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#DeVoCiOnal…El Portal de Señor… Gregory Salazar en la Iglesia: “Casa Misionera Bautista” de Cumaná… 40 años tuvo el pueblo de Israel para estar en la tierra prometida…. está usted listo para lograr la santidad de su libertad frente a Dios?…Audio y Vídeo

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¿Cómo se siente cuando está por llegar a una meta que ha procurado alcanzar por largo tiempo? ¿Se siente feliz, triste o aliviado una vez que la jornada casi ha terminado? ¿Se siente asustado por las pruebas que todavía están por delante, o vislumbra el futuro con valor y fe en Dios?

Cuarenta años de peregrinaje por el desierto habían llevado a Israel a la cumbre de un monte desde el cual se veía la tierra prometida. Todo israelita que tenía más de veinte años de edad al salir de Egipto bajo la dirección de Moisés había muerto, con excepción de tres: Moisés, Josué y Caleb (véase Números 14:38). Todos los demás habían muerto sin alcanzar la meta deseada. ¿Por qué? ¿Qué fue lo que hizo que aquellos que salieron de Egipto por el poder de Dios perdieran su privilegio de poner el pie sobre la tierra prometida?

 

Al dar una respuesta, recuerde que Dios nunca quebranta una promesa. Cuarenta años antes de este acontecimiento, Dios le había dicho a los hijos de Israel: “Os tomaré por mi pueblo, y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os sacó de debajo de las tareas pesadas de Egipto. Y os meteré en la tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a (vosotros). YO JEHOVA.” (Exodo 6:7-8.)

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Dios siempre cumple sus promesas. Tiene poder para hacerlas y tiene poder para cumplirlas, aunque algunos lo dudan. El grupo de israelitas que había salido de Egipto lo hizo de mala gana. Malas como eran las cosas en Egipto, lo conocido parecía mejor que lo desconocido para quienes no tenían fe. Durante sus cuarenta años de peregrinaje en el desierto, los hijos de Israel, alternativamente, bendijeron y maldijeron el nombre de Dios. Cuando les mostró milagros, se humillaron; cuando las pruebas y rigores de la vida en el desierto se tornaron difíciles, endurecieron sus corazones en ira y resentimiento. Olvidaron su poder y temblaron de temor ante la idea de enfrentar a los cananeos, y al hacer esto, perdieron el privilegio de entrar en la tierra de promisión.

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En el momento en que los hijos de estos israelitas rebeldes vieron desde la montaña, a lo lejos, la tierra prometida, el cumplimiento de sus esperanzas, ¿estaban preparados? ¿Apreciaban ellos la gran bendición de recibir lo que fue negado a sus padres? ¿Podrían entrar en aquella tierra bajo la dirección de un profeta viviente y poseer la región según los términos establecidos por el Señor? ¿O contaminarían su herencia, tal como anteriormente habían hecho sus padres?

Josué 1:1. El Libro de Josué y Josué como personaje

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Hermano Gregory Salazar Predicando

“El libro de Josué es uno de los escritos más importantes del antiguo pacto y nunca debe ser separado del Pentateuco, del cual es, a la vez, continuación y complemento. Entre este libro y los cinco de Moisés, existe la misma analogía que entre los cuatro Evangelios y los Hechos de los Apóstoles. El Pentateuco contiene una historia de los hechos del gran legislador judío, y las leyes sobre las que la Iglesia Judaica debía establecerse. El Libro de Josué presenta un registro del establecimiento de esa Iglesia en la tierra de Canaán, conforme a las promesas y declaraciones de Dios tan a menudo repetidas. Los evangelios presentan un relato de los hechos de Jesucristo, el gran legislador cristiano y de las leyes sobre las que su Iglesia se establecería, y mediante las que se gobernaría. Los Hechos de los Apóstoles presentan un registro del establecimiento de aquella Iglesia, de acuerdo con las predicciones y promesas de su gran fundador. Así, entonces, el Pentateuco tiene, como se ha dicho, un paralelo con los Evangelios así como el Libro de Josué lo tiene con los Hechos de los Apóstoles.” (Clarke, Bible Commentary, 2:4.)

Clarke llamó al Antiguo Testamento “iglesia judaica”, indicando con esas palabras la organización fundada por Jehová entre los antiguos israelitas. Pero los Santos de los Ultimos Días sabemos que Jehová era Cristo en la preexistencia. Este hecho explica la razón de los paralelos tan marcados. Ambas iglesias eran la Iglesia de Jesucristo, dada en circunstancias diferentes y con énfasis en un sacerdocio diferente. Pero en ambos casos se efectuaban bautismos, y los principios de una vida recta y de la fe en Dios fueron enseñados claramente.

Estos marcados paralelos sugieren que el libro de Josué puede proyectar más aún la tipología o simbolismo de Cristo, tal como lo hizo la ley de Moisés. De cierto, los Santos de los Ultimos Días aprendemos que Moisés era “a semejanza [del] Hijo Unigénito” (Moisés 1:6; véase también McConkie, The Promised Messiah, págs. 442-48). Así como Moisés en su papel de profeta, legislador, mediador y libertador fue un modelo de Jesucristo, también Josué, que llevó a Israel a la tierra prometida, fue un símbolo de Jesús, que lleva a los fieles a la suprema tierra de promisión, el reino celestial. (Confrontar con la comparación que Alma hace entre la tierra prometida y la vida eterna, en Alma 37:45.)

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La tierra de Caán

“Josué, el hijo de Nun, de la tribu de Efraín, primero fue llamado Oséas…(Números 13:16), que significa salvado, un salvador, o salvación; pero posteriormente Moisés, guiado indudablemente por un espíritu profético, le cambió el nombre a…Josué, que significa él salva o la salvación de Jehová, refiriéndose, sin duda, a que era el instrumento de Dios para salvar al pueblo de las manos de sus enemigos y llevarlo de victoria en victoria sobre las distintas naciones cana-neas hasta ponerlo en posesión de la tierra prometida…La versión de los Setenta lo llama Jesús Naue o Jesús el hijo de Nave; y en el Nuevo Testamento es llamado expresamente…Jesús (véase Hechos 7:45; Hebreos 4:8).”