siete años. El menor amargado de furia rápida desapareció tres días enteros.
Sus familiares lo buscaron con desespero en los caños, en las iglesias, en las tumbas. Lo hallaron finalmente al tercer día, dormido al pie del altar mayor, con la camiseta empapada en sangre vieja y una cruz de Carayaca dibujada en el pecho con tierra podrida de cementerio pagano.
—¿Qué te pasó, Hugo? —le gritó la madre, entre lágrimas.
—Fui a hablar con el dios de los otros. Ese que se esconde detrás del sol. Me dijo que yo voy a arder en una llamarada fugaz, pero también me aseguró que voy a morir solo, comido por dentro, traicionado e infeliz”
Este muchacho no es de este siglo.-Dijo la abuela -Lo parió la tierra desierta en venganza de la sangre negra que le sacaron. Tiene fuego en la lengua, rencor en el alma y espinas en los ojos. Donde camine, se secará el agua. Donde hable, se encenderán los muertos. Y cuando ría, será el presagio maldito de todo un país embrujado que dobla y se rompe.”
Y así fue creciendo Hugo Rafael, en una Sabaneta que se retorcía a su paso. El pueblo se llenó de silencios luctuosos con su presencia sombría. La gente joven envejecía más rápido a verlo jugar. Las frutas maduraban y se caían solas antes de tiempo cuando el pasaba. Las cruces en el cementerio aparecían voltearse en su presencia
El sobrio maestro de escuela se volvió loco y comenzó a escribirle cartas de amor al diablo. Un perro de casa adinerada se ahorcó sin cuerda. La hija del pulpero comenzó extrañamente a menstruar a los seis años y juró haber visto la marca maligna en las pupilas negras del hechizado niño loco.
—Abuela… ¿cómo se mata a un dios?—No se mata, mijo. Se olvida cómo se olvidan los siglos perdidos que tiene la tierra viajando sola en el universo. Y a tí te olvidarán todos. Porque tú serás un semidios caído en las tinieblas insondables de la desmemoria.
—¿Y eso es bueno?
—No. Pero es inminente.
Una tarde sin fecha, bajo un cielo avainillado como costra de herida, el niño se sentó con una rama seca frente a la escuela clausurada por falta de tizas, y escribió en la tierra agrietada:“Yo seré jefe. Pero no por votos. Seré jefe por equivocación, por venganza y por castigo.”Su madre lo regañó,
Intentó borrar la frase del suelo,
Pero la tierra no se dejó.Miguel Méndez Fabbiani.

